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Aldous Huxley sobre los Tecnodictadores

“Si quieres conservar tu poder indefinidamente, tienes que obtener el consentimiento de los gobernados” – Aldous Huxley

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Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 12-13)

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Capítulo 12

1954
Los lejanos continentes de la mente

ALDOUS HUXLEY

La siguiente conferencia es la primera de las muchas disertaciones de Huxley sobre la consecución de la experiencia visionaria. Eileen J. Garrett, una vieja amiga, era presidenta de la Fundación Parapsicológica que organizaba simposios anuales con la asistencia de figuras destacadas de la especialidad. El interés de Huxley por la parapsicología se remonta a la década de los 30, cuando visitó al doctor J. B. Rhine en la Universidad de Duke, en 1937.

Es difícil hablar de los fenómenos mentales si no es empleando analogías tomadas del universo familiar de las cosas materiales. Se puede decir que determinado hombre está compuesto por un Viejo Mundo de conciencia personal y, al otro lado de un océano divisorio, por una serie de Nuevos Mundos. Estos Nuevos Mundos del inconsciente nunca se pueden colonizar, rara vez han sido explorados a fondo, y en muchos casos incluso esperan que los descubran. Como sucede en este planeta, si vais a las antípodas de la personalidad consciente de sí misma, encontraréis todo tipo de criaturas por lo menos tan raras como los canguros. En ninguno de los dos casos inventamos estas criaturas. Viven independientemente y fuera de nuestro control. Pero podemos ir a donde están, y observarlas. Existen «allí fuera», en el equivalente mental del espacio lejano. Desde «aquí dentro», a veces podemos contemplar cómo se dedican a sus misteriosas actividades.

Algunas personas nunca descubren conscientemente sus antípodas. Otras realizan un desembarco ocasional. Otras pocas van y vienen fácilmente y a su antojo. Lo primero que necesita el naturalista de la mente, que debe reunir sus datos para que nos convirtamos en auténticos zoólogos de la mente, es un medio de transporte seguro, fácil y fiable entre los dos Mundos. Existen dos de estos medios. Ninguno es perfecto, pero ambos son suficientemente fiables, fáciles y seguros como para justificar que los utilicen quienes saben lo que hacen. El primero depende de la mescalina, un alcaloide químico. El segundo depende de la hipnosis. Ambas naves transportan la conciencia a la misma región: la droga tiene un alcance más vasto y penetra más profundamente en la terra incognita.

Por lo que concierne a la hipnosis, no sabemos cómo produce sus efectos observados. Ni necesitamos saberlo. Sí sabemos un poco acerca de los efectos fisiológicos de la mescalina. Ésta interfiere el sistema enzimático que regula el funcionamiento del cerebro, menoscaba la eficiencia del cerebro y permite que ingresen en la conciencia determinados tipos de actividad mental que están normalmente excluidos pues carecen de valor para la supervivencia. Tenemos visiones. Pero no son visiones aleatorias. Lo que sucede en ellas se sujeta a pautas provistas de tanta lógica interna como la que tienen lo que vemos en las antípodas del mundo exterior. Son fenómenos raros, pero dotados de una cierta regularidad.

Estas pautas imponen algunos rasgos comunes a nuestra experiencia visionaria. En primer lugar, y sobre todo, está la experiencia de la luz. Todo se halla brillantemente iluminado, refulge desde dentro, y un caos de colores se intensifica hasta un paroxismo desconocido en el estado normal. (La mayoría de los sueños normales se desarrollan en blanco y negro o sólo están tenuemente coloreados). Probablemente el color en el sueño o la visión representa la captación de «algo dado» por contraposición a los símbolos dramáticos de nuestros propios esfuerzos o deseos, que generalmente son acromáticos. Las visiones captadas en estas antípodas de la mente no tienen nada en común con lo que soñamos al dormir normalmente, pues esto lo generamos nosotros mismos. Las visiones las vemos porque están allí, pero no son creaciones nuestras. Esa luz preternatural es característica de toda experiencia visionaria.

A la luz la acompaña el reconocimiento de una significación incrementada. Los objetos dotados de luminosidad propia tienen un significado tan intenso como su color. Aquí, la significación es idéntica a la esencia: los objetos sólo se representan a sí mismos y nada más. Su significado es precisamente este: que son intensamente ellos mismos, y que al serlo, son manifestaciones de la especificidad y alteridad esenciales del universo.

La luz, el color y el significado no existen aisladamente. Modifican los objetos o estos los manifiestan. Ciertos tipos de imágenes perceptivas se repiten una y otra vez: formas geométricas coloreadas, móviles, vivientes, que se transfiguran ondulando en objetos esquematizados, como alfombras, tallas, mosaicos, transmutándose continuamente en otras formas de color y grandeza más intensos. El observador queda escindido del pasado: ve una nueva creación. Tienen muchas analogías con los cielos y países de hadas del folklore y la religión, prototipo de muchos Paraísos.

Pero también puede existir una experiencia infernal, tan atroz como gloriosa es la otra. En las visiones paradisíacas se produce una sensación de disociación entre el yo y el cuerpo; en las visiones infernales la conciencia del cuerpo se intensifica y se degrada continuamente. Esto ocurre cuando al sujeto le faltan la fe y la confianza afectuosa, únicas garantías de que la experiencia visionaria será feliz. Y lo que ocurre en las visiones puede ser sólo un anticipo de lo que ocurrirá después del momento de la muerte.

Capítulo 13

1955
La mescalina y el “otro mundo”

ALDOUS HUXLEY

En el primer simposio norteamericano sobre substancias psicodélicas, Huxley fue el único participante que no tenía título médico entre «los Chicos del Electroshock, los Devotos de la Clorpromacina, y las 57 Variedades de Psicoterapeutas» (como le escribió a Humphry Osmond). Su disertación, como era previsible, fue la única que giró en torno a la experiencia con drogas de los «relativamente cuerdos», y no de las personas con alteraciones mentales. Desarrolla, sobre todo mediante referencias artísticas y literarias, ciertas ideas que habría de abordar más detalladamente en Heaven and Hell: el valor del acceso a «las antípodas de la mente», la experiencia visionaria inducida mediante la hipnosis, los alucinógenos, el «transporte» que producen objetos tales como piedras preciosas, las cualidades mágicas que gobiernan estos estados.

Esta noche me propongo hablar de las experiencias con mescalina, no de los neuróticos, sino de quienes, como yo, estamos relativamente cuerdos. Weir Mitchell y Havelock Ellis suministraron, hace muchos años, descripciones clásicas de esta experiencia, y sus relatos se compaginan muy bien con lo que hemos podido testimoniar yo mismo y todos los otros experimentadores que conozco personalmente. Estas experiencias clásicas con mescalina difieren en muchos sentidos de las que hemos oído analizar esta noche. Casi todas las que hemos oído analizar esta noche están teñidas por el miedo y la ansiedad. Además, contienen abundantes referencias a los recuerdos personales del sujeto y a experiencias traumáticas de su infancia. ¡Cuán distinta es la experiencia clásica con mescalina! Su rasgo más notable, enfáticamente subrayado por todos quienes han pasado por ella, es su naturaleza profundamente impersonal. La experiencia clásica con mescalina no abarca hechos recordados consciente o inconscientemente, no se refiere a viejos traumas y, en la mayoría de los casos, no está teñida por la ansiedad y el miedo. Es como si quienes la estaban viviendo hubieran sido transportados por la mescalina a alguna región remota, no personal, de la mente.

Utilicemos una metáfora geográfica y comparemos la vida personal del yo con el Viejo Mundo. Abandonamos el Viejo Mundo, cruzamos un océano divisorio, y nos encontramos en el mundo del inconsciente personal, con su flora y su fauna de represiones, conflictos, recuerdos traumáticos y cosas por el estilo. Si seguimos viajando, llegamos a una especie de Lejano Oeste, habitado por arquetipos jungianos y por la materia bruta de la mitología humana. Más allá de esta región se extiende un ancho Pacífico. Cuando lo sobrevolamos en alas de la mescalina o de la dietilamida del ácido lisérgico, llegamos a las que podríamos denominar las antípodas de la mente. En este equivalente psicológico de Australia descubrimos la contrapartida de los canguros y los ornitorrincos: toda una legión de animales extremadamente improbables, que sin embargo existen y es posible observar.

Ahora bien, el problema es, ¿cómo podemos visitar las áreas remotas de la mente donde habitan estas criaturas? Está claro que algunas personas pueden ir allí espontáneamente y más o menos a su antojo. Unos pocos de estos viajeros eran artistas, que no sólo podían visitar las antípodas, sino que también podían suministrar un testimonio de lo que habían visto, en palabras o en imágenes. Muchos más son los que han estado en las antípodas y han visto a sus extraños habitantes, pero son incapaces de expresar correctamente lo que han observado. En los tiempos que corren se resisten incluso a proporcionar una versión trunca de su experiencia. El clima mental de nuestra época no es favorable a los visionarios. A quienes han tenido estas experiencias espontáneas, y cometen la imprudencia de hablar de ellas, los miran con recelo y les dicen que deberían consultar a un psiquiatra. En el pasado, la gente consideraba valiosas las experiencias de este tipo y admiraba a sus protagonistas. Esta es una de las razones (aunque quizá no la única) por las que había más visionarios en otros siglos que en la actualidad.

Quienes no pueden visitar a su antojo las antípodas de la mente (y estos son mayoría) deben hallar un medio de transporte artificial. Un medio que surte efecto en un determinado porcentaje de casos es la hipnosis. Hay personas que, en un trance hipnótico moderadamente profundo, entran en el estado visionario.

Más seguro es el efecto de los llamados alucinógenos: la mescalina y la LSD. Personalmente nunca he probado la LSD, así que sólo puedo hablar, por experiencia, de la mescalina. Ésta nos transporta de una manera muy indolora —porque casi no se manifiestan las horribles náuseas que siguen a la ingestión del cacto peyote, ni produce resaca— a las antípodas de la mente, donde encontramos una fauna y una flora asombrosamente distintas de la fauna y la flora del Viejo Mundo tan conocido de la conciencia personal. Pero así como los marsupiales, aunque improbables, no son de manera alguna fenómenos aleatorios ni ajenos a las leyes, así tampoco lo son los habitantes de las antípodas de la mente. Estos se ciñen a las leyes de su propia esencia, pueden ser clasificados y su naturaleza extraña posee una cierta regularidad de pautas. Como ha señalado [Heinrich] Klüver en su libro sobre el peyote[23], las experiencias visionarias, si bien varían de un individuo a otro, pertenecen sin embargo a una misma y única familia. Las experiencias con mescalina de tipo clásico exhiben determinadas características bien marcadas.

La más notable de estas características comunes es la experiencia de luz. Se produce una gran intensificación de la luz, y esta intensificación se experimenta tanto con los ojos cerrados como con los ojos abiertos. La luz parece tener una intensidad preternatural en todo lo que se ve con el ojo interior. También parece tener una intensidad preternatural en el mundo exterior.

A esta intensificación de la luz la acompaña una tremenda intensificación del color, y esto vale tanto para el mundo exterior como para el interior.

Finalmente se intensifica lo que yo llamaría la significación intrínseca. Uno siente que lo que ve, ya sea con los ojos cerrados o con los ojos abiertos, tiene un significado profundo. Un símbolo representa otra cosa, y este representar otra cosa es su significado. Pero los elementos significativos que se ven en la experiencia con mescalina no son símbolos. No representan otra cosa, no significan nada ajeno a ellos mismos. La significación de cada elemento es idéntica a su ser. Lo importante es que es. En una forma paradójica pero muy nítida (para quienes han experimentado esta intensificación de la significación intrínseca),
lo relativo se torna absoluto, lo transitorio se torna particularmente universal y eterno.

La luz intensificada, el color intensificado y la significación intensificada no existen aisladamente. Se hacen inherentes a objetos. Y nuevamente en este caso las experiencias de quienes ingirieron un alucinógeno, mientras se encontraban en buen estado de salud mental y física, y con un grado suficiente de preparación filosófica, parecen ceñirse a pautas bastante regulares. Cuando los ojos están cerrados, la experiencia visionaria comienza con la aparición, en el campo visual, de geometrías vivas, movedizas. Dichas formas abstractas, tridimensionales, están intensamente iluminadas y brillantemente coloreadas. Después de un tiempo tienden a asumir el aspecto de objetos concretos, como alfombras, mosaicos o tallas ricos en configuraciones. Estos, a su vez, se modulan en edificios suntuosos y refinados, erigidos en parajes de extraordinaria belleza. Ni los parajes ni los edificios se mantienen estáticos, sino que cambian continuamente. En ninguna de estas metamorfosis se parecen a algún edificio o paraje específico visto por el sujeto en su estado corriente y recordado desde un pasado próximo o lejano. Todos estos elementos son nuevos. El sujeto no los recuerda ni los inventa: los descubre, «allí fuera», en el equivalente psicológico de una región geográfica hasta entonces inexplorada.

Por estos parajes y entre estas arquitecturas vivas merodean extrañas figuras: a veces de seres humanos (o incluso de los que parecen seres sobrehumanos), a veces de animales o de monstruos fabulosos. Al suministrar una descripción directa en prosa de lo que acostumbraba a divisar en sus visiones espontáneas, William Blake explica que veía a menudo seres a los que denominaba Querubines. Dichos seres tenían una estatura de cuarenta metros y no hacían nada que pudiera interpretarse como simbólico o dramático (esta es una característica de los personajes observados en una visión). En este sentido los habitantes de las antípodas de la mente difieren de las figuras que habitan el mundo arquetípico de Jung, pues no tienen nada en común con la historia personal del visionario ni con los problemas seculares de la raza humana. Son, literalmente, habitantes del «Otro Mundo».

Esto me trae a un detalle muy interesante y creo que significativo. La experiencia visionaria, ya sea espontánea o inducida por las drogas, la hipnosis u otros medios, tiene una asombrosa semejanza con el Otro Mundo, tal como lo encontramos descrito en las diversas tradiciones de la religión y el folklore. En todas las culturas, la morada de los dioses y de las almas en éxtasis es una comarca de insuperable belleza, radiante de color, bañada por una luz intensa. En esta comarca se ven edificios de indescriptible magnificencia, y sus habitantes son criaturas fabulosas, como los serafines hexápteros de la tradición hebrea, o los toros alados, los hombres con cabeza de halcón, los leones con cabeza humana, los personajes dotados de múltiples brazos o coronados por una cabeza de elefante de las mitologías egipcia, babilónica e india. Entre estas criaturas fabulosas se mueven ángeles y espíritus sobrehumanos que nunca hacen nada, sino que se limitan a disfrutar de la visión beatífica.

La indumentaria de los habitantes, así como los edificios e incluso muchos elementos del paisaje del Otro Mundo tienen incrustaciones de piedras preciosas. Es interesante saber que lo mismo sucede en el mundo interior abordado mediante la mescalina o la visión espontánea. Weir Mitchell y muchos otros experimentadores que han dejado un testimonio de su experiencia con mescalina, documentan una multitud de gemas vivientes. Estas gemas que, para decirlo con las palabras de Mitchell, parecen racimos de frutos transparentes, radiantes de brillo interior, están incrustadas en los edificios, en las montañas, en la margen de los ríos, en los árboles. Al leer estas descripciones de la experiencia con mescalina, no podemos menos que evocar lo que las diversas literaturas religiosas del mundo dicen acerca del más allá. Ezequiel habla de «las piedras de fuego» que hay en el Edén. En el Libro de la Revelación, la Nueva Jerusalén es una ciudad de piedras preciosas y de una substancia que a nuestros antepasados debía de resultarle tan maravillosa como las gemas: el cristal. El muro de la Nueva Jerusalén es de «oro semejante al cristal», o sea, que se trata de una substancia transparente, dotada de luz propia, que tiene el color del oro. El cristal reaparece en las mitologías célticas y teutonas de Europa occidental. Entre los teutones, la morada de los muertos es una montaña de cristal, y entre los celtas es una isla de cristal, con glorietas del mismo material.

Los paraísos hindú y budista son ricos en gemas, como la Nueva Jerusalén, y lo mismo vale para la isla mágica que, en la mitología japonesa, equivale a Avalon y las Islas de Buenaventura.

Entre los pueblos primitivos, que ignoran el cristal y no tienen acceso a las piedras preciosas, el paraíso está adornado con flores que irradian luz propia. Estas flores mágicas desempeñan un papel importante en el Otro Mundo de los pueblos más avanzados. Pensamos, por ejemplo, en el loto de la mitología budista e hindú, y en la rosa y el lirio de la tradición cristiana.

Se puede objetar que el paraíso no es más que una quimera, y que todos los paraísos están adornados con piedras preciosas precisamente porque estas son preciosas aquí en la tierra. ¿Pero por qué se pensó alguna vez que las gemas eran preciosas? ¿Qué fue lo que indujo a los hombres a invertir cantidades tan colosales de tiempo, zozobras y dinero para descubrir y tallar guijarros de colores? Este hecho es totalmente inexplicable en términos de cualquier tipo de filosofía utilitaria. Mi opinión personal consiste en que la explicación de la preciosidad de las piedras preciosas se ha de buscar, ante todo, en los hechos de la experiencia visionaria. En las antípodas de la mente existen objetos semejantes a gemas, refulgentes, dotados de luminosidad propia, radiantes de color y significación preternaturales. Los ven los visionarios, y todos quienes los contemplan intuyen que tienen una enorme importancia. En el mundo objetivo, las gemas son lo más parecido a estos objetos visionarios dotados de luminosidad propia. Las piedras preciosas pasan por ser preciosas porque les recuerdan a los seres humanos el Otro Mundo situado en las antípodas de la mente, el Otro Mundo del cual los visionarios tienen conciencia cabal, en tanto que las personas comunes tienen de él una conciencia vaga, por así decir subterránea. Existe un tipo de belleza mágica, de la cual decimos que nos «transporta». El término ha sido bien escogido, porque es literalmente cierto que determinados espectáculos transportan la mente del espectador… la transportan fuera del mundo cotidiano de la experiencia común, conceptual, y lo llevan al Otro Mundo mágico de la conciencia no verbal, visionaria.

Las flores transportan casi tanto como las piedras preciosas, y yo me inclinaría a atribuir la pasión casi universal por las flores, el uso casi universal de las flores en los ritos religiosos, al hecho de que estas les recuerdan a hombres y mujeres lo que está siempre allí, en el fondo de sus mentes, con un brillo, un colorido y una significación preternaturales.

No dispongo de tiempo para hablar de la relación entre la experiencia visionaria y determinadas formas de arte. Bastará decir que la relación existe, y que el poder casi mágico que ejercen ciertas obras de arte proviene de que nos recuerdan, conscientemente, o más a menudo inconscientemente, ese Otro Mundo en el cual los visionarios naturales pueden entrar a su antojo, y al cual el resto de nosotros sólo tenemos acceso bajo los efectos de la hipnosis o de una droga como la mescalina o la LSD.

Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 11)

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Capítulo 11

1954
Cartas

ALDOUS HUXLEY

The Doors of Perception resultó ser la obra más polémica de Huxley. La reacción del público, escribe su biógrafa Sybille Bedford, «pasó por todas las gamas, desde el entusiasmo, selectivo e indiscriminado, hasta la desaprobación moral e intelectual, la indiferencia, el bochorno… Los racionalistas pundonorosos encontraron nuevas pruebas de charlatanería y abdicación intelectual, en tanto que a los circunspectos y religiosos les fastidiaba que les ofrecieran un atajo». (Bedford, vol. 2, pág. 162). Pero Aldous, estimulado por la experiencia, ya pensaba en una continuación de Doors, y se zambullía en viajes, intercambios epistolares y diversas áreas de estudio, algunas de ellas nuevas y otras retomadas: la parapsicología, la privación sensorial (entonces llamada «entorno restrictivo») y el ascetismo, la esquizofrenia y el alcoholismo, las metáforas e imágenes celestiales-e-infernales de la literatura y el arte. Él y Maria también ensayaron una droga psicoactiva poco utilizada en los Estados Unidos: el ololiuqui (semillas de dondiego que contenían aminas del ácido lisérgico), pero la dosis (seis semillas) fue aparentemente tan reducida que no le produjo a Aldous ningún efecto que trascendiera la euforia y la relajación. Un largo viaje a Europa y el Oriente Medio incluyó una disertación sobre experiencia visionaria en un congreso internacional de parapsicología. Al regresar a los Estados Unidos les habló sobre el mismo tema a los alumnos de la Universidad de Duke. Hacia finales de año estaba redactando laboriosamente un libro con sus notas sobre este tema.

 

A J. B. RHINE [SMITH 649]

740 North Kings Road,
Los Ángeles 46, California
17 de enero de 1954

Estimado doctor Rhine:
… Le envío un juego de pruebas de página de un ensayo sobre la experiencia con mescalina [The Doors of Perception] que aparecerá en breve. Me fascina el tema de lo que se podría denominar la fauna y la flora del inconsciente más profundo. Porque aparentemente, detrás del inconsciente personal (que se ocupa de los problemas de nuestra historia privada) y detrás del inconsciente colectivo de Jung, con sus Arquetipos que simbolizan los problemas inmemoriales de la especie, se oculta un mundo que tiene poco o nada que ver con nuestros intereses humanos personales o colectivos: el mundo del cual los poetas y profetas han extraído sus descripciones del infierno y el cielo, y de las restantes áreas, más remotas, del Otro Mundo. Lo que surge bajo los efectos de la mescalina y en la esquizofrenia es distinto, pero la diversidad exhibe muchos rasgos comunes, y estos rasgos comunes afloran en las descripciones de los paraísos cristiano, musulmán y budista y, cuando la experiencia ha tomado un sesgo negativo, en las descripciones del infierno. En Dante hay muchos elementos muy afines a lo que experimentan y describen los esquizofrénicos y los consumidores de mescalina. Sencillamente es imposible imaginar por qué hemos de llevar con nosotros este vasto universo no humano. Sólo se trata de «una de esas cosas»… como los marsupiales de Australia, como las jirafas de África, aunque, por supuesto, es algo mucho más extraño. Porque por lo menos los marsupiales y las jirafas se han adaptado a las condiciones de nuestro planeta, en tanto que estos fenómenos celestiales e infernales de nuestro inconsciente profundo parecen ser totalmente ajenos a nuestra experiencia privada o a la experiencia de la raza…

Lo saluda muy atentamente,
Aldous Huxley

 

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 653]

740 North Kings Road,
Los Ángeles 46, California
2 de marzo de 1954

Estimado Humphry:
… Últimamente ha habido tres novedades interesantes. Mi vieja amiga Naomi Mitchison me escribe desde Escocia, después de leer Doors, que ella vivió una experiencia casi idéntica de la transfiguración del mundo exterior durante sus varios embarazos. ¿Esto podría deberse a una alteración temporal de la afluencia de azúcar al cerebro? (También, una desconocida me escribe que tuvo una experiencia análoga a la de la mescalina durante sus ataques de hipoglucemia).

Un desconocido me escribe desde Seattle para decirme que ha logrado cambios extraordinarios de conciencia —que no describe— mediante el ayuno y después de pasar un fin de semana sin dormir. Desde luego, esto es lo que han conseguido tantos místicos, de Oriente y Occidente. El ascetismo sólo es motivado parcialmente por un sentimiento de pecado y un deseo de expiación, y sólo en parte, en el plano inconsciente, por el masoquismo. También es motivado por el deseo de tomar contacto con el Otro Mundo, y por el conocimiento, personal o vicario, de que la «mortificación» ayuda a trasponer la puerta del muro.

Otro desconocido me estribe desde Los Ángeles. Es un exalcohólico, que tuvo experiencias extáticas en los primeros tiempos de su alcoholismo, y que insiste en que el anhelo de éxtasis es una motivación muy fuerte para muchos alcohólicos, aunque los freudianos digan otra cosa. También tiene amigos indios y conoce a algunos que ingirieron peyote pero que vivieron experiencias terribles, e insinúa que sabe o que está en condiciones de averiguar muchas cosas acerca de la relación entre el peyotismo y el alcoholismo en la comunidad indígena. No he visto a este hombre, y dudo que tengamos tiempo de verlo antes de nuestra partida. Pero (¡espero que no te moleste!) le he pedido que asiente su información por escrito y que te la envíe. Creo que puede tener un valor considerable. Sugiere que tal vez sería interesante probar el efecto de la mescalina sobre alcohólicos y exalcohólicos. Y pienso que si tu proyecto de investigación se pone en marcha (o incluso si no se pone en marcha), sería fructífero hacerlo.

También tengo un amigo amable, idóneo… [A. L. Kitselman], que ha elaborado, a partir de los textos del Budismo Primitivo (textos que puede estudiar en la lengua pali original), una forma de psicoterapia que él llama Terapia E. (E es el equivalente de la Entelequia, el Bodhi). Él, personalmente, ha consumido peyote y se propone iniciarse en la mescalina, bajo supervisión médica. Mientras tanto ha realizado unos pocos experimentos con ololiuqu[i], y ha comprobado que en algunos casos este parece aumentar la sugestibilidad, descargar las tensiones acumuladas durante mucho tiempo, y dar a quien lo consume a obtener vislumbres de su auténtica naturaleza. Al mismo tiempo, parece facilitar que quienes se encuentran cerca del consumidor entren en algún tipo de relación telepática con este, o acaso deberíamos decir relación subtelegráfica, en la medida en que las experiencias compartidas no son pensamientos sino dolores y malestares, que los ayudantes sienten de manera vicaria (como ha sucedido bajo hipnosis profunda) y en algunos casos «descargan» en beneficio del consumidor, que posteriormente se encuentra mucho mejor. Los hechiceros mexicanos y cubanos utilizan el ololiuqu[i] para aumentar las facultades de percepción extrasensorial y mitigar la enfermedad, de modo que es posible que en todo esto haya algún elemento psicológicamente objetivo. Cuando lo tomamos nosotros, Leslie LeCron[18] y yo no experimentamos nada excepcional, excepto euforia y, relajación. Maria tuvo algunas visiones muy divertidas y coherentes, cualitativamente distintas de las que tiene en general bajo los efectos de la hipnosis, y más obviamente significativas en un sentido simbólico. Una de ellas parecía un capítulo suplementario de Monkey, la maravillosa alegoría china traducida por Arthur Waley. Era una visión en la que el Mono intentaba trepar al cielo por su propia cola: un comentario realmente admirable sobre las pretensiones del intelecto discursivo.

¿Alguna vez has probado los efectos de la mescalina sobre una ciega o un ciego congénito? Ciertamente sería interesante.

Cariños de los dos para ti y tu familia.

Tuyo,
Aldous

 

A HAROLD RAYMOND [SMITH 657]

740 N. Kings Rd.,
Los Ángeles 46, Cal.
8 de marzo de 1954

Estimado Harold:
Gracias por tu carta y por las buenas noticias acerca de las ventas del libro [The Doors of Perception]… excelentes, debería decir, por tratarse de un ensayo. He visto la crítica de Young, que me gustó mucho, y que satisfizo a mi amigo el doctor Osmond, el psiquiatra bajo cuya supervisión ingerí la substancia. El mismo Osmond está escribiendo una crítica del libro para Tomorrow, y su joven colega, el doctor Smythies, publicará un artículo sobre la mescalina en general en la misma revista. Entre paréntesis, me asombra la cantidad de trabajos que se están realizando en torno de la mescalina. Continuamente afloran novedades: trabajos en Boston, trabajos en Chicago, trabajos en Buenos Aires. En relación con estos últimos, hace uno o dos días irrumpió súbitamente, en mi campo visual, un ítaloargentino muy competente. Resulta que es la principal autoridad en la química de los alcaloides del cacto, incluida, por supuesto, la mescalina. Lo que dijo Steedman en el sentido de que a veces la droga produce resultados aterradores es, desde luego, absolutamente cierto. (Mencioné este hecho en el ensayo). Un periodista canadiense llamado Katz suministra una excelente descripción de este terror en el número de octubre (eso creo) de Macleans Magazine (publicación canadiense). Katz ingirió la droga bajo la supervisión de Osmond, y su artículo es una narración sistemática, fundada sobre grabaciones y notas taquigráficas, de sus experiencias… que fueron francamente atroces. Es muy extraño que escritores como Belloc y Chesterton puedan entonar loas al alcohol (responsable de aproximadamente dos tercios de los accidentes automovilísticos y de las tres cuartas partes de los crímenes violentos) y que se los catalogue igualmente como buenos cristianos y personas nobles, en tanto que a cualquiera que se aventure a sugerir que puede haber otros atajos menos perniciosos para alcanzar la trascendencia personal se lo trata como si fuera peligroso maniático drogadicto y un infame corruptor de la humanidad débil de carácter…

Tuyo,
Aldous

 

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 671]

740 N. Kings. Rd.,
Los Ángeles 46, Cal.
25 de octubre, [1954]

Mi estimado Humphry:
Acabo de recibir la carta en que anuncias que llegarás entre el quince y el diecisiete de noviembre. Espero que te quedes aquí tanto como puedas. Si te parece que necesitas mayor sosiego, podríamos irnos por unos días a algún lugar del desierto, o a la costa, o quizás a hacer un corto viaje que combine ambas cosas, lo cual es viable en estos parajes.

Le dimos la mayor parte de nuestra mescalina a nuestro amigo el doctor Godel, de Egipto, que sabía un poco sobre el tema pero deseaba aprender más. Así que ten la gentileza de venir provisto, pues ya sabes cuán difícil es conseguir cualquier cosa aquí. No recuerdo si te conté que el doctor Puharich ha utilizado ácido lisérgico en los experimentos de percepción extrasensorial, y que ha comprobado que casi en el comienzo había un período de capacidad intensificada, seguido por un largo período de incapacidad, y después por otro período de lucidez cerca del final. Se proponía tratar de reducir la dosis de manera tal que el sujeto permaneciera constantemente en la zona lúcida, sin trasponer el límite y entrar en el mundo que es totalmente Otro. Obviamente debemos imaginar la mente como un helado napolitano estratificado, con un sabor peculiar de conciencia en cada nivel. Es posible que la farmacología nos permita llegar precisamente al nivel que deseamos, y no más allá. Entre paréntesis, ¿alguna vez enviaste las piezas teatrales? Nuestros cariños para todos vosotros.

Tuyo,
Aldous

 

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 672]

740 N. Kings Rd.,
L. A. 46, Cal.
7 de noviembre de 1954

Estimado Humphry:
Por favor, ¿puedes pasarme una pequeña información? ¿Dónde se ha publicado el trabajo de [D. O.] Hebb sobre los efectos del entorno restringido? O, mejor aún, ¿puedes explicarme en una o dos líneas cuál es la naturaleza de las experiencias inducidas por el encierro en el silencio y la oscuridad? ¿Estas visiones eran semejantes a las que produce la mescalina? Por lo menos quiero mencionar el trabajo en el ensayo sobre «Visionary Experience, Vis. Art and the Other World», que ahora estoy ampliando. Espero verte pronto.

Tuyo,
Aldous

Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 10)

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Capítulo 10

1954
Las puertas de la percepción

ALDOUS HUXLEY

La publicación de este delgado volumen —The Doors of Perception— en medio del erial psíquico e intelectual de la administración Eisenhower y las audiencias de McCarthy, produjo un profundo impacto cultural. El cuadragésimo libro de Huxley, cuyo título ha sido tomado de The Marriage of Heaven and Hell, del poeta visionario William Blake, es una de las obras clave de la literatura psicodélica. Al comenzar la última década de su vida, cuando le faltaban pocos meses para cumplir sesenta años, Huxley descubrió la «clave del acceso químico». Por tratarse de la descripción literaria de un experimento científico, las citas son típicamente numerosas. El tono es de máxima racionalidad, respaldada por el testimonio personal y la evidencia histórica. Otra fuente literaria importante, además de Blake, es El libro tibetano de los muertos, que habría de tener una figuración tan destacada en su vida y sus escritos posteriores. Huxley llegó a la conclusión de que, si bien la mescalina era superior a la mayoría de las drogas consumidas por la humanidad, «aún no es la droga ideal». Pero el concepto de Moksha estaba mucho más próximo después de su primer experimento con mescalina. En la iniciación psicodélica de Huxley estuvo presente, además del doctor Osmond, que actuó como supervisor médico, la esposa de Aldous, Maria, a la cual dedicó The Doors of Perception. Fue en 1886 cuando el farmacólogo alemán Louis Lewin[11] publicó el primer estudio sistemático del cacto, que posteriormente fue bautizado con su propio nombre. El Anhalonium Lewinii era nuevo para la ciencia. Para la religión primitiva y para los indios de México y del sudoeste de los Estados Unidos era un amigo de tiempo inmemorial. En verdad, era mucho más que un amigo. Para decirlo con las palabras de uno de los primeros visitantes españoles del Nuevo Mundo, «comen una raíz que llaman peyote, y que veneran como si fuese una deidad».

La razón por la cual la veneraban como a una deidad salió a luz cuando eminentes psicólogos como Jaensch[12], Havelock Ellis[13], y Weir Mitchell[14] iniciaron sus experimentos con mescalina, el principio activo del peyote. Es cierto que estos se detuvieron bastante antes de caer en la idolatría, pero todos coincidieron en asignar a la mescalina un puesto entre las drogas de singular importancia. Administrada en dosis adecuadas, cambia la cualidad de la conciencia más profundamente que cualquier otra substancia del repertorio farmacológico, y sin embargo es menos tóxica.

La investigación sobre la mescalina ha continuado esporádicamente desde los tiempos de Lewin y Havelock Ellis. Los químicos no sólo han aislado el alcaloide sino que han aprendido a sintetizarlo, de modo que las existencias ya no dependen de las escasas e intermitentes recolecciones de un cacto del desierto. Los alienistas se han administrado a sí mismos dosis de mescalina con la esperanza de comprender mejor, de primera mano, los procesos mentales de sus pacientes. Los psicólogos han observado y catalogado algunos de los efectos más llamativos de la droga, trabajando, infortunadamente, con muy pocos sujetos y dentro de un marco muy estrecho de circunstancias. Los neurólogos y los fisiólogos han averiguado algo acerca de los mecanismos de su acción sobre el sistema nervioso central. Y por lo menos un filósofo profesional ha ingerido mescalina para verificar qué luz arroja sobre ciertos antiguos enigmas aún no resueltos, como el que concierne al lugar que ocupa la mente en la naturaleza y a la relación entre el cerebro y la
conciencia.

Las cosas quedaron así hasta que, hace dos o tres años, se observó un hecho nuevo y quizá muy significativo. En realidad, este hecho había estado a la vista de todos durante varias décadas, pero sucedió que nadie le prestó atención hasta que un joven psiquiatra inglés, que trabaja actualmente en Canadá, se sintió impresionado por la estrecha semejanza que existe entre la composición química de la mescalina y la de la adrenalina. Ulteriores investigaciones revelaron que el ácido lisérgico, un alucinógeno extraordinariamente poderoso que se extrae del cornezuelo del centeno, tiene una relación estructural bioquímica con las otras dos substancias. Luego se descubrió que el adrenocromo, que es un producto de la descomposición de la adrenalina, puede generar muchos de los síntomas observados en la intoxicación con mescalina. Pero es probable que el adrenocromo aparezca espontáneamente en el organismo humano. En otras palabras, quizá cada uno de nosotros es capaz de producir una substancia química que, en dosis minúsculas, causa cambios profundos en la conciencia. Algunos de estos cambios son similares a los que se manifiestan en esa plaga arquetípica del siglo veinte que es la esquizofrenia. ¿El trastorno mental se debe a un trastorno químico? ¿Y el trastorno químico se debe, a su vez, a malestares psicológicos que actúan sobre las suprarrenales? Sería apresurado y prematuro afirmarlo. Lo más que podemos decir es que se ha probado una especie de caso prima facie. Mientras tanto se investiga sistemáticamente el indicio, y los sabuesos —bioquímicos, psiquiatras, psicólogos — siguen la pista.

Merced a una serie de circunstancias que para mí fueron extraordinariamente afortunadas, en la primavera de 1953 yo me encontré cabalmente atravesado sobre dicha pista. Uno de los sabuesos había viajado a California por razones profesionales. Aunque ya hacía setenta años que se estudiaba la mescalina, los materiales psicológicos que tenía a su alcance continuaban siendo absurdamente escasos, y estaba ansioso por complementarlos con otros. Yo estaba a mano y dispuesto a convertirme en su conejillo de Indias.

En verdad, estaba ávido por desempeñar ese papel. Así fue como en una radiante mañana de
mayo[15] ingerí cuatro décimas de gramo de mescalina, disueltas en medio vaso de agua y me senté a esperar los resultados.

… Enfrentado con una silla que parecía el Juicio Final —o, para ser más exacto, enfrentado con un Juicio Final que, después de mucho tiempo y con considerables dificultades, identifiqué como una silla— me encontré de pronto sobre el filo del pánico. Tuve la repentina sensación de que eso iba demasiado lejos. Demasiado lejos, a pesar de que iba hacia una belleza más intensa, hacia un significado más profundo. Un análisis retrospectivo me indica que lo que temía era quedar abrumado, desintegrarme bajo la presión de una realidad más descomunal que la que podía soportar una mente acostumbrada a pasar la mayor parte del tiempo en un confortable mundo de símbolos. La literatura de la experiencia religiosa es rica en referencias a los tormentos y terrores que aplastan a quienes se han encontrado, de manera demasiado repentina, cara a cara con alguna manifestación del Mysterium tremendum. En lenguaje teológico, este medio se debe a la incompatibilidad entre el egoísmo del hombre y la pureza divina, entre la independencia exasperada del hombre y la infinitud de Dios. Podríamos afirmar, con Boehme y William Law, que las almas impenitentes sólo pueden captar la Luz divina en todo su esplendor como un fuego quemante del purgatorio. Se puede hallar una doctrina casi idéntica en El libro tibetano de los muertos, que describe cómo el alma difunta huye dolorida de la Pura Luz del Vacío, e incluso de las Luces menores y mitigadas, para arrojarse de cabeza en las tinieblas reconfortantes del yo en forma de ser humano renacido, o incluso de bestia, de espectro desdichado, de criatura del infierno. Cualquier cosa antes que la refulgencia abrasadora de la Realidad sin afeites… ¡cualquier cosa!

El esquizofrénico es un alma no sólo impenitente sino para colmo desesperadamente enferma. Su dolencia consiste en la incapacidad para evadirse de la realidad interior y exterior — como lo hace habitualmente el individuo cuerdo— y refugiarse en el universo doméstico del sentido común, en el mundo estrictamente humano de las ideas útiles, los símbolos compartidos y las convenciones socialmente aceptables. El esquizofrénico se parece a un hombre sometido permanentemente a la influencia de la mescalina, y por tanto incapaz de aislarse de la experiencia de una realidad con la que no puede convivir porque no es suficientemente santo, que no puede desechar mediante explicaciones porque se trata del más terco de los hechos primarios, y que, al no permitirle mirar nunca el mundo con ojos sencillamente humanos, lo asusta hasta el punto de hacerle interpretar su naturaleza inexorablemente extraña, la abrasadora intensidad de su significación, como manifestaciones de malevolencia humana o incluso cósmica, malevolencia ésta que reclama los contraataques más desesperados, que van desde la violencia asesina en un extremo de la escala, hasta la catatonia, o el suicidio psicológico, en el otro. Y una vez lanzados por el camino descendente, infernal, jamás podríamos detenernos. Ahora esto es harto evidente.

—Si se emprendiera la marcha en sentido equivocado —dije, contestando las preguntas del investigador—, cuanto sucediese sería una prueba de la conspiración urdida contra uno. Todo se confirmaría a sí mismo. No se podría exhalar un suspiro sin saber que este forma parte de la confabulación.
—¿Así que cree saber dónde reside la locura?
Mi respuesta fue un «sí» rotundo y sincero.
—¿Y podría controlarla?
—No, no podría. Si alguien partiera del miedo y el odio como premisa mayor, debería llegar hasta la conclusión.
—¿Podrías fijar tu atención en lo que El libro tibetano de los muertos llama la Luz Clara? —me preguntó mi esposa.
Dudé.
—¿Si pudieras fijarla, esto mantendría alejado el mal? ¿O no podrías fijarla?
Estudié un rato la pregunta.
—Quizá —respondí al fin—, quizá podría… pero sólo en compañía de alguien que me hablase de la Luz Clara. No es posible hacerlo a solas. Supongo que este es el sentido del ritual tibetano: alguien que está ahí sentado todo el tiempo y te dice qué es cada cosa. Después de escuchar la grabación de esta parte del experimento, cogí mi ejemplar de la versión Evans-Wentz de El libro tibetano de los muertos y lo abrí al azar. «Oh, tú, que has nacido noblemente, no permitas que tu mente se distraiga». En esto residía el problema: no debía dejarme distraer. No debía dejarme distraer por el recuerdo de viejos pecados, por placeres imaginados, por el regusto amargo de antiguos agravios y humillaciones, por todos los temores y el odio y los apetitos que generalmente eclipsan la luz. ¿Acaso los psiquiatras modernos no podrían hacer por los dementes lo que aquellos monjes budistas hacían por los moribundos y los muertos? Hacer brotar una voz para asegurarles, durante el día e incluso mientras duermen, a pesar de todo el terror, de toda la perplejidad y la confusión, que la Realidad última sigue siendo inconmoviblemente la misma y que incluso la luz interior de la mente más cruelmente atormentada está hecha de esa misma substancia. Mediante dispositivos tales como magnetófonos, interruptores equipados con mecanismos de relojería, sistemas de altavoces y parlantes incorporados a las almohadas, sería muy fácil recordar este hecho primordial incluso a los internados en una institución con muy poco personal. Quizás así se podría ayudar a unas pocas almas perdidas para dotarlas de un cierto control sobre el universo —simultáneamente bello y aterrador, pero siempre distinto del humano, siempre totalmente incomprensible— en el cual se ven condenadas a vivir. No transcurrió demasiado tiempo antes de que me apartaran de los inquietantes esplendores de mi silla de jardín. La hiedra frondosa que caía del seto formando verdes parábolas refulgía con una especie de radiación cristalina, parecida a la del jade. Un momento después un macizo de pimpollos rojos, en plena floración, estalló en mi campo visual. Las flores, tan apasionadamente vivas que parecían a punto de hablar, se empinaban hacia el azul del cielo. Como la silla bajo los listones, protegían demasiado. Bajé la mirada hacia las hojas y descubrí una filigrana cavernosa de luces y sombras verdes muy delicadas, que palpitaban preñadas de un misterio indescifrable.

Rosas: las flores son fáciles de pintar, difíciles las hojas.

El haiku de Shiki —que cito en la versión inglesa de R. H. Blyth— expresa, por vía indirecta, exactamente lo que yo sentía entonces: la gloria excesiva y demasiado evidente de las flores, que contrastaba con el milagro más sutil del follaje.

Salimos a la calle. Un gran automóvil de color azul claro se hallaba estacionado junto a la acera. Al verlo, me embargó súbitamente un inmenso regocijo. ¡Qué complacencia, qué absurdo engreimiento irradiaban esas superficies combadas de lustrosísimo esmalte! El hombre había creado eso a su imagen y semejanza, o mejor dicho, a imagen y semejanza de su personaje favorito de ficción. Me reí hasta que me corrieron lágrimas por las mejillas. Volvimos a entrar en la casa. Habían preparado la comida. Alguien, que aún no era idéntico a mí, se precipitó sobre ella con apetito voraz. Lo miré desde una distancia considerable y sin mucho interés. Después de la comida, subimos al auto y fuimos a dar un paseo. Los efectos de la mescalina ya estaban menguando, pero las flores de los jardines seguían vibrando sobre el filo de lo sobrenatural, y los pimenteros y algarrobos que bordeaban las calles laterales seguían perteneciendo patentemente a algún monte sagrado.

El Edén se alternaba con Dodona, el Yggdrasil con la Rosa mística. Y entonces, bruscamente, nos encontramos en una intersección, esperando el momento de cruzar Sunset Boulevard. Delante de nosotros circulaba una corriente ininterrumpida de autos… miles de autos, todos brillantes y refulgentes como el sueño de un ejecutivo de publicidad y cada uno más ridículo que el otro. Nuevamente me desternillé de risa. Por fin se abrió el Mar Rojo del tráfico y lo atravesamos rumbo a otro oasis de árboles y prados y rosas. Al cabo de pocos minutos llegamos a un punto panorámico de las colinas y vimos la ciudad desplegada a nuestros pies. Se parecía mucho a la ciudad que había visto en otras ocasiones, lo cual me desencantó bastante. Por lo que a mí concernía, la transfiguración era proporcional a la distancia. Cuanto más próxima, tanto más divinamente distinta. Este panorama vasto y borroso apenas se diferenciaba de sí mismo.

Seguimos adelante, y mientras permanecimos en las colinas, donde un panorama lejano sucedía a otro panorama lejano, la significación se mantuvo en el nivel cotidiano, muy por debajo del punto de transfiguración. La magia sólo empezó a actuar de nuevo cuando viramos por otro suburbio y nos deslizamos entre dos hileras de casas. Allí, no obstante la fealdad peculiar de la arquitectura, hubo nuevas vislumbres de la alteridad trascendental, atisbos del paraíso matutino. Las chimeneas de ladrillos y los tejados verdes refulgían al sol como fragmentos de la Nueva Jerusalén. Y de pronto vi lo que Guardi había visto y había vertido tan a menudo en sus cuadros, con incomparable maestría: una pared de estuco con una sombra sesgada, desprovista de adornos pero inolvidablemente hermosa, vacía pero preñada con todo el sentido y el misterio de la existencia. La revelación despuntó y volvió a desaparecer en una fracción de segundo. El auto había seguido su marcha, el tiempo descubría otra manifestación de la eterna Semejanza. «Dentro de la igualdad está encerrada la diferencia. Pero que la diferencia sea diferente de la igualdad no es en modo alguno la intención de todos los Budas. Su intención es tanto la totalidad como la diferenciación». Este macizo de geranios rojos y blancos, por ejemplo… era totalmente distinto de aquella pared de estuco que había quedado cien metros más atrás. Pero la «esencia» del uno y la otra era la misma, la cualidad eterna de su transitoriedad era la misma.

Una hora más tarde, cuando habían quedado atrás, ya sin riesgo alguno, otras diez millas y la visita al Drugstore Mayor del Mundo, estuvimos de nuevo en casa, y yo había retornado a ese estado tranquilizador pero profundamente insatisfactorio que denominamos «estar en sus cabales».

Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 7-9)

Huxley1

Capítulo 7

1953
Cartas

El doctor Humphry Osmond era un investigador psiquiátrico que estudiaba la relación entre las experiencias con mescalina y la esquizofrenia en la Universidad de Saskatchewan cuando conoció a Huxley. Las siguientes cartas documentan la invitación de Huxley al doctor Osmond y su expectativa por ingerir mescalina.

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 623]

740 N. Kings Rd.,
Los Ángeles 46, California.
10 de abril de 1953

Estimado doctor Osmond:
Le agradezco su interesante carta y el artículo que la acompaña, así como las palabras muy amables y comprensivas que dedica a mi libro Devils. Parece que la hipótesis de trabajo más satisfactoria acerca de la mente humana debe ceñirse, hasta cierto punto, al modelo bergsoniano, en el cual el cerebro con su personalidad normal asociada se comporta como un dispositivo utilitario encargado de limitar, y de seleccionar dentro del inmenso mundo posible de la conciencia, y de encauzar la experiencia por canales biológicamente útiles. La enfermedad, la mescalina, el choque emocional, la experiencia estética y la iluminación mística tienen el poder de inhibir, cada uno a su manera y en distinta medida, las funciones de la personalidad normal y de su actividad cerebral corriente, permitiendo así que «el otro mundo» aflore en la conciencia. El problema básico de la educación es este: ¿Cómo aprovechar al máximo el mundo de la utilidad biológica y el sentido común y, al mismo tiempo, el mundo de la experiencia ilimitada que está subyacente? Sospecho que la solución cabal del problema sólo podrá emanar de quienes han aprendido a asentarse en el tercer y último mundo del «espíritu», el mundo que subtiende e impregna los otros dos. Pero sin llegar a esta solución definitiva, es posible que haya otras parciales, mediante las cuales se le puede enseñar al niño en vías de crecimiento a conservar en la edad adulta sus «atisbos de inmortalidad». Tal como se dispensa actualmente la educación, la inmensa mayoría de los adultos pierden, en el curso de esta, toda la apertura a la inspiración, toda la capacidad de tomar conciencia de elementos distintos de los enumerados en el catálogo Sears-Roebuck que constituye el mundo convencionalmente «real». La existencia de los pocos hombres y mujeres que conservan su contacto con el otro mundo, incluso mientras desarrollan sus actividades en este, demuestra que aquel no es el precio necesario e inevitable que se paga por la supervivencia biológica y la eficiencia civilizada. ¿Es exagerado pretender que algún día se pueda idear un sistema de educación cuyos resultados estén a la altura —en términos de desarrollo humano— del tiempo, el dinero, la energía y la dedicación invertidos? Es posible que la mescalina o alguna otra substancia química desempeñe un papel en dicho sistema de educación, al permitir que los jóvenes «saboreen y vean» lo que han aprendido de segunda mano, o directamente pero en un nivel más bajo de intensidad, en los escritos de los religiosos, o en las obras de poetas, pintores y músicos. Alimento grandes esperanzas de poder verlo por estas tierras durante el Congreso Psiquiátrico de mayo. Uno de los bichos más raros que encontrará en el congreso será un amigo nuestro, el doctor […], que quizás es el mayor virtuoso viviente de la hipnosis. (Por cierto, al menos para algunas personas, el trance hipnótico profundo es un camino que conduce al otro mundo… un camino menos radical que el de la mescalina, en la medida en que las experiencias son totalmente interiores y no se asocian con percepciones sensoriales y con el carácter de las cosas y las personas «de allí fuera», aunque no por ello deja de ser un camino muy concreto). Si resuelve concurrir al encuentro, podremos suministrarle cama y cuarto de baño… pero lamentablemente no disponemos de sitio más que para una sola persona. Dispondrá de libertad para ir y venir a su antojo, y siempre habrá algo para comer, aunque es posible que la comida sea un poco precaria en los días en que no tenemos cocinera. Sea como fuere, espero poder verlo y tener la oportunidad de discutir con más detenimiento algunos de los problemas planteados en su carta y en sus artículos y los del doctor Smythies.

Atentamente, Aldous Huxley

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 624]

740 N. Kings Rd.,
L. A. 46, Cal.
19 de abril de 1953

Estimado doctor Osmond:
¡Estupendo! Lo esperaremos el día tres. Permítame sugerirle que vaya en el autobús de la línea aérea hasta el Hollywood Roosevelt Hotel, adonde podremos ir a buscarlo, o desde el cual le resultará fácil coger un taxi. Con la congestión del tránsito, el ir a recibir viajeros al aeropuerto se ha convertido en una pesadilla, hasta el punto de que mi esposa, que conduce el coche, les ruega a todos que vengan hasta el Roosevelt, lo cual es más rápido para el pasajero y también más sencillo para la persona que ha de recibirlo. Hoffmann La Roche le ha comunicado a mi joven amigo el doctor que deben pedir que les envíen una partida de mescalina desde Suiza… así que quizá tardará semanas en llegar aquí. En el ínterin, ¿tiene esa substancia a mano? Si la tiene, espero que pueda traer un poco, porque estoy ansioso por realizar el experimento y me haría muy feliz realizarlo bajo la supervisión de un investigador tan veterano como usted.

Muy atentamente, Aldous Huxley

Capítulo 8

1953
Una mañana de mayo en Hollywood

DOCTOR HUMPHRY OSMOND

Aquí el doctor Osmond narra «aquella improbable expedición» que lo llevó a Los Ángeles con una dosis (0,4 gramos) de mescalina para Huxley, a quien guió en el viaje inmortalizado en Doors of Perception. Osmond expresa con humor las ansiedades clásicas del guía: aunque Aldous «parecía un sujeto ideal», Osmond temió momentáneamente que se lo conociera en el futuro como «el hombre que había hecho enloquecer a Aldous Huxley». Osmond continuó siendo uno de los amigos más íntimos de Huxley durante su última década, y fue el destinatario de muchas de las cartas más importantes de este acerca de la experiencia psicodélica.

Han transcurrido once años desde que realicé aquella improbable expedición a Hollywood. Yo trabajaba en un hospital psiquiátrico en las praderas de Canadá, a dos mil millas de distancia. Aunque había conservado conmigo un ejemplar de la magnífica antología de Aldous Huxley Texts and Pretexts durante la blitz de Londres y en los convoyes del Atlántico en un destructor de escolta, y aunque el libro aún me acompaña en mis andanzas, nunca había imaginado que conocería a su formidable autor. En verdad, si lo hubiera pensado, habría dudado que tuviésemos mucho en común, porque tanto entonces como ahora lo que más me interesa y preocupa es el cuidado, el tratamiento y la recuperación de los pacientes que padecen esquizofrenia.

El doctor John Smythies[2] y yo habíamos colaborado en un artículo para el Hibbert Journal[3] sobre el estado actual de la medicina psicológica. Aldous lo leyó, le gustó, y nos envió una carta típicamente cordial y alentadora en su letra cursiva que formaba un ligero declive sobre el papel. Añadía que esperaba que lo visitáramos cuando volviésemos a California. Ni John ni yo estábamos suficientemente aclimatados a Norteamérica como para pensar que dos o tres mil millas no implicaban una barrera específica contra los encuentros. Eso ocurría antes de que el reactor hubiera corroído totalmente nuestro sentido del espacio.

Sin embargo, más o menos un mes después de haber recibido aquella primera carta, yo viajaba rumbo a California para convertirme en huésped de Aldous y Maria Huxley. Inesperadamente, me habían enviado al congreso de la Asociación Psiquiátrica Americana que se celebraba entonces en Los Ángeles. Recuerdo que me sentí un poco turbado y también un poco orgulloso cuando anuncié que no necesitaría hotel porque me alojaría en casa de ellos.

Maria me contó los entretelones. Una mañana, mientras desayunaban, Aldous levantó la vista de su correspondencia y dijo: «Invitemos a casa a este fulano». Maria se sorprendió porque Aldous raramente sugería que invitaran a alguien a alojarse en su casa y porque nunca había oído hablar de «este fulano». Aldous le explicó: «Es un psiquiatra canadiense que trabaja con mescalina». Maria respondió: «Pero es posible que use barba y que no nos caiga simpático». Aldous recapacitó un poco y contestó: «Si no nos cae simpático estaremos siempre fuera». A María no le pareció que esta fuera una buena solución. Sin embargo, la invitación de Aldous indicaba que, si bien yo sería muy bienvenido, la naturaleza de su trabajo los obligaba a ambos a pasar mucho tiempo fuera. Esto me intrigó, sobre todo porque él manifestaba que le interesaba nuestro trabajo y que tal vez incluso se prestaría a servir de sujeto, si ello era posible. Yo también sentí aprensión, pero mi esposa comentó: «Sólo serán unos pocos días, y siempre podrás decir que una sesión de la A.P.A. te ha retenido hasta tarde».

La invitación fue un honor y una oportunidad. Sentía mucha curiosidad por conocer a ese hombre notable cuyas ideas había criticado desde una distancia segura, pero no soy un literato y la perspectiva me acobardaba. Llegué a casa de los Huxley, en Kings Road, no lejos de Sunset Boulevard, cansado y preocupado. No había podido averiguar cuáles eran las normas que regían la introducción de mescalina en los Estados Unidos. Cuando las descubrí algunos años más tarde me di cuenta de que mis temores habían estado justificados. También me sentía tímido y desmañado. Dudaba de poder mantener el tipo de conversación a la que suponía que estaban habituados los Huxley.

Maria me tranquilizó en seguida. No era en absoluto intimidante. Y a ella también la alivió comprobar que no usaba barba. «Sabía que usted y Aldous se entenderían, por el hecho de ser ambos ingleses», comentó. A juicio de Maria, los ingleses eran seres en general incomprensibles, excepto para sus compatriotas. Aldous se deslizó hacia mí desde la fresca penumbra de la casa hasta asomarse al porche soleado. Parecía suspendido una fracción de pulgada por encima del suelo como una de las figuras alegóricas de Blake. Era muy alto. Su cabeza era colosal, estaba bellamente delineada y tenía una frente espléndida. La mirada de su ojo más sano era aguzada y penetrante, pero parecía enfocada un poco por encima y por debajo de mí. Su apretón de manos fue precario e incierto, como si no le sedujera la costumbre, y en verdad no lo seducía, porque las personas de piel fina, de contextura ligera, delgadas, que Sheldon llama cerebrotónicas, no disfrutan mucho del contacto físico. Su voz era clara y estaba hermosamente modulada, con un timbre agudo, casi de trino, del cual tomé plena conciencia pocos días más tarde en el congreso de la A.P.A. Nos hallábamos en el vestíbulo, junto al salón de sesiones, cuando la voz de Aldous cortó el bullicio como la hoja de un cuchillo: «Pero Humphry, es increíble que en un país marxista como este…». Corría el año 1953, en el apogeo de la era de McCarthy. «Marxista» era una palabra diabólica en la ciudad de Los Ángeles.

Lo que me impresionó desde el principio y siguió impresionándome durante los años de nuestra amistad fue la bondad y la tolerancia de este hombre, cuyos escritos me habían hecho suponer a veces que sería un individuo desencantado, cínico e incluso salvaje. Tardé un tiempo en entender que Bertie era Bertrand Russell, que Tom Eliot era T. S. Eliot, y que Lawrence era, por supuesto, D. H. María me contó que cuando ella estaba mecanografiando el manuscrito de Lady Chatterley, Lawrence se le acercó un día desolado y avergonzado. Espetó: «María, nunca debes volver a usar esa palabra». María le preguntó cuál podía ser la palabra prohibida, y Lawrence pronunció de mala gana la procacidad ahora tan corriente. «Pero Lawrence —protestó ella—, si la usas constantemente en Lady Chatterley. Además es una palabra muy buena». Lawrence explicó afablemente que ella no debería volver a usarla porque «le chocaría a Aldous. No es en absoluto una buena palabra, y de todas maneras nunca serviría para nada». María se quedó perpleja porque la palabra no parecía molestar ni remotamente a Aldous, pero puesto que era evidente que sí disgustaba a Lawrence, cesó de emplearla. Ambos siempre hablaban muy afectuosamente de Lawrence. Yo había previsto que Aldous sería una persona bien informada, pero desde el primer encuentro hasta el último que tuvimos en Estocolmo el año pasado, nunca dejé de asombrarme y deleitarme con la envergadura, la audacia, la flexibilidad y la cabal jovialidad de su espléndida inteligencia. Cuando estaba a gusto, descerrajaba ideas con la misma gracia, la misma elegancia y el mismo sentido del humor con que un delfín amaestrado juega con una pelota. Ya estuviéramos en un congreso científico, en una gira turística por Nueva York, visitando el inmenso cementerio de Forest Lawn, caminando por el parque de Surrey que a él le encantaba tanto, rodando por el desierto de Mohave, marchando rumbo al Athenaeum donde, como él decía, «apenas puedes oír tus propios pensamientos entre el chirrido de las hachas políticas, académicas y eclesiásticas que se afilan allí para cortar cabezas», o de compras en Ohrbach’s, Aldous no dejaba de discutir cuestiones tanto serias como triviales con su inmensa reserva de conocimientos expertos. Era un enamorado de los chismes interesantes sobre toda clase de temas: el último descubrimiento científico, los principios teológicos, libros, pinturas, nuevos adelantos en la purificación de aguas residuales, utopías, el sistema de suministro de agua de Los Ángeles (uno de sus temas favoritos), el efecto de la ropa producida en masa sobre los sistemas sociales y políticos, la parapsicología o el futuro de las megápolis… siempre que le dieran la oportunidad de reflexionar y formular comentarios sobre la naturaleza infinitamente extraña de la vida. Aunque estaba muy bien informado siempre aprendía más, y el mejor tributo que uno podía obtener de él era su regocijado: «¡Pero si es increíble!».

Quienes no lo conocían, o no estaban muy familiarizados con el tema específico que discutía, podían caer en el error de suponer que sus conocimientos eran superficiales, porque lucía su gran sabiduría con desparpajo y nunca era pomposo. Se veía a sí mismo como un hombre culto que hacía todo lo posible por estar al día con su tiempo, y le parecía natural proceder así. Creo que tenía plena conciencia de que era inmensamente inteligente y de que estaba muy bien dotado, pero no consideraba que este fuera un motivo de vanidad o engreimiento. De lo que sí estaba orgulloso era de poder ganarse la vida con la pluma: disfrutaba de su profesión y sentía por ella un cariño y un interés de artesano. Se veía a sí mismo como un escritor que debía estar en condiciones de comunicarse con toda clase de personas, y no sólo con los sofisticados o los eruditos. Nunca pensaba que pudiera menoscabarlo el hecho de escribir para el cine o para revistas populares. En una oportunidad planeó convertir Brave New World en una comedia musical porque le pareció que así divulgaría mejor sus ideas. Escribía para Playboy y para Daedalus, para Life y para Encounter, y opinaba que todas estas revistas eran canales igualmente aceptables para comunicarse con la gente. Les escribía a hombres y mujeres interesantes de todo el mundo y le gustaba reunirse con ellos, y parecía estar igualmente cómodo con sabios, científicos, millonarios, gurúes, dramaturgos y administradores, así como con las personas más chifladas y extravagantes. Y todos parecían disfrutar inmensamente de su inteligencia crítica, objetiva, sagaz, y al mismo tiempo bondadosa y entusiasta.

Aldous me acompañó a una de las principales sesiones del congreso. Asistió a ella con la mayor atención, y se persignaba devotamente cada vez que alguien mencionaba el nombre de Freud. En Brave New World el Salvador se llamaba «Nuestro Ford» o, como algunas personas preferían designarlo, por una razón ignorada, «Nuestro Freud». Esa era una congregación que incluía a muchos freudianos creyentes, así que Aldous tenía en qué entretenerse. Afortunadamente mis colegas psiquiatras estaban tan absortos en los ensalmos que nadie se fijó en él. Cuando concluyó el congreso, afloró la mescalina, porque yo había confesado que tenía una dosis en mi poder. Maria me aseguró que Aldous estaba ansioso por ingerirla, pues había adivinado correctamente que «los dos ingleses» habíamos eludido el tema. El médico de la familia no había puesto objeciones. Aldous no tenía dolencias hepáticas. No obstante los comentarios que oí alguna vez sobre las «infortunadas propensiones místicas de sus últimos años», me pareció, tanto entonces como posteriormente, lúcido, realista y atinado. Pero por supuesto, aunque existan ideas generalizadas en sentido contrario, la historia del misticismo concierne a muchos individuos prácticos, perspicaces y socialmente útiles.

Aldous se había agenciado un dictáfono para esa ocasión. No encontré una forma decorosa de zafarme y acordamos realizar el experimento. Pasé una noche intranquila. A la mañana siguiente, mientras agitaba el agua y observaba cómo los cristales de mescalina de color blanco plateado giraban y se disolvían con un ligero rastro aceitoso, me pregunté si la dosis sería suficiente o excesiva. Esa era una deliciosa mañana de mayo, en Hollywood, sin un atisbo de smog que hiciera arder los ojos, y no demasiado calurosa. Sin embargo estaba intranquilo. Aldous y Maria se afligirían si no surtía efecto, ¿pero y si lo surtía en exceso? ¿Debería reducir la dosis a la mitad? El entorno difícilmente podría haber sido mejor, Aldous parecía un sujeto ideal, Maria era eminentemente sensata y todos habíamos congeniado, pero no me complacía la posibilidad, por muy remota que esta fuera, de convertirme en el hombre que había hecho enloquecer a Aldous Huxley. Mis temores resultaron ser infundados. La substancia química amarga no actuó tan rápidamente como Aldous había esperado con bastante impaciencia. Disolvió gradualmente la pátina del pensamiento conceptual; las puertas de la percepción se limpiaron, y Aldous percibió las cosas con menos interferencias de su inmenso cerebro racionalizador. Al cabo de dos horas y media noté que surtía efecto, y al cabo de tres comprendí que todo marcharía bien. Aldous y María quedaron muy complacidos. Yo también, y a mi complacencia se sumó una gran sensación de alivio.

Tres días más tarde volví en avión a Canadá, donde encontré las praderas azotadas por una ventisca tardía. Había disfrutado mucho y esperaba ansiosamente el informe de Aldous, que este desarrolló en un libro famoso: The Doors of Perception. A partir de entonces continuamos viéndonos por lo menos una vez por año, y siempre nos escribíamos. Ahora tengo a mi lado su última carta, fechada el 15 de octubre de 1963. Discutía el esquema de un estudio sobre el potencial humano en el cual trabajábamos conjuntamente. Es típica de él… «Pero como me parezco al viejo de las Termopilas que nunca hace nada correctamente, no encuentro el duplicado». La carta concluye así: «Siento que nunca volveré a servir para nada, pero espero y pienso que esta situación pasará a su debido tiempo (claro que pasará: este es el único refrán que vale para todas las situaciones humanas, tanto buenas como malas)».

Aldous estaba muy interesado en la relación entre el aspecto físico y el temperamento y era íntimo amigo del doctor William Sheldon, uno de los notables pioneros de esta especialidad. Por su intermedio conocí a Sheldon, quien me dijo que Aldous era una de las poquísimas personas que entendían realmente cuál era su meta. En una de nuestras expediciones a Ohrbach’s, en Los Ángeles, adonde habíamos ido de compras, Aldous me inició en el arte de la tipificación somática en la escalera mecánica. Las personas montadas en las escaleras mecánicas se comportan con naturalidad, no imaginan que las observan y están distendidas. Mientras nos cruzábamos con ellas, Aldous exclamaba, por ejemplo: «Humphry, ¿has visto a esa mujer maravillosamente somatotónica, con rasgos aztecas?». Él mismo ilustró las limitaciones que la contextura impone incluso a la imaginación más viva cuando comentó: «Sabes, no puedo imaginar cómo sería ser Joe Louis». Yo había supuesto que con su profunda comprensión del temperamento no le habría resultado muy difícil entrar en el mundo del gran boxeador. Este es un mundo en el cual todo gira alrededor de esos pocos momentos muy rituales e intemporales que transcurren en el ring, momentos de autenticidad para los que vive un gran pugilista y durante los cuales está realmente vivo. Pero a Aldous, de esqueleto ligero, músculos magros, lineal, delgado y cerebrotónico, le parecía incomprensible que alguien pudiera complacerse en presenciar ese combate donde se quebrantaban los huesos y se machacaban los sesos, con impactos lacerantes de cuerpos, o que pudiera complacerse participando en él.

Maria falleció no mucho después de mi segunda visita a Los Ángeles. Como sabía que le quedaba poco tiempo de vida, me explicó que estaba muy preocupada por Aldous. Pero este demostró estar mejor pertrechado y ser más adaptable de lo que ella y la mayoría de sus amigos habían previsto.

Me presentó a muchas personas a las que creía que les interesaría nuestro trabajo, y dichas presentaciones dieron muchos frutos. Por ejemplo, la de la señora Eileen Garrett[4] ha desembocado en diversos estudios que asocian la parapsicología con la psicofarmacología. Y de esto surgieron a su vez excitantes novedades en el campo de la hipnosis, tema favorito de Aldous. Y con su hermano Julian[5], mi colega el profesor Abram Hoffer y yo hemos estado explorando algunas de las ventajas genéticas de la condición esquizofrénica. En nuestro trabajo con substancias psicodélicas (las que manifiestan la mente o revelan la mente), Aldous postulaba una cautelosa audacia, y aconsejaba a los exploradores que hicieran el bien sigilosamente y que evitaran la publicidad. Infortunadamente estos no siempre siguieron sus consejos.

Cuando nos encontrábamos en Nueva York, Aldous casi siempre se precipitaba dentro de una galería y revoloteaba de cuadro en cuadro. Los escudriñaba a través de su lupa y siempre descubría cosas que yo, con mucho mejor vista, nunca había observado.

Fue mientras escribía Island cuando me enteré de que padecía el cáncer que habría de matarlo. Fue el día de las elecciones presidenciales, en noviembre de 1960, y yo había volado para visitarlo en Cambridge, Massachusetts, donde estaba disertando. Lo encontré demacrado, cansado y pálido. Me dijo que tenía un cáncer en la lengua, pero que su médico alimentaba muchas esperanzas de que respondiera a un tratamiento con agujas de radio. Había pensado operarse, pero cuando se enteró de que esto le dificultaría casi con seguridad el habla, desistió. Me pidió que no lo comentara con otros miembros de su familia porque se preocuparían y esto no lo ayudaría. Después desechó el tema y me leyó el capítulo de Island dedicado a la medicina Moksha, al empleo de las substancias psicodélicas con el fin de ayudar a la gente a prepararse para el cambio en un mundo en vías de transformación, y de enseñarles la forma de aprender a cambiar para bien y la forma de prepararse para morir. Está abarrotado de sus mejores ideas, que recompensarán un estudio y una consideración esmerados y que aún no han sido cabalmente valoradas.

A comienzos de 1961, él y Laura perdieron su nuevo hogar en un feroz incendio forestal, y se quemaron todos sus bienes, incluidos libros y papeles. Esa fue una especie de muerte, un despojo total. Como él habría de decir más tarde: «Lo tomé como un signo de que la parca torva me estaba inspeccionando con detenimiento». Sin embargo también capeó este temporal, y durante sus visitas de 1961 y 1962 a Inglaterra, aunque estaba flaco como una estaca, hasta el punto de que parecía que se lo llevaría el viento, se mostró maravillosamente animado.

Apenas un año antes de morir se detuvo frente a la casa donde había nacido en Charterhouse School, en Surrey, y lo conmovió y sorprendió que el nuevo propietario lo reconociera y lo invitara a entrar. Le resultaba difícil ser una figura pública y tomarse en serio como un gran hombre. Me dijo que los panegíricos lo ponían incómodo, porque le inspiraban ganas de reírse o de mirar en torno para vislumbrar al admirable destinatario de tan elogiosos discursos. Sin embargo, disfrutó de la recepción que le tributaron en Río de Janeiro, donde durante todos los días de su estancia un periódico publicó una columna titulada O sabio. «Este es el único país del mundo donde alguien desea leer diariamente la opinión de un literato sobre las cosas en general». En tanto que Brasilia le pareció cansadora y un poco inhumana, el punto culminante de su visita fue el vuelo Amazonas arriba, para ver a una tribu de indios de la Edad de Piedra. Le dio la bienvenida uno de los estupendos antropólogos del Servicio Indígena, quien al oír el nombre Huxley preguntó: «¿Sir Julian?», y cuando le contestaron: «No, Aldous», prorrumpió en lágrimas de júbilo. Creo que nunca le rindieron un tributo que valorara más que este.

La última vez que visitó la Academia Mundial de Estocolmo, en agosto, estaba pálido y traslúcido, e incluso había dudado si podría concurrir. El cáncer había reaparecido pero había sido derrotado nuevamente por el momento. Sin embargo Aldous se esforzaba fervientemente por persuadir a los miembros de la Academia de que había que estudiar el potencial humano. Cuando lo logró, se abocó a la preparación de un plan. Yo lo acompañé mientras lo completaba en su habitación del hotel. Estaba absorto en su trabajo. Al contemplarlo, intuí que quizá nunca volvería a verlo, y por ello tomé algunas fotos del maestro artesano en plena faena. Porque nunca lograba ese estilo coloquial engañosamente desenvuelto sin muchas revisiones escrupulosas. Me explicó que no le resultaba más fácil escribir ahora que veinticinco años atrás. No conocía atajos para escribir bien, como no fuera reescribiendo reiteradamente. Cuando nos separamos yo estaba inquieto, pero procuré ocultar mis malos presentimientos. Aldous debía visitarme en Princeton, en octubre, y sólo faltaban dos meses. Y durante los últimos minutos que pasamos juntos, discutimos quiénes deberían ser invitados a colaborar en la nueva obra. Pero cuando llegó octubre, estaba demasiado enfermo para viajar. Se había agotado el tiempo ganado mediante el tratamiento con rayos X, y pronto mi querido amigo, el sabio y afable trifibio —pues esta era su propia definición del hombre— dejó de existir.

Capítulo 9

1953
Cartas

El siguiente grupo de cartas escritas después del primer experimento de Huxley con mescalina demuestran su considerable entusiasmo («sin duda la experiencia más extraordinaria y significativa antes de llegar a la Visión Beatífica») y su creciente interés por las áreas de la parapsicología, la enfermedad mental, la experiencia visionaria y la política de la investigación de drogas. El largo ensayo al que se refiere es, desde luego, The Doors of Perception, que escribió durante los meses de verano, después de haber realizado un largo viaje en automóvil por el oeste de los Estados Unidos.

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 623]

740 N. Kings Rd.,
Los Ángeles 46, California.
21 de junio de 1953

Estimado Humphry:
Nuestro viaje terminó apenas ayer. Esto explica la larga demora en contestar tu carta. Claro que hablaré con Hutchins acerca de tu proyecto cuando se presente la oportunidad apropiada. Mientras tanto creo que sería bueno que describas en un par de páginas mecanografiadas la naturaleza de este. Menciona la importancia potencial de los estudios sobre mescalina desde un punto de vista puramente médico[7], y después pasa a su importancia en los campos más generalizados de la psicología, la filosofía, la teoría del conocimiento. Subraya que los materiales disponibles aún son ridículamente exiguos, y que se necesitan muchos más casos para determinar cómo reaccionan ante la droga personas de diferentes contexturas y temperamentos. P. ej., si la reacción de los visualizadores de Galton es distinta de la de los no visualizadores. (Estoy seguro de que debe ser distinta. Yo soy un no visualizador y capté muy pocas imágenes. Sin embargo muchos de los que han ingerido la substancia hablan de visiones). Además, ¿existe una diferencia marcada entre las reacciones medias de los cerebrotónicos, viscerotónicos y somatotónicos extremos? ¿Las personas con marcadas dotes musicales tienen una contrapartida auditiva de las visiones y transfiguraciones del mundo exterior que experimentan los demás? ¿Cómo afecta la substancia a los matemáticos puros y los filósofos profesionales? (Sería interesante probarla en un positivista lógico. ¿Acaso este, como Tomás de Aquino en las postrimerías de su vida, cuando le fue concedida una experiencia de «contemplación inspirada», dirá que toda su filosofía era paja y polvo, y se negará a continuar su lucubración intelectual?). Armado con este resumen del proyecto, y también con mi propio ensayo sobre el tema [The Doors of Perception] (que promete convertirse en un trabajo de largo aliento, dada la cantidad de interrogantes que plantea, y los distintos tipos de luz que proyecta, en tantas disciplinas), entrevistaré a Hutchins y procuraré despertar su interés. Creo que es muy probable que él mismo quiera probar la substancia, y puesto que hay varias personas de diversas idiosincrasias que han expresado, o ciertamente expresarán, el deseo de intentar el experimento, ¿no será posible que tomes recaudos para venir tú, o para que venga John Smythies, más adelante, por unos pocos días, con el fin de realizar la investigación? Las partes interesadas podrían sufragar los gastos de viaje, y podríais alojaros en nuestra casa, o en casa de Hutchins o de algún otro si fuera necesario ir a Pasadena para entrar en contacto con la Fundación Ford o con los físicos del Caltech. Dime si la idea te parece viable y empezaré a preparar el terreno. Mientras tanto envíame tu resumen. Cuando mi ensayo esté terminado te lo mandaré.

Maria también os envía sus mejores deseos a ti y a tu familia.

Tuyo,
Aldous H.

A HAROLD RAYMOND [SMITH 632]

740 North Kings Rd.
Los Ángeles 46, Cal.
21 de junio de 1953

Mi estimado Harold:
Regresamos ayer de una gira de tres semanas por el Noroeste y encontramos tu carta sobre Penguin. Tiendo a coincidir contigo en que esta es una buena jugada, así que resolveremos llevarla adelante.

El volumen de ensayos en el que he estado trabajando esporádicamente desde hace un tiempo marcha bastante bien, y espero tener lista la colección completa en otoño. Ahora me ocupo de lo que promete convertirse en un ensayo muy extenso sobre una experiencia con mescalina, que realicé en el pasado mes de mayo, cuando vino a alojarse con nosotros un joven psiquiatra inglés excepcionalmente capaz, que ahora investiga el problema de la esquizofrenia junto con un equipo de jóvenes médicos y bioquímicos igualmente emprendedores, en Canadá. Probablemente has leído descripciones de experiencias con mescalina: la de Havelock Ellis, por ejemplo, o la de Weir Mitchell[9], y también ha habido muchas otras. Se trata sin duda alguna de la experiencia más extraordinaria y significativa que está al alcance de los seres humanos antes de llegar a la Visión Beatífica: postula una multitud de problemas filosóficos, y arroja intensa luz y plantea todo tipo de interrogantes en los campos de la estética, la religión, la teoría del conocimiento. Lo más extraordinario de la mescalina —el principio activo del cacto peyotl que utilizan los indios de América del Norte en sus ceremonias religiosas, y que ahora ha sido sintetizado— es que se trata de una substancia casi totalmente desprovista de efectos tóxicos. No produce resultados físicos desagradables, si se exceptúa una ligera sensación de mareo al principio; no reduce la capacidad intelectual; y no produce la menor resaca… sólo una transformación de la conciencia para que uno sepa exactamente a qué se refería Blake cuando dijo: «Si se limpiaran las puertas de la percepción todo aparecería tal como es: infinito y santo». El esquizofrénico alcanza ocasionalmente este tipo de conciencia, pero como empieza con miedo y como el hecho de ignorar cuándo y de qué manera emergerá de esta condición de conciencia modificada tiende a intensificar dicho miedo, sus experiencias más comunes son de Otro Mundo, que no está situado en el cielo sino en el infierno y el purgatorio. Estos jóvenes de Canadá están sobre la pista de algo inmensamente importante: un elemento bioquímico que contribuye a causar la esquizofrenia. La mescalina y la droga recientemente aislada, el ácido lisérgico, que surte el mismo efecto, están muy próximas, desde el punto de vista químico, a la adrenalina. Y uno de los productos derivados de la adrenalina, el adrenocromo, que puede aparecer en el organismo, está en condiciones de generar, cuando se lo aísla, experiencias muy afines a las que genera la mescalina. Así que quizá nos estamos acercando a un medio para curar o prevenir esta plaga moderna de gran envergadura. ¿Quién sabe? Nuestros cariños para ambos.

Tuyo,
Aldous

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 623]

740 N. Kings Rd.,
Los Ángeles 46, California.
31 de octubre de 1953

Estimado Humphry:
… Gracias por el ejemplar de Macleans. El artículo era muy interesante[10]. ¿El ácido lisérgico produce esos resultados aterradores? ¿O acaso le administrasteis a vuestro conejillo de Indias una dosis excesiva? ¿O, en cambio, el sujeto ya tenía una ligera neurosis que se magnificó hasta tornarse irreconocible? Cualquiera que sea la respuesta, lo que continúa siendo inexplicable es la naturaleza de estas visiones. ¿Quién inventa semejantes prodigios? ¿Y por qué el no-yo responsable de la invención pone el acento precisamente en estas cosas? Las joyas y las arquitecturas parecen ser casi específicas: un síntoma regular de la experiencia con mescalina. Me pregunto si esto tiene algo que ver con las fantasías de las Mil y Una Noches y de otros cuentos de hadas. Sin duda los palacios enjoyados son, en parte, una materialización de deseos: lo opuesto a la experiencia cotidiana. Pero también pueden ser auténticas choses vues, elementos del paisaje corriente de determinado tipo de personas. Sería interesante saber si los niños, que no saben nada de joyas, o los seres primitivos, para los cuales los diamantes, los rubíes, etcétera, carecen de sentido, verían algo semejante…

Tuyo,
Aldous

Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 5-6)

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Capítulo 5

1944
Una ausencia ilimitada

ALDOUS HUXLEY

La novela de Huxley Time Must Have a Stop contiene una descripción llamativa y profética de un estado post mórtem que se asemeja extraordinariamente a la aniquilación del Yo bajo la acción de una droga psicodélica entre moderada y fuerte.

Ya no sentía ningún dolor, ni la necesidad de jadear, y el suelo embaldosado del lavabo había dejado de ser frío y duro.

Todos los sonidos se habían extinguido y reinaba la oscuridad. Pero en medio del vacío y el silencio perduraba una especie de conocimiento, una vaga conciencia.

Conciencia no de un nombre o una persona, no de las cosas presentes, ni de los recuerdos del pasado, y ni siquiera del acá o el allá, porque no había lugar alguno, sino sólo una existencia cuya única dimensión consistía en este saber que no tenía propietario ni propiedades y que estaba solo.

La conciencia se conocía sólo a sí misma, y a sí misma sólo como ausencia de algo más.

El conocimiento se internaba en la ausencia que era su objeto. Se internaba en la oscuridad,
más y más. Se internaba en el silencio. Ilimitadamente. No había fronteras.

El conocimiento se conocía a sí mismo como una ausencia ilimitada dentro de otra ausencia ilimitada, que ni siquiera era consciente.

Era el conocimiento de una ausencia cada vez más total, de una privación cada vez más atroz. Y tenía conciencia con una especie de apetito creciente, pero un apetito de algo que no existía. Porque el conocimiento era sólo de ausencia, de ausencia pura y absoluta.

Era el conocimiento de una ausencia cada vez más total, de una privación cada vez más atroz. Y tenía conciencia con una especie de apetito creciente, pero un apetito de algo que no existía. Porque el conocimiento era sólo de ausencia, de ausencia pura y absoluta.

Una ausencia soportada durante lapsos cada vez más prolongados. Lapsos de desasosiego. Lapsos de hambre. Lapsos que se expandían progresivamente a medida que se agudizaba también progresivamente el frenesí de la insaciabilidad, lapsos que se prolongaban hasta convertirse en eternidades de desesperación.

Eternidades del conocimiento insaciable, desesperante, de la ausencia dentro de la ausencia, ubicua, sempiterna, en una existencia unidimensional…

Y entonces, repentinamente, afloraba otra dimensión, y lo eterno cesaba de ser eterno.

Aquella dimensión en que la conciencia de la ausencia se conocía a sí misma, aquella mediante la cual era incluida e impregnada, y dejaba de ser una ausencia para convertirse en la presencia de otra conciencia. La conciencia de la ausencia se sabía sabida.

En el oscuro silencio, en el vacío de toda sensación, algo empezaba a conocerla. Al principio muy débilmente, desde una distancia inconmensurable. Pero la presencia se aproximaba gradualmente. La tenuidad de ese otro conocimiento cobraba más brillo. Y de pronto la conciencia se había convertido en una conciencia de la luz. La luz del conocimiento mediante el cual era conocida.

La ansiedad encontraba alivio, el apetito encontraba satisfacción, en la conciencia de que había algo más que ausencia.

En lugar de privación existía esta luz. Existía este conocimiento de ser conocido. Y este conocimiento de ser conocido era un conocimiento satisfecho, incluso jubiloso.

En lugar de privación existía esta luz. Existía este conocimiento de ser conocido. Y este conocimiento de ser conocido era un conocimiento satisfecho, incluso jubiloso.

Sí, producía júbilo el hecho de ser conocido, de ser así abarcado dentro de una presencia rutilante, de estar así impregnado por una presencia rutilante.

Y como la conciencia estaba así abarcada por ella, impregnada por ella, se identificaba con ella. La conciencia no sólo era conocida por ella sino que también conocía con su conocimiento.

Conocía, no la ausencia, sino la luminosa negación de la ausencia, no la privación, la dicha.

El apetito perduraba. Apetito de conocer aun más una negación aun más total de la ausencia.

Apetito, pero también la satisfacción del apetito, también la dicha. Y luego, a medida que aumentaba la luminosidad, nuevamente apetito de satisfacciones más profundas, de una dicha más intensa.

Dicha y apetito, apetito y dicha. Y a lo largo de lapsos cada vez más prolongados la luz seguía refulgiendo de belleza en belleza. Y el júbilo de saber, el júbilo de ser sabido, aumentaba a medida que aumentaba esa belleza comprehensiva y compenetrante.

Más y más refulgente, a lo largo de lapsos sucesivos, que por fin se expandían en una eternidad de júbilo.

Una eternidad de conocimiento radiante, de dicha inmutable en su intensidad última. Por siempre jamás.

Pero lo inmutable empezaba a cambiar, gradualmente.

La luz brillaba más intensamente. La presencia se tornaba más apremiante. El conocimiento se hacía más exhaustivo y completo.

Bajo el impacto de esta intensificación, la jubilosa conciencia de ser sabido, la regocijada participación en este saber, quedaba prensada contra los límites de su dicha. Prensada con una presión creciente hasta que por fin los límites empezaban a ceder y la conciencia se encontraba más allá de estos, en otra existencia. Una existencia donde el conocimiento de estar abarcado dentro de una presencia rutilante se había convertido en el conocimiento de estar oprimido por un exceso de luz. Donde esta impregnación transfiguradora era captada como una fuerza desquiciante nacida de dentro. Donde el conocimiento era tan penetrantemente luminoso que la participación en él estaba fuera del alcance del participante.

La presencia se aproximaba, la luz se intensificaba.

Donde había habido dicha eterna había ahora un desasosiego inmensamente prolongado, un lapso de dolor inmensamente prolongado y, a medida que este aumentaba, lapsos cada vez más prolongados de angustia intolerable. La angustia de sentirse obligado, por participación, a saber más de lo que podía saber el participante. La angustia de ser triturado por la presión de un exceso de luz… triturado y reducido a condiciones de densidad y opacidad cada vez mayores. La angustia, simultáneamente, de ser quebrantado y pulverizado por el impulso de ese conocimiento impregnante nacido de dentro. Desintegrado en fragmentos cada vez más pequeños, en mero polvo, en átomos de mera inexistencia.

Y el conocimiento en el que había participación captaba como abominables este polvo y la siempre creciente naturaleza densa de esta opacidad. Los juzgaba y los encontraba repulsivos: la privación de toda belleza y realidad.

La presencia se aproximaba inexorablemente, la luz se intensificaba.

Y con cada aumento del apremio, con cada intensificación de este conocimiento invasor de fuera, de este brillo desquiciante que empujaba desde dentro, se multiplicaba el dolor, el polvo y la oscuridad compactada se tornaban más bochornosos, eran conocidos, por participación, como la más inmunda de las ausencias.

Vergonzosamente perenne en una eternidad de bochorno y dolor.

Pero la luz se intensificaba, se intensificaba torturantemente.

Toda la existencia era fulgor, toda excepto este pequeño coágulo de ausencia opaca, excepto estos átomos dispersos de una nada que, por conciencia directa, se conocía a sí misma como opaca e independiente, y que al mismo tiempo, merced a una desgarradora participación en la luz se conocía a sí misma como la más horrible y bochornosa de las privaciones.

Un brillo que trasciende los límites de lo posible, y luego aun más intenso, próximo a la incandescencia, presionando desde fuera, desintegrando desde dentro. Y al mismo tiempo este otro conocimiento, cada vez más penetrante y completo, a medida que la luz se intensificaba, de una coagulación y una desintegración que parecían gradualmente más bochornosas a medida que los lapsos se prolongaban interminablemente.

No había evasión, una eternidad en la que no había evasión. Y a lo largo de lapsos cada vez más prolongados, aunque cada vez más desacelerados, la refulgencia aumentaba de imposible en imposible, se aproximaba de manera más apremiante y torturante.

Repentinamente afloró un nuevo conocimiento contingente, una conciencia condicional de que, si no participaba en la refulgencia, la mitad del dolor desaparecería. Ya no percibiría la fealdad de esta privación coagulada o desintegrada. Sólo quedaría una autonomía opaca, que se sabría a sí misma distinta de la luz invasora.

Un polvo desdichado de nada, un pobre y diminuto coágulo inofensivo de simple privación, triturado desde fuera, disgregado desde dentro, pero que seguía resistiéndose, que seguía negándose, no obstante la angustia, a despojarse de su derecho a una existencia independiente.

Bruscamente, se produjo un nuevo y abrumador chispazo de participación en la luz, en la torturante conciencia de que no había tal derecho a la existencia independiente, de que esta ausencia coagulada y desintegrada era vergonzosa y debía ser negada, aniquilada… sometida implacablemente al fulgor de ese conocimiento invasor y totalmente destruida, disuelta en la belleza de esa incandescencia imposible.

Durante un lapso descomunal ambas conciencias parecieron quedar equilibradas: el conocimiento que se sabía independiente, que conocía su propio derecho a la independencia, y el conocimiento que conocía la naturaleza vergonzosa de la ausencia y la necesidad de que esta fuera dolorosamente aniquilada por la luz.

Parecieron quedar equilibradas, como si oscilaran sobre el filo de un cuchillo entre una magnitud imposible de belleza y una magnitud imposible de dolor y vergüenza, entre un apetito de opacidad e independencia y ausencia y un apetito de participación aun mayor en el brillo.

Y entonces, después de una eternidad, se produjo la renovación de ese conocimiento contingente y condicional: «Si no participaba en la refulgencia, si no participaba…».

Y de pronto ya no hubo participación alguna. Hubo un autoconocimiento del coágulo y del polvo desintegrado, y la luz que conocía estos elementos era otro conocimiento. Continuaba la invasión torturante desde dentro y desde fuera, pero ya no existía el bochorno, sino sólo una resistencia al ataque, una defensa de derechos.

El brillo empezó a perder gradualmente parte de su intensidad, a replegarse, por así decir, a hacerse menos apremiante. Y súbitamente se produjo una especie de eclipse. Algo se interpuso bruscamente entre la luz insufrible y la conciencia sufriente de la luz como una presencia ajena a esta privación coagulada y desintegrada. Algo que tenía la naturaleza de una imagen, algo que compartía un recuerdo.

Una imagen de cosas, un recuerdo de cosas. Cosas relacionadas con cosas de una manera bienaventuradamente familiar que aún no era posible captar con claridad.

Casi completamente eclipsada, la luz perduró, tenue e insignificante, sobre las fronteras de la conciencia. En el centro sólo había cosas.

Cosas aún no reconocidas, ni imaginadas o recordadas cabalmente, desprovistas de nombre e incluso de forma, pero categóricamente presentes, categóricamente opacas.

Y ahora que la luz se había eclipsado y no había participación, la opacidad ya no era vergonzosa. La densidad era dichosamente consciente de la densidad, la nada de la nada opaca. El conocimiento no era dichoso, pero sí era profundamente tranquilizador.

el conocimiento se aclaró gradualmente, y las cosas conocidas se tornaron más definidas y familiares. Más y más familiares, hasta que la conciencia flotó sobre el filo del  reconocimiento.

Aquí algo coagulado, aquí algo desintegrado. ¿Pero qué eran esas cosas? ¿Y qué eran esas opacidades correspondientes mediante las cuales se las conocía?

Hubo un prolongado lapso de incertidumbre, un largo, largo tanteo en un caos de posibilidades no manifestadas.

Entonces, bruscamente, fue Eustace Barnack quien tuvo conciencia. Sí, esa opacidad era Eustace Barnack, esa danza de polvo agitado era Eustace Barnack. Y el coágulo situado fuera de él, esa otra opacidad de la que tenía la imagen, era su cigarro. Recordaba su Romeo y Julieta tal como se había desintegrado en una nada azul entre sus dedos. Y con el recuerdo del cigarro vino el recuerdo de una frase: «Hacia atrás y hacia abajo». Y luego el recuerdo de la risa.

¿Palabras en qué contexto? ¿Risa a expensas de quién? No obtuvo respuesta. Sólo «hacia atrás y hacia abajo» y ese muñón de opacidad en vías de desintegrarse. «Hacia atrás y hacia abajo», y después la carcajada y la gloria súbita.

Muy lejos, más allá de la imagen de ese cilindro de tabaco marrón y baboseado, más allá de la repetición de esas cinco palabras y de la risa que las había acompañado, estaba latente el fulgor, como una amenaza. Pero en medio de su júbilo por haber recuperado esta memoria de las cosas, este conocimiento de un recuerdo de identidad, Eustace Barnack prácticamente había cesado de tener conciencia de su existencia.

Capítulo 6

1952
Trascendencia descendente

ALDOUS HUXLEY

En un epílogo a The Devils of Loudun [Los demonios de Loudun], su descripción histórica de un caso de histeria colectiva y exorcismo que tuvo por escenario un convento francés del siglo XVII, Huxley se basó en las ideas que Philippe de Felice había enunciado en Foules en Délire, Ecstases Collectives, a saber, que había tres tipos de trascendencia personal: descendente, ascendente y horizontal. El consumo de drogas, la sexualidad elemental y el envenenamiento del rebaño conducían a la primera categoría. Los métodos químicos de trascendencia personal sólo suministraban en el mejor de los casos una revelación momentánea y a un precio considerable. Sin embargo, después de consumir mescalina, escribió (a Osmond) sobre su convicción de que esta droga «se puede emplear para elevar la trascendencia personal horizontal que se desarrolla dentro de los grupos dirigidos a un fin… para que se convierta en trascendencia ascendente…».

Si no entendemos la necesidad de trascendencia personal profundamente arraigada en el hombre, su renuencia muy natural a encauzarse por el camino difícil, ascendente, y su búsqueda de alguna liberación ficticia ya sea por debajo o paralelamente a su personalidad, no podremos alimentar la esperanza de comprender nuestro propio período particular de la historia ni, en verdad, la historia en general, la vida tal como fue vivida antaño y es vivida actualmente. Por esta razón me propongo analizar algunos de los sucedáneos más comunes de la Gracia, dentro de los cuales y por cuyo intermedio los hombres y las mujeres han intentado evadirse de la torturante conciencia de ser sólo ellos mismos.

En Francia hay ahora más o menos un vendedor de alcohol por cada cien habitantes. En los Estados Unidos hay probablemente por lo menos un millón de alcohólicos desesperados, además de un número mucho mayor de grandes bebedores cuya enfermedad aún no se ha hecho mortal. Carecemos de datos precisos o estadísticos acerca del consumo de embriagantes en el pasado. En Europa occidental, entre los celtas y teutones, y durante la Edad Media y comienzos de la Moderna, la ingestión de alcohol probablemente era aun mayor que hoy. En las múltiples circunstancias en que nosotros bebemos té, café o gaseosas, nuestros antepasados se refrescaban con vino, cerveza, aguamiel y, en siglos posteriores, con ginebra, brandy y whisky. El consumo regular de agua era un castigo que se imponía a los malhechores, o que los religiosos aceptaban, junto con la ocasional dieta vegetariana, como una mortificación muy cruel. El hecho de no ingerir bebidas embriagantes era una excentricidad suficientemente llamativa como para inspirar comentarios y el empleo de un apodo más o menos despectivo. De ahí patronímicos tales como el italiano Bevilacqua, el francés Boileau y el inglés Drinkwater.

El alcohol no es más que una de las muchas drogas que utilizan los seres humanos para evadirse del yo aislado. Creo que no hay un solo narcótico, estimulante o alucinógeno natural cuyas propiedades no se conozcan desde tiempos inmemoriales. La investigación moderna nos ha aportado una multitud de flamantes productos sintéticos, pero por lo que atañe a los venenos naturales no ha hecho más que desarrollar mejores métodos para extraer, concentrar y recombinar los ya conocidos. Desde la amapola hasta el curare, desde la coca de los Andes hasta el cáñamo de la India y el agárico siberiano, todas las plantas y todos los arbustos u hongos capaces de adormecer o de excitar o de provocar visiones cuando se los ingiere, han sido descubiertos y empleados sistemáticamente desde hace mucho tiempo. Este hecho es curiosamente significativo, porque parece probar que, en todo tiempo y lugar, los seres humanos han experimentado la insuficiencia radical de su existencia personal, la desdicha de ser su yo aislado y no algo distinto, algo más vasto, algo, para decirlo con la frase de Wordsworth, «más profundamente fusionado». Evidentemente, al explorar el mundo circundante el hombre primitivo «lo probaba todo y se aferraba a lo bueno». Para los fines de la autoconservación lo bueno es todo fruto y hoja comestible, toda semilla, raíz y nuez sana. Pero en otro contexto —el contexto de la insatisfacción con uno mismo y del anhelo de trascendencia-de-sí —, lo bueno es todo elemento de la naturaleza mediante el cual se puede modificar la conciencia individual. Estos cambios inducidos por las drogas pueden ser patentemente perjudiciales, pueden producirse a costa del malestar presente y la adicción futura, la degeneración y la muerte prematura. Todo esto es secundario. Lo que importa es la conciencia, aunque sólo sea durante una o dos horas, aunque sólo sea durante pocos minutos, de ser alguien o, más a menudo, algo más que el yo aislado. «Vivo, pero no yo, sino que el vino o el opio o el peyotl o el hachís vive en mí». Trasponer los límites del yo aislado implica una liberación de tanta magnitud que, aunque la trascendencia-de-sí se logre mediante náuseas que transportan al frenesí, mediante calambres que generan alucinaciones y coma, los primitivos e incluso los muy civilizados han interpretado la experiencia inducida por las drogas como algo intrínsecamente divino. El éxtasis mediante la intoxicación continúa siendo un componente esencial de la religión de muchos pueblos africanos, sudamericanos y polinesios. Fue otrora, como lo demuestran claramente los documentos subsistentes, un componente no menos esencial de la religión de los celtas, los teutones, los griegos, los pueblos del Oriente Medio y los conquistadores arios de la India. No se trata sólo de que «la cerveza hace más que lo que puede hacer Milton para justificar ante el hombre los actos de Dios». La cerveza es el dios. Entre los celtas, Sabacis era el nombre divino adjudicado a la enajenación que se experimentaba al emborracharse mortalmente con cerveza. Más al sur, Dionisos era, entre otras cosas, la objetivación sobrenatural de los efectos psicofísicos del consumo excesivo de vino. En la mitología veda, Indra era el dios de esa droga ahora inidentificable que se llamaba soma. Un héroe, exterminador de dragones, era la proyección magnificada en el cielo de esa alteridad extraña y gloriosa que experimentan los embriagados. Identificado con la droga, se convierte, como Soma-Indra, en la fuente de inmortalidad, en el mediador entre lo humano y lo divino.

En los tiempos modernos ya no se venera oficialmente como dioses a la cerveza y otros atajos tóxicos para llegar a la trascendencia-de-sí. La teoría ha experimentado un cambio, pero no la práctica. Porque en la práctica, millones y millones de hombres y mujeres civilizados continúan rindiendo culto, no al Espíritu liberador y transfigurador, sino al alcohol, al hachís, al opio y a sus derivados, a los barbitúricos, y a los otros agregados sintéticos al secular catálogo de venenos capaces de provocar la trascendencia-desí. En todos los casos, desde luego, lo que parece un dios es en verdad un demonio, lo que parece una liberación es en realidad una esclavización. La trascendencia se produce invariablemente hacia abajo, en dirección a lo menos que humano, a lo más bajo que lo personal…

¿En qué medida, y en qué circunstancias, es posible que el hombre utilice el camino descendente para encauzarse hacia la trascendencia espiritual? A primera vista parecería obvio que el camino descendente no es ni puede ser nunca el camino ascendente. Pero en el ámbito de la existencia las cosas no son tan sencillas como en nuestro mundo de palabras, maravillosamente pulcro. En la vida real, a veces es posible convertir un movimiento descendente en el comienzo de un ascenso. Cuando se ha resquebrajado el caparazón del ego y empieza a aflorar una conciencia de la alteridad subliminal y fisiológica que subyace en la personalidad, a veces captamos una vislumbre, fugaz pero apocalíptica, de esa otra Alteridad, que es el Fundamento de todo ser. Mientras estamos encerrados en nuestra personalidad aislada, permanecemos ajenos a los diversos no-yo con los que estamos asociados: el no-yo orgánico, el noyo inconsciente, el no-yo colectivo del medio psíquico en el que todo nuestro pensamiento y nuestro sentimiento desarrollan su existencia, y el no-yo inmanente y trascendente del Espíritu. Cualquier evasión fuera de nuestra personalidad aislada, incluso mediante un camino descendente, permite tomar por lo menos una conciencia momentánea del no-yo en todos los niveles, incluso el más elevado. En su libro Varieties of Religious Experience, William James suministra ejemplos de «revelaciones anestésicas»[1] experimentadas después de la inhalación de gas hilarante. Los alcohólicos experimentan a veces teofanías análogas, y es probable que en el curso de la intoxicación con casi todas las drogas haya momentos en los cuales resulta fugazmente posible tomar conciencia de un no-yo superior al ego en vías de desintegración. Pero por estos chispazos ocasionales de revelación se pagan precios exorbitantes. El momento de conciencia espiritual del consumidor de droga (si en verdad se produce) deja paso inmediatamente al embotamiento subhumano, al frenesí o la alucinación, seguido por una resaca descorazonadora y, a la larga, por un deterioro permanente y fatal de la salud orgánica y de las facultades mentales. Muy de cuando en cuando una «revelación anestésica» solitaria puede actuar sobre su receptor, como cualquier otra teofanía, de manera tal que lo incita a realizar un esfuerzo de autotransformación y de trascendencia-de-sí en sentido ascendente. Pero el hecho de que esto ocurra esporádicamente nunca puede justificar el uso de métodos químicos de trascendencia personal. Este es un camino descendente y la mayoría de quienes lo sigandesembocarán en un estado de degradación, en el cual los períodos de éxtasis subhumano se alternarán con otros de personalidad consciente tan calamitosos que cualquier evasión —incluida la que lleva al suicidio lento de la drogadicción— parecerá preferible al hecho de ser persona.

Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 1-4)

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Capítulo 1

1931
Un Tratado sobre Drogas

ALDOUS HUXLEY

Phantastica, el trascendental estudio de Louis Lewin sobre psicofármacos utilizados en todo el mundo, hizo su aparición en idioma Inglés en 1931. En algún momento en ese año  -ya sea en Londres donde su primera obra El Mundo de la Luz fue producida, o en la Riviera francesa, donde estaba escribiendo Un Mundo Feliz– Aldous Huxley se encontró con este “tesoro de aspecto poco prometedor” y “lo leyó de principio a fin con un apasionado y creciente interés! Parece probable que el tratado de Lewin sirvió para presentar a Huxley la historia de las drogas y sus efectos, aunque pasarían 22 años antes de que él hiciera el primer experimento sobre sí mismo, con la mescalina -y rindió homenaje a Lewin en la primera línea del libro resultante de ese experimento. (No hay evidencia para apoyar la afirmación de Francis King de que Aleister Crowley introdujo a Huxley a la mescalina en Berlín durante la década de los 20.) El primer texto impreso de Huxley sobre el consumo de drogas toca temas que volvería a tocar una y otra vez en su obra posterior: el uso generalizado e intensivo de las fármacos, su importancia en la ceremonia religiosa, la predilección del hombre por las vacaciones ocasionales del mundo cotidiano, el problema de la adicción, el fracaso de la prohibición, y las drogas del futuro.

El otro día descubrí, polvoriento y olvidado en uno de los anaqueles superiores de la librería local, la obra portentosa de un farmacólogo alemán. El precio no era elevado: lo pagué y me llevé a casa el tesoro de aspecto poco prometedor. Se trataba de un volumen grueso, de contenido denso, y hasta cierto punto era un modelo de todo lo que no debe ser el estilo literario. En términos estrictos, un libro ilegible. Sin embargo, lo leí de punta a punta con apasionado y creciente interés. Porque este libro era una especie de enciclopedia de las drogas. El opio y sus derivados modernos, la morfina y la heroína; la cocaína y el peyotl mexicano; el hachís de la India y del Oriente Próximo; el agárico de Siberia; la kawa de Polinesia; el betel de las Indias Orientales; el ahora universal alcohol; el éter, el doral, el veronal del Occidente contemporáneo… no omitía nada. Cuando llegué a la última página, ya sabía algo acerca de la historia, la distribución geográfica, la forma de preparación y los efectos fisiológicos y psicológicos de todos los venenos deliciosos mediante los cuales los hombres han construido, en pleno mundo hostil, sus efímeros y precarios paraísos.

La historia del consumo de drogas constituye uno de los capítulos más curiosos y también, a mi juicio, más significativos de la historia natural de los seres humanos. Los hombres y mujeres han buscado —y hallado puntualmente— en todas partes y en todos los tiempos, los medios para tornarse unas vacaciones que los sacaran de la realidad de su existencia generalmente tediosa y a menudo muy desagradable. Unas vacaciones fuera del espacio, fuera del tiempo, en la eternidad del sueño o el éxtasis, en el cielo o el limbo de la fantasía visionaria. «En cualquier parte, en cualquier lugar situado fuera del mundo».

Es significativo que el consumo de drogas desempeñe un papel importante en casi todas las
religiones primitivas. Los persas y, antes que ellos, los griegos y probablemente los antiguos hindúes, utilizaban el alcohol para producir el éxtasis religioso; los mexicanos comían un cacto venenoso para procurarse la visión beatífica; un hongo llenaba de entusiasmo a los chamanes de Siberia y los dotaba del don de lenguas. Y así sucesivamente. Los ejercicios de devoción de los místicos posteriores están concebidos en su totalidad para producir por medios puramente psicológicos los efectos milagrosos de la droga. ¿Cuántas de las ideas corrientes sobre la eternidad, el cielo y los estados sobrenaturales son la consecuencia última de las experiencias de consumidores de droga?

El hombre primitivo exploraba con minuciosidad realmente asombrosa todas las vías farmacéuticas que permitían evadirse del mundo. Nuestros antepasados no dejaron prácticamente ningún estimulante, alucinógeno o estupefaciente natural sin descubrir. La necesidad es la madre de los inventos: el hombre primitivo, al igual que su descendiente civilizado, experimentaba una necesidad tan urgente de evadirse ocasionalmente de la realidad, que la invención de las drogas le fue en verdad impuesta.

Todas las drogas existentes son traicioneras y dañinas. El cielo en el cual introducen a sus víctimas no tarda en convertirse en un infierno de enfermedad y degradación moral. Matan primeramente el alma y después, al cabo de pocos años, el cuerpo. ¿Cuál es el remedio? «La prohibición», responden a coro todos los gobiernos contemporáneos. Pero los resultados de la prohibición no son alentadores. Los hombres y las mujeres experimentan una necesidad tan apremiante de tomarse vacaciones circunstanciales respecto de la realidad, que casi no repararán en medios para procurarse la vía de evasión. Lo único que justificaría la prohibición sería el éxito. Pero no tiene éxito y, dada la naturaleza de las cosas, tampoco puede tenerlo. La forma de evitar que la gente beba demasiado alcohol, o se haga adicta a la morfina o la cocaína, consiste en suministrarle un sustituto eficiente pero sano de estos venenos deliciosos y (en el actual mundo imperfecto) necesarios. El hombre que invente dicha substancia se contará entre los benefactores más insignes de la humanidad sufriente.

Capítulo 2

1931
Se busca: un nuevo placer

ALDOUS HUXLEY

En este breve ensayo, subsidiario a la confección de Brave New World, Huxley, que residía en la Riviera francesa y observaba las costumbres de una sociedad hedonista para la que el alcohol y la cocaína eran las drogas predilectas, asume un tono de ironía cuando describe una «droga celestial, transfiguradora del mundo» que tal vez crearían los científicos del futuro. La sensación más a fin a la experiencia de la droga es la emoción de la velocidad, que, por supuesto, no tiene nada que ver con una reacción análoga a la de las anfetaminas, sino literalmente con la rapidez.

La ciencia del siglo XIX descubrió la técnica del descubrimiento, y nuestra era es, por consiguiente, la de los inventos. Sí, la era de los inventos. Nunca nos cansamos de proclamarlo. La era de los inventos… y sin embargo nadie ha conseguido inventar un nuevo placer.

Tomé conciencia por primera vez de este hecho curioso y un poco descorazonador durante
una reciente visita a esa región que los anuncios de las agencias de viajes describen como el emporio específico del placer: la Riviera francesa. Desde la frontera italiana hasta las montañas de Esterel, sesenta kilómetros de costa del Mediterráneo han sido transformados en una vasta «colonia de placer». O, para ser más preciso, han sido transformados en un enorme suburbio disperso, el suburbio de toda Europa y de las dos Américas, salpicado de trecho en trecho por núcleos urbanos como Menton, Niza, Antibes, Cannes. Los franceses tienen el don de la elegancia, pero también tienen el de la fealdad. No hay en el mundo barrios tan espantosos como los que circundan a las ciudades francesas. La gran banlieue mediterránea de la Riviera no es una excepción a la regla. La sordidez caótica de este prolongado arrabal burgués es dichosamente única. Las ciudades son inmensamente superiores, desde luego, a los suburbios que las conectan. Una cierta grandiosidad agradable y absurdamente anticuada, cursi, adorna a Montecarlo; Niza es extensa, rutilante y vivaz; Cannes es adustamente pomposa y parece tener conciencia de su costosa elegancia. Y todas ellas están equipadas con el dispositivo más refinado y oneroso para suministrar placer a sus huéspedes.

Mientras me entretenía, o mejor dicho, mientras procuraba entretenerme en medio de este dispositivo, llegué a mi deprimente conclusión acerca de la ausencia de nuevos placeres. Recuerdo que la idea se me ocurrió en una triste noche de invierno, cuando salí del Restaurant des Ambassadeurs de Cannes y me encontré con uno de esos vientos ululantes, mitad alpinos y mitad marinos, que durante ciertos días transforman la Croisette y la Promenade des Anglais en una de las imitaciones más penosamente realistas de Cumbres Borrascosas. Comprendí repentinamente que, por lo que a placeres concierne, no estamos en mejores condiciones que los romanos o los egipcios. Desde el punto de vista de los placeres humanos, Galileo y Newton, Faraday y Clerk Maxwell han vivido en vano. Los grandes consorcios que controlan las industrias modernas del placer no pueden ofrecernos nada esencialmente distinto de las diversiones que los cónsules brindaban a los plebeyos romanos o que los alcahuetes de Trimalción montaban para los ricos aburridos y decadentes en la era de Nerón. Y esto es cierto a pesar de los cines, las películas sonoras, el gramófono, la radio y todos los elementos similares destinados al entretenimiento de la humanidad. Es cierto que estos artilugios son todos esencialmente modernos: antes no existió nada parecido. Pero no porque los artilugios sean modernos los entretenimientos que estos reproducen y propalan también habrán de serlo. No lo son. Lo único que consiguen estos nuevos medios es hacer accesibles a un público más numeroso los dramas, las pantomimas y la música que desde tiempos inmemoriales han distraído los ocios de la humanidad.

Los entretenimientos reproducidos por medios mecánicos son económicos y por tanto no los promueven en los centros de placer que, como los de la Riviera, existen con el único fin de aligerar a los viajeros de la máxima cantidad de dinero en un lapso mínimo. Así que en estos lugares los dramas, las pantomimas y la música los dispensan en la forma original, como se los suministraban a nuestros antepasados, sin la intervención de intermediarios mecánicos. Los otros placeres de estos lugares de turismo no son menos tradicionales. Se come y se bebe en exceso; se contemplan bailarinas y acróbatas parcial o totalmente desnudos con la esperanza de estimular el apetito sexual estragado; se baila; se juega y se mira jugar, juegos preferentemente un poco sanguinarios y feroces; se matan animales… estos han sido siempre los deportes de los ricos y, cuando se les presentaba la oportunidad, también de los pobres. No menos tradicional es esa otra diversión tan típica de la Riviera: el juego de azar. El juego de azar debe de ser por lo menos tan antiguo como el dinero. Mucho más antiguo, imagino… tanto como la naturaleza humana misma, o por lo menos tanto como el aburrimiento, tanto como el anhelo de excitación artificial y emociones ficticias.

Oficialmente, esto completa la lista de placeres que suministran las industrias del entretenimiento de la Riviera. Pero no hay que olvidar que, para quienes pagan por ellos, todos estos placeres están situados, por así decir, en un determinado campo emocional: en el complejo placer-dolor del esnobismo. El hecho de poder pagar la entrada a lugares de entretenimiento «reservados» (y generalmente esto significa costosos) produce a la mayoría de las personas una satisfacción considerable. Les complace pensar en el rebaño pobre y vulgar que se agolpa fuera, así como, según Tertuliano y muchos otros Padres de la Iglesia, los Bienaventurados disfrutan contemplando, desde los balcones del Cielo, las convulsiones de los Malditos en el foso inferior. Les gusta sentir, con cierto engreimiento, que están sentados entre los elegidos, o que ellos mismos son los elegidos, cuyos nombres figuran en las columnas de sociedad de la edición del Daily Mail para el continente europeo, o en la edición de París del New York Herald. Claro que a menudo el esnobismo es la fuente de un dolor desgarrante. Pero no es menos la fuente de placeres exquisitos. Estos placeres, repito, son dispensados con prodigalidad en todos los centros de turismo y constituyen una especie de telón de fondo para todos los otros goces.

Ahora bien, todos estos placeres de los emporios-de-placeres, incluidos los del esnobismo, tienen una antigüedad inmemorial: son, en el mejor de los casos, variaciones de temas tradicionales. Vivimos en la era de los inventos, pero los descubridores profesionales han sido incapaces de idear un sistema totalmente nuevo para estimular nuestros sentidos de modo placentero o para generar reacciones emocionales agradables.

Pero esto, continué reflexionando, mientras me debatía contra el vendaval que soplaba en dirección contraria por la Croisette, esto no es, al fin y al cabo, tan sorprendente. Nuestra estructura fisiológica sigue siendo muy parecida a como era hace diez mil años. Es cierto que se han producido cambios considerables en nuestra conciencia. Obviamente, en ningún momento se realizan simultáneamente todas las posibilidades de la psique humana. La historia es, entre otras muchas cosas, la crónica de la actualización, la preterición y la reactualización sucesivas en otro contexto de diferentes conjuntos de estas posibilidades casi indefinidamente múltiples. Pero a pesar de estos cambios (que reciben habitual e incorrectamente el nombre de evolución psíquica), los simples sentimientos instintivos a los que apelan los proveedores de placer, que también apelan a los sentidos, se han mantenido notablemente estables. La función de los mercaderes de placer consiste en suministrar una especie de Mayor Común Denominador del entretenimiento que satisfaga a grandes cantidades de hombres y mujeres, independientemente de su idiosincrasia psicológica. Es evidente que semejante entretenimiento debe estar muy desprovisto de especialización. Debe ejercer su atracción sobre las características humanas compartidas más simples, sobre las bases fisiológicas y psicológicas de la personalidad y no sobre la personalidad misma. Ahora bien, el número de invocaciones que se pueden dirigir a las que me atrevería a llamar las Grandes Impersonalidades comunes a todos los seres humanos es
estrictamente limitado… tan estrictamente limitado que, como se ve, hasta ahora nuestros inventores han sido incapaces de idear otras nuevas. (Existe un ejemplo dudoso de nuevo placer. Más adelante me referiré a él). Aún nos conformamos con los placeres que seducían a nuestros antepasados de la Edad de Bronce. (Digamos al pasar que hay excelentes motivos para pensar que nuestras diversiones son intrínsecamente inferiores a las de la Edad de Bronce. Los placeres modernos son íntegramente seculares y están desprovistos de una mínima trascendencia cósmica, en tanto que los entretenimientos de la Edad de Bronce eran en su mayoría ritos religiosos, y quienes participaban en ellos los consideraban pletóricos de significados importantes).

Por lo que veo, el único nuevo placer posible sería el derivado de la invención de una nueva droga, de un sucedáneo del alcohol y la cocaína, más eficaz y menos dañino. Si yo fuera millonario, financiaría a un equipo de investigadores para que buscaran el embriagante ideal. Si pudiéramos aspirar o ingerir algo que aboliera diariamente nuestra soledad individual durante cinco o seis horas, algo que nos reconciliara con nuestros semejantes en una ardiente exaltación de afecto y que hiciera que la vida nos pareciera no sólo digna de ser vivida en todos sus aspectos, sino divinamente bella y trascendente, y si esta droga celestial, transfiguradora del mundo, fuera de naturaleza tal que a la mañana siguiente pudiéramos despertarnos con la cabeza despejada y el organismo indemne… entonces, creo, todos nuestros problemas (y no sólo el problema minúsculo de descubrir un placer novedoso) quedarían totalmente resueltos y la tierra se convertiría en un paraíso.

Lo más parecido a esta nueva droga —¡y qué inmensamente lejos está del embriagante ideal!— es la droga de la velocidad. La velocidad, me parece, suministra el único placer auténticamente moderno. Es cierto que los hombres siempre han disfrutado con la velocidad, pero su goce ha estado constreñido, hasta hace muy poco tiempo, por la capacidad del caballo, cuya velocidad máxima no es muy superior a los cuarenta y cinco kilómetros por hora. Ahora bien, cuarenta y cinco kilómetros por hora sobre un caballo parecen mucho más veloces que noventa kilómetros por hora en un tren o ciento cincuenta en un avión. El tren es tan grande y estable, y el avión está tan lejos del entorno estacionario, que los pasajeros no experimentan una sensación muy intensa de velocidad. El automóvil es suficientemente pequeño y está suficientemente cerca del suelo como para poder competir, en su condición de abastecedor de velocidad embriagante, con el caballo lanzado al galope. Los efectos embriagantes de la velocidad se notan, a caballo, a unos treinta kilómetros por hora, y en auto a unos noventa. Cuando el coche ha pasado los ciento diez, más o menos, uno empieza a experimentar una sensación sin precedentes… una  sensación que ningún hombre experimentó jamás en los tiempos de los caballos. Y que se intensifica a medida que aumenta la velocidad. Yo, personalmente, nunca he viajado a mucho más de ciento veinte kilómetros por hora en un auto, pero quienes han bebido una concentración más fuerte de este extraño brebaje intoxicante me informan que al que tiene la oportunidad de trasponer el límite de los ciento cincuenta le aguardan nuevas maravillas. Ignoro a qué altura el placer se trueca en dolor. De todas maneras, es mucho antes de llegar a los promedios fantásticos de Daytona. Trescientos kilómetros por hora deben de ser una absoluta tortura.

Pero en esto, desde luego, la velocidad se parece a todos los otros placeres. Exagerados, se convierten en su opuesto. Cada placer específico tiene su correspondiente dolor, hastío o disgusto específico. Supongo que el engorro que neutraliza el placer excesivo de la velocidad debe de ser una horrible combinación de malestar físico agudo y miedo intenso. No, probablemente lo más aconsejable será que quien tenga propensión a los excesos opte por algo anticuado e incurra en la gula.

Capítulo 3

1932
Soma

ALDOUS HUXLEY

En su novela futurista Brave New World una así llamada «droga perfecta» es elaborada
comercialmente y distribuida en gran escala. Huxley la llamó soma en homenaje a la droga más antigua de la que se tiene noticia, citada en el Rig-Veda, antigua escritura hindú, donde se la considera una bebida embriagante: «un brebaje alcohólico muy fuerte… obtenido mediante la fermentación de una planta y venerado como la planta misma» (Lewin: Phantastica, pág. 161). Más tarde R. G. Wasson intentó demostrar que en la fermentación del soma se empleaba el hongo psicoactivo Amanita muscaria. En una entrevista concedida en 1960, Huxley describió el soma de su novela como «una droga imaginaria», que no tenía ninguna semejanza con la mescalina ni la LSD, «con tres efectos diferentes: euforizantes, alucinógenos o sedantes… una combinación imposible».

—Ahora tenemos el Estado Mundial. Y los festejos del Día de Ford, los Cánticos Comunitarios y los Ritos de solidaridad. «¡Ford, cómo los odio!», pensaba Bernard Marx. —Había algo llamado Cielo, pero igualmente acostumbraban a beber cantidades enormes de
alcohol. «Como si fuera carne, como si fuera un trozo de carne».
—Había algo llamado alma y algo llamado inmortalidad. «Pregúntale a Henry dónde lo consiguió».
—Pero acostumbraban a consumir morfina y cocaína.
«Y lo que es peor, ella se ve a sí misma como si fuera un trozo de carne».
—En el año 178 d.F. subsidiaron a dos mil farmacólogos y bioquímicos.
—Parece malhumorado —comentó el Subdirector de Predestinación, señalando a Bernard Marx.
—Seis años más tarde la producían comercialmente. La droga perfecta.
—Vamos a provocarlo.
—Eufórica, narcótica, agradablemente alucinante.
—Siempre de mal humor, Marx, siempre de mal humor. —La palmada en el hombro lo
sobresaltó y le hizo levantar la vista. Era ese bruto de Henry Foster—. Lo que necesitas es un gramo de soma.
—Todas las virtudes del cristianismo y del alcohol, y ninguno de sus defectos. «¡Oh, Ford, me gustaría matarlo!».
Pero se limitó a decir:
—No, gracias —y rechazó el tubo de tabletas que le tendía.
—La estabilidad estaba prácticamente asegurada.
—Un centímetro cúbico cura diez sentimientos lúgubres —dijo el Subdirector de Predestinación, citando una fórmula de sabiduría hipnopédica elemental.
—Sólo faltaba vencer la vejez.
—¡Malditos, malditos! —vociferó Bernard Marx.— Qué petulante.
—Hormonas gonadales, transfusión de sangre joven, sales de magnesio…
—Y recuerda que un gramo es mejor que una maldición. Salieron riéndose.
—Se han abolido todos los estigmas fisiológicos de la vejez. Y con ellos, por supuesto…
—No olvides preguntarle por el cinturón malthusiano —dijo Fanny.
—Y con ellos todas las peculiaridades mentales del anciano. Los caracteres permanecen inalterables durante toda la vida. «… dos partidas de golf con obstáculos antes de que oscurezca. Debo darme prisa».
—Trabajar, jugar… a los sesenta tenemos las mismas fuerzas y los mismos gustos que a los
diecisiete. En los malos tiempos antiguos los viejos acostumbraban a renunciar, a jubilarse, a abrazar la religión, a pasar su tiempo leyendo, pensando… ¡pensando! «¡Cochinos idiotas!», masculló Bernard Marx para sus adentros, mientras marchaba por el pasillo hacia el ascensor.
—Ahora, y en ello consiste el progreso, los viejos trabajan, los viejos copulan, los viejos no
disponen de tiempo, de interrupciones en el placer, de un momento para sentarse y pensar… o si alguna vez, por una desdichada casualidad, se abriera uno de esos abismos de tiempo en la substancia sólida de sus distracciones, siempre tendrían el soma, el delicioso soma: medio gramo para disfrutar de medio día festivo, un gramo para un fin de semana, dos gramos para un viaje al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la Luna; y al regresar se encontrarían del otro lado del abismo, sanos y salvos sobre el terreno firme del trabajo y la distracción cotidianos, corriendo de cine-sensible en cine-sensible, de chica neumática en chica neumática, de Campo de Golf Electromagnético en…
… El grupo ya estaba completo y el círculo de solidaridad era perfecto, impecable. Hombre, mujer, hombre, en una rueda de alternancias sin fin alrededor de la mesa. Eran doce y estaban listos para unificarse, para cohesionarse, para fusionarse, para perder sus doce identidades individuales dentro de un ente mayor. El Presidente se levantó, hizo el signo de la T, activó la música sintética y desató el suave e infatigable redoble de tambores y un coro de instrumentos —casiviento y supercuerda— que repetían plañideramente, una y otra vez, la melodía breve e inevitablemente obsesionante del Primer Himno de la Solidaridad. Otra vez, y otra… y no era el oído el que captaba el ritmo palpitante, sino el diafragma. El gemido y el repique de esas armonías machaconas no hechizaban la mente, sino las entrañas anhelantes de compasión. El Presidente repitió el signo de la T y se sentó. La ceremonia había comenzado. Las tabletas de soma consagrado fueron depositadas en el centro de la mesa. La copa de soma con helado de fresas circuló de mano en mano y libaron doce veces de ella, mientras recitaban la fórmula: «Brindo por mi aniquilación». Luego cantaron el Primer Himno de la Solidaridad, con el acompañamiento de la orquesta sintética.

Somos doce, Ford; oh, haznos uno, como gotas del Río Social; oh, ahora haznos correr juntos tan raudos como tu reluciente carruaje.

Doce estrofas anhelantes. Y entonces pasaron la copa por segunda vez. Ahora la fórmula era: «Brindo por el Ser Supremo». Bebieron todos. La música sonaba incansablemente. Redoblaban los tambores. El sollozo y el entrechocar de las armonías eran una obsesión en las entrañas conmovidas. Entonaron el Segundo Himno de la Solidaridad.

¡Ven aquí, Ser Supremo, Amigo Social, aniquilando a los Doce-en-Uno! Ansiamos morir, porque cuando expiramos no hace más que empezar nuestra vida sublime.

Nuevamente doce estrofas. A esa altura el soma ya había comenzado a surtir efecto. Sus ojos brillaban, tenían las mejillas congestionadas, la luz interior de la benevolencia universal afloraba en todos los rostros en forma de sonrisas felices, cordiales. Incluso Bernard se sintió un poco conmovido. Cuando Morgana Rothschild se volvió y le sonrió, él hizo lo posible por devolver la sonrisa. Pero la ceja, esa negra dos-en-uno, seguía, ¡ay!, allí. Bernard no podía desentenderse de ella, por muchos esfuerzos que hiciera. Quizá si hubiera estado sentado entre Fifi y Joanna… La copa circuló por tercera vez.
—Brindo por la inminencia de Su Advenimiento —dijo Morgana Rothschild, a quien le había tocado casualmente el turno de iniciar el rito circular. Su tono fue potente, eufórico. Bebió y le pasó la copa a Bernard.
—Brindo por la inminencia de Su Advenimiento —repitió Bernard, esforzándose sinceramente por sentir que el advenimiento era inminente. Pero la ceja continuaba
obsesionándolo, y por lo que a él atañía el Advenimiento estaba espantosamente alejado. Bebió y le pasó la copa a Clara Deterting. «Volveré a fracasar —se dijo para sus adentros—.
Lo sé». Pero siguió haciendo cuanto podía por exhibir una sonrisa radiante. La copa había completado el círculo. El Presidente levantó la mano e hizo una seña. El coro prorrumpió en el Tercer Himno de la Solidaridad.

¡Sentid ahora cómo se aproxima el Gran Ser! ¡Regocijaos, y al regocijaros, morid! ¡Disolveos en el redoble de los tambores! Porque yo soy vosotros y vosotros sois yo.

Capítulo 4

1936
Propaganda y farmacología

ALDOUS HUXLEY

El lavado de cerebro era un tema al que Huxley volvía una y otra vez. El auge del fascismo en la década de los 30 hizo brotar de su pluma un largo ensayo, «Writers and Readers», que incluye un pasaje sobre las más recientes técnicas químicas de violación de la mente. Incluso después de haber tenido experiencias positivas con substancias psicodélicas, dos décadas más tarde, Huxley continuó alertando contra el fenómeno de la «agresión farmacológica».

… Es probable que los propagandistas del futuro sean los químicos y fisiólogos, además de los escritores. Un sello con tres cuartos de gramo de doral y tres cuartos de miligramo de escopolamina producirá en la persona que lo ingiera un estado de absoluta maleabilidad psicológica, semejante a la de un sujeto sometido a hipnosis profunda. Cualquier sugestión inculcada al paciente mientras se encuentra en este trance inducido por medios artificiales penetra hasta lo más profundo del inconsciente y puede generar una modificación permanente de las formas habituales de pensar y sentir. En Francia, donde se ha utilizado esta técnica en forma experimental durante varios años, se ha comprobado que dos o tres sesiones de sugestión bajo los efectos del doral y la escopolamina incluso pueden modificar los hábitos de las víctimas del alcohol y de irreprimibles adicciones sexuales. Una peculiaridad de la droga consiste en que la amnesia subsiguiente es retrospectiva: el paciente no guarda recuerdos de un período que empieza varias horas antes de la administración de aquella. Coged a un hombre desprevenido y hacedle ingerir un sello. Recuperará la conciencia firmemente convencido de todas las sugestiones que le habéis inculcado durante su estupor y totalmente ajeno a la forma en que se ha producido esta asombrosa conversión. Un sistema de propaganda que combine la farmacología con la literatura debería ser completa e infaliblemente eficaz. Esta es una idea tremendamente inquietante…

  • Introducción
  • Capítulo 1-4
  • Capítulo 5-8
  • Capítulo 9-12
  • Capítulo 13-16
  • Capítulo 17-20
  • Capítulo 21-24
  • Capítulo 25-28
  • Capítulo 29-32
  • Capítulo 33-36
  • Capítulo 37-40
  • Apendice

Aldous Huxley: Moksha (Introducción)

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Escritos sobre Psicodélicos y la Experiencia Visionaria” (1931-1963)
Editado por Michael Horowitz y Cynthia Palmer
Con introducciones de Dr. Albert Hofmann y Dr. Alexander Shulgin

 Es sin lugar a dudas la experiencia más extraordinaria y significativa disponible para los seres humanos este lado de la beatífica Visión “.

Aldous Huxley-

La publicación de Moksha presenta por primera vez una colección autorizada de los documentos proféticos y visionarios de Aldous Huxley – sus escritos sobre drogas que alteran la mente, la psicología, la educación, la política, el inconsciente colectivo y el futuro de la humanidad.

En mayo de 1953 Aldous Huxley, en compañía de su esposa y un médico amigo, se administró cuatro décimas de gramo de mescalina. La experiencia mística y trascendente que siguió fue la base para uno de sus libros más fascinantes y controvertidos, Las Puertas de la Percepción, y lo embarcó en un curso exploratorio que iba a producir un cuerpo profundo y revolucionario de trabajo.

Moksha es un apasionante relato de la preocupación de Huxley por los misteriosos alcances internos de la mente humana, la “experiencia visionaria y su relación con el arte y las concepciones tradicionales del otro mundo“. Tomando su nombre de un antiguo texto sánscrito, Moksha.

Dedicado a: Sunyata, Jubal, Winona, Yuriel, Joaquin y todos los otros niños del futuro.


Pero el que contempla el tercer mantra de OM, es decir, ve a Dios como él mismo, se ilumina y obtiene moksha. Así como una serpiente, liberada de su piel envejecida, se convierte en nueva otra vez, por lo que el yogui que adora el mantra exonerado del cuerpo mortal, de sus pecados y debilidades terrenales, y liberado con su cuerpo espiritual para vagar por todo el Universo de Dios, goza de la gloria del Omnisciente espíritu omnipresente, eternamente y por siempre. La contemplación del último mantra le bendice con moksha o la inmortalidad”.

De: The Mandukyopanishat being The Exposition of OM the Great Sacred Name of the Supreme Being in the Vedas.
Trans. Pandit Guru, Datta Vidyarthi,
Profesor de Ciencias Físicas Lahore. Lahore, 1893.

“Abran los ojos y miren a Nataraja, allí arriba, en el altar. Miren con atención. En la mano derecha superior, como ya han visto, tiene el tambor que llama al mundo a la existencia, y en la mano superior izquierda lleva el fuego destructor. Vida y muerte, orden y desintegración, imparcialmente. Pero ahora miren las otras dos manos de Siva. La inferior derecha está levantada, con la palma vuelta hacia afuera. ¿Qué significa ese ademán? Significa “No temas; Todo está bien”. ¿Pero cómo es posible que nadie que tenga un poco de sensatez deje de tener miedo? ¿Cómo es posible fingir que el mal y el sufrimiento están bien, cuando resulta tan evidente que están mal? Nataraja tiene la respuesta. Miren ahora su mano inferior izquierda. La usa para señalar a sus pies. ¿Y qué hacen sus pies? Miren con atención y verán que el pie derecho está plantado de lleno sobre una horrible y pequeña criatura subhumana: el demonio, Muyalaka. Muyalaka, un enano, pero inmensamente poderoso en su malignidad, es la encarnación de la ignorancia, la manifestación de la ávida y posesiva bondad. ¡Písenlo, quiébrenle el espinazo! Y eso precisamente hace Nataraja. Pisotea al pequeño monstruo con su pie derecho. Pero adviertan que lo que señala con el dedo no es ese pie derecho, sino el izquierdo, el pie que, mientras danza, ha elevado del suelo. ¿Y por qué lo señala? ¿Por qué? Ese pie en alto, ese desafío danzante de la fuerza de gravedad …es el símbolo de la liberación, de la moksha. Nataraja baila en todos los mundos al mismo tiempo… en el mundo de la física y la química, en el mundo de la experiencia común, demasiado humana, y por último en el mundo de la Talidad, del Espíritu, de la Clara Luz.”

De: La Isla de Aldous Huxley (1962)

Prefacio

A mediados de la década de 1950 cuando aparecieron Las Puertas de la Percepción y Cielo e Infierno de Aldous Huxley, encontré en su interior descripciones de experiencias y la articulación de ideas que, desde el descubrimiento del LSD doce años antes, habían ocupado constantemente mi mente.

En ese momento la investigación científica a lo largo de los matices más amplios ya se había llevado a cabo con el LSD en la medicina, la biología, la farmacología y psiquiatría, y cerca de un millar de documentos ya se habían publicado. Pero me pareció que una potencialidad fundamental de este agente químico no había sido aún suficientemente considerada o reconocida, es decir, su capacidad de producir experiencias visionarias. Por lo tanto, yo estaba muy contento al saber que una persona de tan elevado grado literario y espiritual, como Aldous Huxley, utilizando mescalina la cuál exhibe efectos cualitativos similares a los del LSD, se había convertido en un profundo estudioso de este fenómeno. La investigación sobre la mescalina se había hecho ya en el cambio de siglo, pero el interés en esta droga ha disminuido en gran medida después.

Casi al mismo tiempo que Huxley llevó a cabo sus experimentos con la mescalina, sostuve sesiones de LSD con el famoso autor alemán Ernst Jünger a fin de obtener un conocimiento más profundo de las experiencias visionarias producidas por la droga en la mente humana. Ernst Jinger registró sus experiencias en un ensayo titulado Besuch auf Godenhjelm (Vittorio Klostermann, Frankfurt aM, 1952), lo que da en la forma literaria
la esencia de sus interpretaciones. Por otro lado, Aldous Huxley en los libros antes mencionados no sólo proporciona una descripción magistral de su encuentro con la mescalina, sino también una evaluación de este tipo de drogas desde el punto de vista espiritual y mental más elevado, teniendo en cuenta aspectos sociológicos, estéticos y filosóficos.

Aldous Huxley en efecto abogó por el uso de ciertas drogas, lo que llevó a algunas personas que han estudiado sus obras superficialmente, o no del todo, a reprocharle ser hasta cierto punto culpable por la creciente ola de abuso de drogas, o incluso de ser él mismo un adicto a las drogas. Esta acusación no tiene, por supuesto, ninguna base justificable, ya que Huxley sólo ha tratado con sustancias para las que Humphry Osmond ha creado el término “psicodélicas”. Estos son los agentes psicotrópicos que hasta ahora habían sido denominados en la literatura científica por los términos Phantastica“, “alucinógenos“, o psicotomiméticos“. Estas no son sustancias narcóticas que producen adicción, como la heroína, el opio, o como la cocaína, con sus ruinosas consecuencias para el cuerpo y la mente de los cuales Huxley advirtió enfáticamente.

Las sustancias sicotrópicas de origen vegetal ya habían estado en uso desde hace miles de años en México como drogas sacramentales en las ceremonias religiosas y en las pociones mágicas que tienen efectos curativos; los más importantes de estos psicodélicos son: la mescalina, que se encuentra en el cactus peyote; la psilocibina, que he aislado de setas mexicanas sagradas llamadas teonanacatl; y, por supuesto, el LSD. A pesar de que el LSD (Lyserg Sauredietilamida, dietilamida del ácido lisérgico) es una sustancia semisintética que he preparado en el laboratorio a partir del ácido lisérgico contenido en el cornezuelo, un hongo que crece en el centeno, desde el punto de vista de su constitución química, así como su modo psicotrópico de actuar, pertenece al grupo de drogas sacramentales mexicanas. Esta clasificación está más justificada porque hemos encontrado en otra droga sacramental mexicana el ololiuqui las sustancias activas de la amida del ácido lisérgico y
la hidroxietilamida del ácido lisérgico, que están, como los términos químicos expresan, muy relacionada con la dietilamida del ácido lisérgico.

El ololiuqui es la denominación azteca para las semillas de determinadas especies de Morning Glory. El LSD puede ser considerado como una droga del ololiuqui aumentada a una mayor potencia, ya que, mientras que la dosis activa deconstituyente del ololiuqui, la amida del ácido lisérgico es a 2 mg (0.002 g), un efecto similar puede ser producido con tan sólo 0.05 a 0.1 mg de LSD.

Existen los profundos efectos psíquicos que alteran la conciencia del peyote, el teonanacatl y el ololiuqui que volvieron a los indígenas de los países de América Latina muy respetuosos y temerosos de estas drogas, causando que estas personas pusieran un tabú sobre estos. Sólo una persona ritualmente limpia, uno preparado por un período de oración y ayuno, tenía el derecho y la calificación de ingerir estas drogas y sólo entonces un cuerpo muy purificado como su naturaleza divina podría desarrollar, mientras que los impuros sentían volverse locos o afectados mortalmente.

Fue el esfuerzo de Aldous Huxley para mostrar cómo el poder interior de estas drogas sacramentales podría ser utilizado para el bienestar de las personas que viven en una sociedad tecnológica hostil a revelaciones místicas. Los ensayos y conferencias recogidas en el presente volumen promoverán una mejor comprensión de estas ideas. En opinión de Huxley, el uso de drogas psicodélicas debe ser parte de una técnica de misticismo apphed“, que él me describió en una carta del 29 de febrero de 1962 como una técnica para ayudar a las personas a obtener el máximo provecho de su experiencia trascendental y hacer uso de sus puntos de vista desde el otro mundo” en los asuntos de este mundo”. Meister Eckhart escribió que lo que se toma en la contemplación se debe dar en el amor.Básicamente, esto es lo que debe ser desarrollado el arte de dar amor e inteligencia de lo que se toma a partir de la visión y la experiencia de la autotrascendencia y la solidaridad con el universo.

En su último y más conmovedor libro, la novela utópica “La Isla”, Aldous Huxley describe el tipo de estructura cultural en el que los psicodélicos -en su narración llamada “medicina moksha“- se podría aplicar de una manera beneficiosa. Por lo tanto, Moksha es un título muy apropiado para el presente libro, de lo cual tenemos que estar muy agradecidos a los editores.

Albert Hofmann
Burg LL. Suiza

Introducción

Moksha es una colección de los escritos de Aldous Huxley tomados en gran parte de la última década de su vida. Una apreciación de estos discursos, ensayos y cartas, y del valor colocado sobre ellos, requiere un poco de introducción al escritor, así como a la herencia escrita que nos ha dejado. Aldous Leonard Huxley nació el 26 de julio de 1894, en una familia literaria y científica notable. Fue el tercer hijo del profesor Dr. Leonard Huxley, -editor, hombre de letras- y de Julia Arnold, sobrina del poeta Matthew Arnold y hermana de la novelista, la señora Humphrey Ward. Él era el nieto de T. H. Huxley, el científico y bisnieto de un moralista formidable, el Dr. Thomas Arnold. Su hermano mayor, Julian, murió el 21 de febrero de 1975, poniendo fin a esa generación reconocida mundialmente, los Huxley.

Los propios escritos de Huxley documentan mejor su transición de poeta novelista místico a ensayista a científico. A la edad de dieciséis años una desastrosa infección ocular dejó a Huxley sustancialmente ciego, poniendo fin a una esperada carrera de medicina. Obligado a depender del braille para leer, un guía para caminar, y una máquina de escribir para escribir, él consideraba su discapacidad irreversible, y sus primeros poemas como La derrota de la Juventud (1918) y Leda (1920) expresan amargura. Sin embargo, el poema de título Las Cigarras (1931) muestra una recuperación de esta morbidez, y en una tormenta de productividad Huxley volvió de la poesía a la novelasorprendiendo al público con la lectura de Amarillo Cromo (1921), Antic Hay (1923), y Arte, amor y todo lo demás (1925). Él fue comparado con dos rebeldes literarios contemporáneos, Noel Coward y Richard Aldington; Sin embargo, mientras que estos últimos atacaron a la clase media y sin propuestas de mejora, los escritos de Huxley proporcionaron las semillas de la síntesis constructiva. En la colección de ensayos de viaje Un Pilatos burlón (1926) y su novela El Tiempo Debe Detenerse (1944), uno puede ver el refinamiento de frases que se convertiría en su firma, y vislumbrar las preocupaciones filosóficas que pronto habrían de ordenar su atención.

Un mundo feliz (1932) precedió a 1984 de George Orwell por unos veinte años y hoy es quizás la obra más conocida de Huxley. Un gran número de sus preocupante profecías se han cumplido. En esta novela Huxley presenta una droga-panacea llamada Soma (cristianismo sin lágrimas, la moral en una botella) que debe ser contrastada con su posterior creación Moksha (un proceso de educación e ilustración).

El punto de vista de Huxley del científico, es el de alguien que tiende un puente sobre las disciplinas de la religión y la filosofía con la ciencia, sigue los principios que había visto por primera vez en El Tiempo Tiene Que Detenerse. En esta novela él cuidadosamente evitó compromisos extremos, sentía que en una búsqueda de la verdad y la comprensión, no tener hipótesis le negaría a uno un motivo o razón para la experimentación, mientras que construir una hipótesis demasiado elaborada daría lugar a descubrir lo que uno sabe que está allí y hacer caso omiso de todo lo demás. Su “hipótesis de trabajo mínimosupone la existencia de un Dios o Campo, un desinterés trascendente e inmanente, con el que se debe llegar a ser identificado a través del amor y el conocimiento.

La reunión con el Dr. Humphry Osmond en 1953, que proporcionó el crisol para los experimentos personales de Huxley en desafiar esta hipótesis de trabajo mínimo”, es el punto de partida lógico para la presente colección de escritos. La mescalina, a continuación, un fármaco poco estudiado que se encuentra en el cactus lewinii Anhalonium, sirvió como catalizador para este experimento. La mescalina fue aislada de la planta en 1894 por A. Heffter, sintetizada por primera vez por Spath en 1919, y farmacológicamente explorada por Rouhier y Beringer a mediados de la década de 1920. Sin embargo, a principios de la década de 1950, sólo los estudios clínicos y fisiológicos habían sido registrado en relación con los efectos de esta droga; no había habido ninguna investigación literaria o humanística.

Los resultados de la investigación científica-humanista de Huxley fueron profundos e inmediatamente aparentes. Las consecuencias a corto plazo fueron el registro de las experiencias inducidas por las drogas en Las Puertas de la Percepción (1954), elaborando sobre estos y su extrapolación a otros fenómenos de la conciencia en Cielo e Infierno (1956). La consecuencia a largo plazo de este experimento y los varios que siguieron convencieron a Huxley de la solidez de su hipótesis de trabajo: Que había un campo y era el “todo lo que está sucediendo en todo el universo”, o mejor, la conciencia de esta “cosa en todas partes”. Estaba fascinado por el potencial de las drogas como la mescalina, el LSD, y la psilocibina para proporcionar una experiencia de aprendizaje que normalmente nos es negada dentro de nuestro sistema educativo. Sus conferencias, novelas y ensayos repitieron la temática de la desesperación y la esperanza. En un artículo en Playboy (noviembre de 1963) él expresa desesperación que “en un mundo de incrremento explosivo de la población, de avance tecnológico precipitado y del nacionalismo militante, el tiempo de que disponemos para el descubrimiento de nuevas fuentes de energía para superar la inercia psicológica de nuestra sociedad es estrictamente limitado. La esperanza, como se expresa en la fantasía utópica La Isla (1962), es que “una sustancia similar a la psilocibina podría utilizarse para potenciar la educación no verbal de los adolescentes y para recordar a los adultos que el mundo real es muy diferente del universo deforme que han creado por sí mismos a través de sus prejuicios culturales acondicionados.

En la isla el concepto de una droga de este tipo se desarrolló con la introducción de un hongo, Moksha. Por su nombre, es evidente que no es el Soma que se presenta en Un Mundo Feliz; Moksha se deriva de la palabra sánscrita para “liberación y Soma del griego y significacuerpo”. En este libro Huxley precipitó de nuevo la controversia adelantándose a su tiempo con su descripción del proceso de la muerte como un proceso de aprendizaje, y uno que puede ser enriquecido por la administración de drogas psicodélicas. La sinceridad de este concepto es evidente en su último experimento, en el que recibió dos pequeñas dosis de LSD, una varias horas antes de la muerte y una segunda justo antes de la muerte. En sus últimos momentos, él estaba consciente y tranquilo.

Durante la última década de su vida, Huxley fue intencionalmente polémico, sin embargo, era desesperadamente sincero. Es imposible adivinar lo que escribiría hoy, unos quince años después, tras el extenso proselitismo por el uso de drogas psicodélicas que se produjo a finales de 1960. Hubo un uso explosivo en ese momento, a menudo por personas que no se habían preparado a si mismos por la experiencia o por la integración personal de sus valores. Cualquier cosa que él pudiera haber escrito, el papel de Huxley en la literatura y en la expresión de la filosofía de la expansión de la conciencia no se puede negar.

Alexander Shulgin T.
Lafayette, California

Aldous Huxley: Propaganda de Hoy

Stop-Terrorism

“En su propaganda, los dictadores de hoy en día se basan en su mayor parte en la repetición, la supresión y la racionalización la repetición de consignas que desean que sean aceptadas como verdaderas, la supresión de los hechos que desean que sean ignorados, la excitación y la racionalización de las pasiones que pueden ser utilizadas en los intereses del Partido o del Estado. A medida que el arte y la ciencia de la manipulación lleguen a entenderse mejor, los dictadores del futuro, sin duda, van a aprender a combinar estas técnicas con las distracciones sin escalas que, en Occidente, ahora amenazan con ahogar en un mar de irrelevancia la propaganda racional esencial para el mantenimiento de la libertad individual y la supervivencia de las instituciones democráticas.

-Aldous Huxley, “Propaganda in a Democratic Society”-

Aldous Huxley sobre la Mescalina

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