Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 1-4)

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Capítulo 1

1931
Un Tratado sobre Drogas

ALDOUS HUXLEY

Phantastica, el trascendental estudio de Louis Lewin sobre psicofármacos utilizados en todo el mundo, hizo su aparición en idioma Inglés en 1931. En algún momento en ese año  -ya sea en Londres donde su primera obra El Mundo de la Luz fue producida, o en la Riviera francesa, donde estaba escribiendo Un Mundo Feliz– Aldous Huxley se encontró con este “tesoro de aspecto poco prometedor” y “lo leyó de principio a fin con un apasionado y creciente interés! Parece probable que el tratado de Lewin sirvió para presentar a Huxley la historia de las drogas y sus efectos, aunque pasarían 22 años antes de que él hiciera el primer experimento sobre sí mismo, con la mescalina -y rindió homenaje a Lewin en la primera línea del libro resultante de ese experimento. (No hay evidencia para apoyar la afirmación de Francis King de que Aleister Crowley introdujo a Huxley a la mescalina en Berlín durante la década de los 20.) El primer texto impreso de Huxley sobre el consumo de drogas toca temas que volvería a tocar una y otra vez en su obra posterior: el uso generalizado e intensivo de las fármacos, su importancia en la ceremonia religiosa, la predilección del hombre por las vacaciones ocasionales del mundo cotidiano, el problema de la adicción, el fracaso de la prohibición, y las drogas del futuro.

El otro día descubrí, polvoriento y olvidado en uno de los anaqueles superiores de la librería local, la obra portentosa de un farmacólogo alemán. El precio no era elevado: lo pagué y me llevé a casa el tesoro de aspecto poco prometedor. Se trataba de un volumen grueso, de contenido denso, y hasta cierto punto era un modelo de todo lo que no debe ser el estilo literario. En términos estrictos, un libro ilegible. Sin embargo, lo leí de punta a punta con apasionado y creciente interés. Porque este libro era una especie de enciclopedia de las drogas. El opio y sus derivados modernos, la morfina y la heroína; la cocaína y el peyotl mexicano; el hachís de la India y del Oriente Próximo; el agárico de Siberia; la kawa de Polinesia; el betel de las Indias Orientales; el ahora universal alcohol; el éter, el doral, el veronal del Occidente contemporáneo… no omitía nada. Cuando llegué a la última página, ya sabía algo acerca de la historia, la distribución geográfica, la forma de preparación y los efectos fisiológicos y psicológicos de todos los venenos deliciosos mediante los cuales los hombres han construido, en pleno mundo hostil, sus efímeros y precarios paraísos.

La historia del consumo de drogas constituye uno de los capítulos más curiosos y también, a mi juicio, más significativos de la historia natural de los seres humanos. Los hombres y mujeres han buscado —y hallado puntualmente— en todas partes y en todos los tiempos, los medios para tornarse unas vacaciones que los sacaran de la realidad de su existencia generalmente tediosa y a menudo muy desagradable. Unas vacaciones fuera del espacio, fuera del tiempo, en la eternidad del sueño o el éxtasis, en el cielo o el limbo de la fantasía visionaria. «En cualquier parte, en cualquier lugar situado fuera del mundo».

Es significativo que el consumo de drogas desempeñe un papel importante en casi todas las
religiones primitivas. Los persas y, antes que ellos, los griegos y probablemente los antiguos hindúes, utilizaban el alcohol para producir el éxtasis religioso; los mexicanos comían un cacto venenoso para procurarse la visión beatífica; un hongo llenaba de entusiasmo a los chamanes de Siberia y los dotaba del don de lenguas. Y así sucesivamente. Los ejercicios de devoción de los místicos posteriores están concebidos en su totalidad para producir por medios puramente psicológicos los efectos milagrosos de la droga. ¿Cuántas de las ideas corrientes sobre la eternidad, el cielo y los estados sobrenaturales son la consecuencia última de las experiencias de consumidores de droga?

El hombre primitivo exploraba con minuciosidad realmente asombrosa todas las vías farmacéuticas que permitían evadirse del mundo. Nuestros antepasados no dejaron prácticamente ningún estimulante, alucinógeno o estupefaciente natural sin descubrir. La necesidad es la madre de los inventos: el hombre primitivo, al igual que su descendiente civilizado, experimentaba una necesidad tan urgente de evadirse ocasionalmente de la realidad, que la invención de las drogas le fue en verdad impuesta.

Todas las drogas existentes son traicioneras y dañinas. El cielo en el cual introducen a sus víctimas no tarda en convertirse en un infierno de enfermedad y degradación moral. Matan primeramente el alma y después, al cabo de pocos años, el cuerpo. ¿Cuál es el remedio? «La prohibición», responden a coro todos los gobiernos contemporáneos. Pero los resultados de la prohibición no son alentadores. Los hombres y las mujeres experimentan una necesidad tan apremiante de tomarse vacaciones circunstanciales respecto de la realidad, que casi no repararán en medios para procurarse la vía de evasión. Lo único que justificaría la prohibición sería el éxito. Pero no tiene éxito y, dada la naturaleza de las cosas, tampoco puede tenerlo. La forma de evitar que la gente beba demasiado alcohol, o se haga adicta a la morfina o la cocaína, consiste en suministrarle un sustituto eficiente pero sano de estos venenos deliciosos y (en el actual mundo imperfecto) necesarios. El hombre que invente dicha substancia se contará entre los benefactores más insignes de la humanidad sufriente.

Capítulo 2

1931
Se busca: un nuevo placer

ALDOUS HUXLEY

En este breve ensayo, subsidiario a la confección de Brave New World, Huxley, que residía en la Riviera francesa y observaba las costumbres de una sociedad hedonista para la que el alcohol y la cocaína eran las drogas predilectas, asume un tono de ironía cuando describe una «droga celestial, transfiguradora del mundo» que tal vez crearían los científicos del futuro. La sensación más a fin a la experiencia de la droga es la emoción de la velocidad, que, por supuesto, no tiene nada que ver con una reacción análoga a la de las anfetaminas, sino literalmente con la rapidez.

La ciencia del siglo XIX descubrió la técnica del descubrimiento, y nuestra era es, por consiguiente, la de los inventos. Sí, la era de los inventos. Nunca nos cansamos de proclamarlo. La era de los inventos… y sin embargo nadie ha conseguido inventar un nuevo placer.

Tomé conciencia por primera vez de este hecho curioso y un poco descorazonador durante
una reciente visita a esa región que los anuncios de las agencias de viajes describen como el emporio específico del placer: la Riviera francesa. Desde la frontera italiana hasta las montañas de Esterel, sesenta kilómetros de costa del Mediterráneo han sido transformados en una vasta «colonia de placer». O, para ser más preciso, han sido transformados en un enorme suburbio disperso, el suburbio de toda Europa y de las dos Américas, salpicado de trecho en trecho por núcleos urbanos como Menton, Niza, Antibes, Cannes. Los franceses tienen el don de la elegancia, pero también tienen el de la fealdad. No hay en el mundo barrios tan espantosos como los que circundan a las ciudades francesas. La gran banlieue mediterránea de la Riviera no es una excepción a la regla. La sordidez caótica de este prolongado arrabal burgués es dichosamente única. Las ciudades son inmensamente superiores, desde luego, a los suburbios que las conectan. Una cierta grandiosidad agradable y absurdamente anticuada, cursi, adorna a Montecarlo; Niza es extensa, rutilante y vivaz; Cannes es adustamente pomposa y parece tener conciencia de su costosa elegancia. Y todas ellas están equipadas con el dispositivo más refinado y oneroso para suministrar placer a sus huéspedes.

Mientras me entretenía, o mejor dicho, mientras procuraba entretenerme en medio de este dispositivo, llegué a mi deprimente conclusión acerca de la ausencia de nuevos placeres. Recuerdo que la idea se me ocurrió en una triste noche de invierno, cuando salí del Restaurant des Ambassadeurs de Cannes y me encontré con uno de esos vientos ululantes, mitad alpinos y mitad marinos, que durante ciertos días transforman la Croisette y la Promenade des Anglais en una de las imitaciones más penosamente realistas de Cumbres Borrascosas. Comprendí repentinamente que, por lo que a placeres concierne, no estamos en mejores condiciones que los romanos o los egipcios. Desde el punto de vista de los placeres humanos, Galileo y Newton, Faraday y Clerk Maxwell han vivido en vano. Los grandes consorcios que controlan las industrias modernas del placer no pueden ofrecernos nada esencialmente distinto de las diversiones que los cónsules brindaban a los plebeyos romanos o que los alcahuetes de Trimalción montaban para los ricos aburridos y decadentes en la era de Nerón. Y esto es cierto a pesar de los cines, las películas sonoras, el gramófono, la radio y todos los elementos similares destinados al entretenimiento de la humanidad. Es cierto que estos artilugios son todos esencialmente modernos: antes no existió nada parecido. Pero no porque los artilugios sean modernos los entretenimientos que estos reproducen y propalan también habrán de serlo. No lo son. Lo único que consiguen estos nuevos medios es hacer accesibles a un público más numeroso los dramas, las pantomimas y la música que desde tiempos inmemoriales han distraído los ocios de la humanidad.

Los entretenimientos reproducidos por medios mecánicos son económicos y por tanto no los promueven en los centros de placer que, como los de la Riviera, existen con el único fin de aligerar a los viajeros de la máxima cantidad de dinero en un lapso mínimo. Así que en estos lugares los dramas, las pantomimas y la música los dispensan en la forma original, como se los suministraban a nuestros antepasados, sin la intervención de intermediarios mecánicos. Los otros placeres de estos lugares de turismo no son menos tradicionales. Se come y se bebe en exceso; se contemplan bailarinas y acróbatas parcial o totalmente desnudos con la esperanza de estimular el apetito sexual estragado; se baila; se juega y se mira jugar, juegos preferentemente un poco sanguinarios y feroces; se matan animales… estos han sido siempre los deportes de los ricos y, cuando se les presentaba la oportunidad, también de los pobres. No menos tradicional es esa otra diversión tan típica de la Riviera: el juego de azar. El juego de azar debe de ser por lo menos tan antiguo como el dinero. Mucho más antiguo, imagino… tanto como la naturaleza humana misma, o por lo menos tanto como el aburrimiento, tanto como el anhelo de excitación artificial y emociones ficticias.

Oficialmente, esto completa la lista de placeres que suministran las industrias del entretenimiento de la Riviera. Pero no hay que olvidar que, para quienes pagan por ellos, todos estos placeres están situados, por así decir, en un determinado campo emocional: en el complejo placer-dolor del esnobismo. El hecho de poder pagar la entrada a lugares de entretenimiento «reservados» (y generalmente esto significa costosos) produce a la mayoría de las personas una satisfacción considerable. Les complace pensar en el rebaño pobre y vulgar que se agolpa fuera, así como, según Tertuliano y muchos otros Padres de la Iglesia, los Bienaventurados disfrutan contemplando, desde los balcones del Cielo, las convulsiones de los Malditos en el foso inferior. Les gusta sentir, con cierto engreimiento, que están sentados entre los elegidos, o que ellos mismos son los elegidos, cuyos nombres figuran en las columnas de sociedad de la edición del Daily Mail para el continente europeo, o en la edición de París del New York Herald. Claro que a menudo el esnobismo es la fuente de un dolor desgarrante. Pero no es menos la fuente de placeres exquisitos. Estos placeres, repito, son dispensados con prodigalidad en todos los centros de turismo y constituyen una especie de telón de fondo para todos los otros goces.

Ahora bien, todos estos placeres de los emporios-de-placeres, incluidos los del esnobismo, tienen una antigüedad inmemorial: son, en el mejor de los casos, variaciones de temas tradicionales. Vivimos en la era de los inventos, pero los descubridores profesionales han sido incapaces de idear un sistema totalmente nuevo para estimular nuestros sentidos de modo placentero o para generar reacciones emocionales agradables.

Pero esto, continué reflexionando, mientras me debatía contra el vendaval que soplaba en dirección contraria por la Croisette, esto no es, al fin y al cabo, tan sorprendente. Nuestra estructura fisiológica sigue siendo muy parecida a como era hace diez mil años. Es cierto que se han producido cambios considerables en nuestra conciencia. Obviamente, en ningún momento se realizan simultáneamente todas las posibilidades de la psique humana. La historia es, entre otras muchas cosas, la crónica de la actualización, la preterición y la reactualización sucesivas en otro contexto de diferentes conjuntos de estas posibilidades casi indefinidamente múltiples. Pero a pesar de estos cambios (que reciben habitual e incorrectamente el nombre de evolución psíquica), los simples sentimientos instintivos a los que apelan los proveedores de placer, que también apelan a los sentidos, se han mantenido notablemente estables. La función de los mercaderes de placer consiste en suministrar una especie de Mayor Común Denominador del entretenimiento que satisfaga a grandes cantidades de hombres y mujeres, independientemente de su idiosincrasia psicológica. Es evidente que semejante entretenimiento debe estar muy desprovisto de especialización. Debe ejercer su atracción sobre las características humanas compartidas más simples, sobre las bases fisiológicas y psicológicas de la personalidad y no sobre la personalidad misma. Ahora bien, el número de invocaciones que se pueden dirigir a las que me atrevería a llamar las Grandes Impersonalidades comunes a todos los seres humanos es
estrictamente limitado… tan estrictamente limitado que, como se ve, hasta ahora nuestros inventores han sido incapaces de idear otras nuevas. (Existe un ejemplo dudoso de nuevo placer. Más adelante me referiré a él). Aún nos conformamos con los placeres que seducían a nuestros antepasados de la Edad de Bronce. (Digamos al pasar que hay excelentes motivos para pensar que nuestras diversiones son intrínsecamente inferiores a las de la Edad de Bronce. Los placeres modernos son íntegramente seculares y están desprovistos de una mínima trascendencia cósmica, en tanto que los entretenimientos de la Edad de Bronce eran en su mayoría ritos religiosos, y quienes participaban en ellos los consideraban pletóricos de significados importantes).

Por lo que veo, el único nuevo placer posible sería el derivado de la invención de una nueva droga, de un sucedáneo del alcohol y la cocaína, más eficaz y menos dañino. Si yo fuera millonario, financiaría a un equipo de investigadores para que buscaran el embriagante ideal. Si pudiéramos aspirar o ingerir algo que aboliera diariamente nuestra soledad individual durante cinco o seis horas, algo que nos reconciliara con nuestros semejantes en una ardiente exaltación de afecto y que hiciera que la vida nos pareciera no sólo digna de ser vivida en todos sus aspectos, sino divinamente bella y trascendente, y si esta droga celestial, transfiguradora del mundo, fuera de naturaleza tal que a la mañana siguiente pudiéramos despertarnos con la cabeza despejada y el organismo indemne… entonces, creo, todos nuestros problemas (y no sólo el problema minúsculo de descubrir un placer novedoso) quedarían totalmente resueltos y la tierra se convertiría en un paraíso.

Lo más parecido a esta nueva droga —¡y qué inmensamente lejos está del embriagante ideal!— es la droga de la velocidad. La velocidad, me parece, suministra el único placer auténticamente moderno. Es cierto que los hombres siempre han disfrutado con la velocidad, pero su goce ha estado constreñido, hasta hace muy poco tiempo, por la capacidad del caballo, cuya velocidad máxima no es muy superior a los cuarenta y cinco kilómetros por hora. Ahora bien, cuarenta y cinco kilómetros por hora sobre un caballo parecen mucho más veloces que noventa kilómetros por hora en un tren o ciento cincuenta en un avión. El tren es tan grande y estable, y el avión está tan lejos del entorno estacionario, que los pasajeros no experimentan una sensación muy intensa de velocidad. El automóvil es suficientemente pequeño y está suficientemente cerca del suelo como para poder competir, en su condición de abastecedor de velocidad embriagante, con el caballo lanzado al galope. Los efectos embriagantes de la velocidad se notan, a caballo, a unos treinta kilómetros por hora, y en auto a unos noventa. Cuando el coche ha pasado los ciento diez, más o menos, uno empieza a experimentar una sensación sin precedentes… una  sensación que ningún hombre experimentó jamás en los tiempos de los caballos. Y que se intensifica a medida que aumenta la velocidad. Yo, personalmente, nunca he viajado a mucho más de ciento veinte kilómetros por hora en un auto, pero quienes han bebido una concentración más fuerte de este extraño brebaje intoxicante me informan que al que tiene la oportunidad de trasponer el límite de los ciento cincuenta le aguardan nuevas maravillas. Ignoro a qué altura el placer se trueca en dolor. De todas maneras, es mucho antes de llegar a los promedios fantásticos de Daytona. Trescientos kilómetros por hora deben de ser una absoluta tortura.

Pero en esto, desde luego, la velocidad se parece a todos los otros placeres. Exagerados, se convierten en su opuesto. Cada placer específico tiene su correspondiente dolor, hastío o disgusto específico. Supongo que el engorro que neutraliza el placer excesivo de la velocidad debe de ser una horrible combinación de malestar físico agudo y miedo intenso. No, probablemente lo más aconsejable será que quien tenga propensión a los excesos opte por algo anticuado e incurra en la gula.

Capítulo 3

1932
Soma

ALDOUS HUXLEY

En su novela futurista Brave New World una así llamada «droga perfecta» es elaborada
comercialmente y distribuida en gran escala. Huxley la llamó soma en homenaje a la droga más antigua de la que se tiene noticia, citada en el Rig-Veda, antigua escritura hindú, donde se la considera una bebida embriagante: «un brebaje alcohólico muy fuerte… obtenido mediante la fermentación de una planta y venerado como la planta misma» (Lewin: Phantastica, pág. 161). Más tarde R. G. Wasson intentó demostrar que en la fermentación del soma se empleaba el hongo psicoactivo Amanita muscaria. En una entrevista concedida en 1960, Huxley describió el soma de su novela como «una droga imaginaria», que no tenía ninguna semejanza con la mescalina ni la LSD, «con tres efectos diferentes: euforizantes, alucinógenos o sedantes… una combinación imposible».

—Ahora tenemos el Estado Mundial. Y los festejos del Día de Ford, los Cánticos Comunitarios y los Ritos de solidaridad. «¡Ford, cómo los odio!», pensaba Bernard Marx. —Había algo llamado Cielo, pero igualmente acostumbraban a beber cantidades enormes de
alcohol. «Como si fuera carne, como si fuera un trozo de carne».
—Había algo llamado alma y algo llamado inmortalidad. «Pregúntale a Henry dónde lo consiguió».
—Pero acostumbraban a consumir morfina y cocaína.
«Y lo que es peor, ella se ve a sí misma como si fuera un trozo de carne».
—En el año 178 d.F. subsidiaron a dos mil farmacólogos y bioquímicos.
—Parece malhumorado —comentó el Subdirector de Predestinación, señalando a Bernard Marx.
—Seis años más tarde la producían comercialmente. La droga perfecta.
—Vamos a provocarlo.
—Eufórica, narcótica, agradablemente alucinante.
—Siempre de mal humor, Marx, siempre de mal humor. —La palmada en el hombro lo
sobresaltó y le hizo levantar la vista. Era ese bruto de Henry Foster—. Lo que necesitas es un gramo de soma.
—Todas las virtudes del cristianismo y del alcohol, y ninguno de sus defectos. «¡Oh, Ford, me gustaría matarlo!».
Pero se limitó a decir:
—No, gracias —y rechazó el tubo de tabletas que le tendía.
—La estabilidad estaba prácticamente asegurada.
—Un centímetro cúbico cura diez sentimientos lúgubres —dijo el Subdirector de Predestinación, citando una fórmula de sabiduría hipnopédica elemental.
—Sólo faltaba vencer la vejez.
—¡Malditos, malditos! —vociferó Bernard Marx.— Qué petulante.
—Hormonas gonadales, transfusión de sangre joven, sales de magnesio…
—Y recuerda que un gramo es mejor que una maldición. Salieron riéndose.
—Se han abolido todos los estigmas fisiológicos de la vejez. Y con ellos, por supuesto…
—No olvides preguntarle por el cinturón malthusiano —dijo Fanny.
—Y con ellos todas las peculiaridades mentales del anciano. Los caracteres permanecen inalterables durante toda la vida. «… dos partidas de golf con obstáculos antes de que oscurezca. Debo darme prisa».
—Trabajar, jugar… a los sesenta tenemos las mismas fuerzas y los mismos gustos que a los
diecisiete. En los malos tiempos antiguos los viejos acostumbraban a renunciar, a jubilarse, a abrazar la religión, a pasar su tiempo leyendo, pensando… ¡pensando! «¡Cochinos idiotas!», masculló Bernard Marx para sus adentros, mientras marchaba por el pasillo hacia el ascensor.
—Ahora, y en ello consiste el progreso, los viejos trabajan, los viejos copulan, los viejos no
disponen de tiempo, de interrupciones en el placer, de un momento para sentarse y pensar… o si alguna vez, por una desdichada casualidad, se abriera uno de esos abismos de tiempo en la substancia sólida de sus distracciones, siempre tendrían el soma, el delicioso soma: medio gramo para disfrutar de medio día festivo, un gramo para un fin de semana, dos gramos para un viaje al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la Luna; y al regresar se encontrarían del otro lado del abismo, sanos y salvos sobre el terreno firme del trabajo y la distracción cotidianos, corriendo de cine-sensible en cine-sensible, de chica neumática en chica neumática, de Campo de Golf Electromagnético en…
… El grupo ya estaba completo y el círculo de solidaridad era perfecto, impecable. Hombre, mujer, hombre, en una rueda de alternancias sin fin alrededor de la mesa. Eran doce y estaban listos para unificarse, para cohesionarse, para fusionarse, para perder sus doce identidades individuales dentro de un ente mayor. El Presidente se levantó, hizo el signo de la T, activó la música sintética y desató el suave e infatigable redoble de tambores y un coro de instrumentos —casiviento y supercuerda— que repetían plañideramente, una y otra vez, la melodía breve e inevitablemente obsesionante del Primer Himno de la Solidaridad. Otra vez, y otra… y no era el oído el que captaba el ritmo palpitante, sino el diafragma. El gemido y el repique de esas armonías machaconas no hechizaban la mente, sino las entrañas anhelantes de compasión. El Presidente repitió el signo de la T y se sentó. La ceremonia había comenzado. Las tabletas de soma consagrado fueron depositadas en el centro de la mesa. La copa de soma con helado de fresas circuló de mano en mano y libaron doce veces de ella, mientras recitaban la fórmula: «Brindo por mi aniquilación». Luego cantaron el Primer Himno de la Solidaridad, con el acompañamiento de la orquesta sintética.

Somos doce, Ford; oh, haznos uno, como gotas del Río Social; oh, ahora haznos correr juntos tan raudos como tu reluciente carruaje.

Doce estrofas anhelantes. Y entonces pasaron la copa por segunda vez. Ahora la fórmula era: «Brindo por el Ser Supremo». Bebieron todos. La música sonaba incansablemente. Redoblaban los tambores. El sollozo y el entrechocar de las armonías eran una obsesión en las entrañas conmovidas. Entonaron el Segundo Himno de la Solidaridad.

¡Ven aquí, Ser Supremo, Amigo Social, aniquilando a los Doce-en-Uno! Ansiamos morir, porque cuando expiramos no hace más que empezar nuestra vida sublime.

Nuevamente doce estrofas. A esa altura el soma ya había comenzado a surtir efecto. Sus ojos brillaban, tenían las mejillas congestionadas, la luz interior de la benevolencia universal afloraba en todos los rostros en forma de sonrisas felices, cordiales. Incluso Bernard se sintió un poco conmovido. Cuando Morgana Rothschild se volvió y le sonrió, él hizo lo posible por devolver la sonrisa. Pero la ceja, esa negra dos-en-uno, seguía, ¡ay!, allí. Bernard no podía desentenderse de ella, por muchos esfuerzos que hiciera. Quizá si hubiera estado sentado entre Fifi y Joanna… La copa circuló por tercera vez.
—Brindo por la inminencia de Su Advenimiento —dijo Morgana Rothschild, a quien le había tocado casualmente el turno de iniciar el rito circular. Su tono fue potente, eufórico. Bebió y le pasó la copa a Bernard.
—Brindo por la inminencia de Su Advenimiento —repitió Bernard, esforzándose sinceramente por sentir que el advenimiento era inminente. Pero la ceja continuaba
obsesionándolo, y por lo que a él atañía el Advenimiento estaba espantosamente alejado. Bebió y le pasó la copa a Clara Deterting. «Volveré a fracasar —se dijo para sus adentros—.
Lo sé». Pero siguió haciendo cuanto podía por exhibir una sonrisa radiante. La copa había completado el círculo. El Presidente levantó la mano e hizo una seña. El coro prorrumpió en el Tercer Himno de la Solidaridad.

¡Sentid ahora cómo se aproxima el Gran Ser! ¡Regocijaos, y al regocijaros, morid! ¡Disolveos en el redoble de los tambores! Porque yo soy vosotros y vosotros sois yo.

Capítulo 4

1936
Propaganda y farmacología

ALDOUS HUXLEY

El lavado de cerebro era un tema al que Huxley volvía una y otra vez. El auge del fascismo en la década de los 30 hizo brotar de su pluma un largo ensayo, «Writers and Readers», que incluye un pasaje sobre las más recientes técnicas químicas de violación de la mente. Incluso después de haber tenido experiencias positivas con substancias psicodélicas, dos décadas más tarde, Huxley continuó alertando contra el fenómeno de la «agresión farmacológica».

… Es probable que los propagandistas del futuro sean los químicos y fisiólogos, además de los escritores. Un sello con tres cuartos de gramo de doral y tres cuartos de miligramo de escopolamina producirá en la persona que lo ingiera un estado de absoluta maleabilidad psicológica, semejante a la de un sujeto sometido a hipnosis profunda. Cualquier sugestión inculcada al paciente mientras se encuentra en este trance inducido por medios artificiales penetra hasta lo más profundo del inconsciente y puede generar una modificación permanente de las formas habituales de pensar y sentir. En Francia, donde se ha utilizado esta técnica en forma experimental durante varios años, se ha comprobado que dos o tres sesiones de sugestión bajo los efectos del doral y la escopolamina incluso pueden modificar los hábitos de las víctimas del alcohol y de irreprimibles adicciones sexuales. Una peculiaridad de la droga consiste en que la amnesia subsiguiente es retrospectiva: el paciente no guarda recuerdos de un período que empieza varias horas antes de la administración de aquella. Coged a un hombre desprevenido y hacedle ingerir un sello. Recuperará la conciencia firmemente convencido de todas las sugestiones que le habéis inculcado durante su estupor y totalmente ajeno a la forma en que se ha producido esta asombrosa conversión. Un sistema de propaganda que combine la farmacología con la literatura debería ser completa e infaliblemente eficaz. Esta es una idea tremendamente inquietante…

  • Introducción
  • Capítulo 1-4
  • Capítulo 5-8
  • Capítulo 9-12
  • Capítulo 13-16
  • Capítulo 17-20
  • Capítulo 21-24
  • Capítulo 25-28
  • Capítulo 29-32
  • Capítulo 33-36
  • Capítulo 37-40
  • Apendice
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Publicado el 28 octubre, 2016 en Texto y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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