Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 12-13)

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Capítulo 12

1954
Los lejanos continentes de la mente

ALDOUS HUXLEY

La siguiente conferencia es la primera de las muchas disertaciones de Huxley sobre la consecución de la experiencia visionaria. Eileen J. Garrett, una vieja amiga, era presidenta de la Fundación Parapsicológica que organizaba simposios anuales con la asistencia de figuras destacadas de la especialidad. El interés de Huxley por la parapsicología se remonta a la década de los 30, cuando visitó al doctor J. B. Rhine en la Universidad de Duke, en 1937.

Es difícil hablar de los fenómenos mentales si no es empleando analogías tomadas del universo familiar de las cosas materiales. Se puede decir que determinado hombre está compuesto por un Viejo Mundo de conciencia personal y, al otro lado de un océano divisorio, por una serie de Nuevos Mundos. Estos Nuevos Mundos del inconsciente nunca se pueden colonizar, rara vez han sido explorados a fondo, y en muchos casos incluso esperan que los descubran. Como sucede en este planeta, si vais a las antípodas de la personalidad consciente de sí misma, encontraréis todo tipo de criaturas por lo menos tan raras como los canguros. En ninguno de los dos casos inventamos estas criaturas. Viven independientemente y fuera de nuestro control. Pero podemos ir a donde están, y observarlas. Existen «allí fuera», en el equivalente mental del espacio lejano. Desde «aquí dentro», a veces podemos contemplar cómo se dedican a sus misteriosas actividades.

Algunas personas nunca descubren conscientemente sus antípodas. Otras realizan un desembarco ocasional. Otras pocas van y vienen fácilmente y a su antojo. Lo primero que necesita el naturalista de la mente, que debe reunir sus datos para que nos convirtamos en auténticos zoólogos de la mente, es un medio de transporte seguro, fácil y fiable entre los dos Mundos. Existen dos de estos medios. Ninguno es perfecto, pero ambos son suficientemente fiables, fáciles y seguros como para justificar que los utilicen quienes saben lo que hacen. El primero depende de la mescalina, un alcaloide químico. El segundo depende de la hipnosis. Ambas naves transportan la conciencia a la misma región: la droga tiene un alcance más vasto y penetra más profundamente en la terra incognita.

Por lo que concierne a la hipnosis, no sabemos cómo produce sus efectos observados. Ni necesitamos saberlo. Sí sabemos un poco acerca de los efectos fisiológicos de la mescalina. Ésta interfiere el sistema enzimático que regula el funcionamiento del cerebro, menoscaba la eficiencia del cerebro y permite que ingresen en la conciencia determinados tipos de actividad mental que están normalmente excluidos pues carecen de valor para la supervivencia. Tenemos visiones. Pero no son visiones aleatorias. Lo que sucede en ellas se sujeta a pautas provistas de tanta lógica interna como la que tienen lo que vemos en las antípodas del mundo exterior. Son fenómenos raros, pero dotados de una cierta regularidad.

Estas pautas imponen algunos rasgos comunes a nuestra experiencia visionaria. En primer lugar, y sobre todo, está la experiencia de la luz. Todo se halla brillantemente iluminado, refulge desde dentro, y un caos de colores se intensifica hasta un paroxismo desconocido en el estado normal. (La mayoría de los sueños normales se desarrollan en blanco y negro o sólo están tenuemente coloreados). Probablemente el color en el sueño o la visión representa la captación de «algo dado» por contraposición a los símbolos dramáticos de nuestros propios esfuerzos o deseos, que generalmente son acromáticos. Las visiones captadas en estas antípodas de la mente no tienen nada en común con lo que soñamos al dormir normalmente, pues esto lo generamos nosotros mismos. Las visiones las vemos porque están allí, pero no son creaciones nuestras. Esa luz preternatural es característica de toda experiencia visionaria.

A la luz la acompaña el reconocimiento de una significación incrementada. Los objetos dotados de luminosidad propia tienen un significado tan intenso como su color. Aquí, la significación es idéntica a la esencia: los objetos sólo se representan a sí mismos y nada más. Su significado es precisamente este: que son intensamente ellos mismos, y que al serlo, son manifestaciones de la especificidad y alteridad esenciales del universo.

La luz, el color y el significado no existen aisladamente. Modifican los objetos o estos los manifiestan. Ciertos tipos de imágenes perceptivas se repiten una y otra vez: formas geométricas coloreadas, móviles, vivientes, que se transfiguran ondulando en objetos esquematizados, como alfombras, tallas, mosaicos, transmutándose continuamente en otras formas de color y grandeza más intensos. El observador queda escindido del pasado: ve una nueva creación. Tienen muchas analogías con los cielos y países de hadas del folklore y la religión, prototipo de muchos Paraísos.

Pero también puede existir una experiencia infernal, tan atroz como gloriosa es la otra. En las visiones paradisíacas se produce una sensación de disociación entre el yo y el cuerpo; en las visiones infernales la conciencia del cuerpo se intensifica y se degrada continuamente. Esto ocurre cuando al sujeto le faltan la fe y la confianza afectuosa, únicas garantías de que la experiencia visionaria será feliz. Y lo que ocurre en las visiones puede ser sólo un anticipo de lo que ocurrirá después del momento de la muerte.

Capítulo 13

1955
La mescalina y el “otro mundo”

ALDOUS HUXLEY

En el primer simposio norteamericano sobre substancias psicodélicas, Huxley fue el único participante que no tenía título médico entre «los Chicos del Electroshock, los Devotos de la Clorpromacina, y las 57 Variedades de Psicoterapeutas» (como le escribió a Humphry Osmond). Su disertación, como era previsible, fue la única que giró en torno a la experiencia con drogas de los «relativamente cuerdos», y no de las personas con alteraciones mentales. Desarrolla, sobre todo mediante referencias artísticas y literarias, ciertas ideas que habría de abordar más detalladamente en Heaven and Hell: el valor del acceso a «las antípodas de la mente», la experiencia visionaria inducida mediante la hipnosis, los alucinógenos, el «transporte» que producen objetos tales como piedras preciosas, las cualidades mágicas que gobiernan estos estados.

Esta noche me propongo hablar de las experiencias con mescalina, no de los neuróticos, sino de quienes, como yo, estamos relativamente cuerdos. Weir Mitchell y Havelock Ellis suministraron, hace muchos años, descripciones clásicas de esta experiencia, y sus relatos se compaginan muy bien con lo que hemos podido testimoniar yo mismo y todos los otros experimentadores que conozco personalmente. Estas experiencias clásicas con mescalina difieren en muchos sentidos de las que hemos oído analizar esta noche. Casi todas las que hemos oído analizar esta noche están teñidas por el miedo y la ansiedad. Además, contienen abundantes referencias a los recuerdos personales del sujeto y a experiencias traumáticas de su infancia. ¡Cuán distinta es la experiencia clásica con mescalina! Su rasgo más notable, enfáticamente subrayado por todos quienes han pasado por ella, es su naturaleza profundamente impersonal. La experiencia clásica con mescalina no abarca hechos recordados consciente o inconscientemente, no se refiere a viejos traumas y, en la mayoría de los casos, no está teñida por la ansiedad y el miedo. Es como si quienes la estaban viviendo hubieran sido transportados por la mescalina a alguna región remota, no personal, de la mente.

Utilicemos una metáfora geográfica y comparemos la vida personal del yo con el Viejo Mundo. Abandonamos el Viejo Mundo, cruzamos un océano divisorio, y nos encontramos en el mundo del inconsciente personal, con su flora y su fauna de represiones, conflictos, recuerdos traumáticos y cosas por el estilo. Si seguimos viajando, llegamos a una especie de Lejano Oeste, habitado por arquetipos jungianos y por la materia bruta de la mitología humana. Más allá de esta región se extiende un ancho Pacífico. Cuando lo sobrevolamos en alas de la mescalina o de la dietilamida del ácido lisérgico, llegamos a las que podríamos denominar las antípodas de la mente. En este equivalente psicológico de Australia descubrimos la contrapartida de los canguros y los ornitorrincos: toda una legión de animales extremadamente improbables, que sin embargo existen y es posible observar.

Ahora bien, el problema es, ¿cómo podemos visitar las áreas remotas de la mente donde habitan estas criaturas? Está claro que algunas personas pueden ir allí espontáneamente y más o menos a su antojo. Unos pocos de estos viajeros eran artistas, que no sólo podían visitar las antípodas, sino que también podían suministrar un testimonio de lo que habían visto, en palabras o en imágenes. Muchos más son los que han estado en las antípodas y han visto a sus extraños habitantes, pero son incapaces de expresar correctamente lo que han observado. En los tiempos que corren se resisten incluso a proporcionar una versión trunca de su experiencia. El clima mental de nuestra época no es favorable a los visionarios. A quienes han tenido estas experiencias espontáneas, y cometen la imprudencia de hablar de ellas, los miran con recelo y les dicen que deberían consultar a un psiquiatra. En el pasado, la gente consideraba valiosas las experiencias de este tipo y admiraba a sus protagonistas. Esta es una de las razones (aunque quizá no la única) por las que había más visionarios en otros siglos que en la actualidad.

Quienes no pueden visitar a su antojo las antípodas de la mente (y estos son mayoría) deben hallar un medio de transporte artificial. Un medio que surte efecto en un determinado porcentaje de casos es la hipnosis. Hay personas que, en un trance hipnótico moderadamente profundo, entran en el estado visionario.

Más seguro es el efecto de los llamados alucinógenos: la mescalina y la LSD. Personalmente nunca he probado la LSD, así que sólo puedo hablar, por experiencia, de la mescalina. Ésta nos transporta de una manera muy indolora —porque casi no se manifiestan las horribles náuseas que siguen a la ingestión del cacto peyote, ni produce resaca— a las antípodas de la mente, donde encontramos una fauna y una flora asombrosamente distintas de la fauna y la flora del Viejo Mundo tan conocido de la conciencia personal. Pero así como los marsupiales, aunque improbables, no son de manera alguna fenómenos aleatorios ni ajenos a las leyes, así tampoco lo son los habitantes de las antípodas de la mente. Estos se ciñen a las leyes de su propia esencia, pueden ser clasificados y su naturaleza extraña posee una cierta regularidad de pautas. Como ha señalado [Heinrich] Klüver en su libro sobre el peyote[23], las experiencias visionarias, si bien varían de un individuo a otro, pertenecen sin embargo a una misma y única familia. Las experiencias con mescalina de tipo clásico exhiben determinadas características bien marcadas.

La más notable de estas características comunes es la experiencia de luz. Se produce una gran intensificación de la luz, y esta intensificación se experimenta tanto con los ojos cerrados como con los ojos abiertos. La luz parece tener una intensidad preternatural en todo lo que se ve con el ojo interior. También parece tener una intensidad preternatural en el mundo exterior.

A esta intensificación de la luz la acompaña una tremenda intensificación del color, y esto vale tanto para el mundo exterior como para el interior.

Finalmente se intensifica lo que yo llamaría la significación intrínseca. Uno siente que lo que ve, ya sea con los ojos cerrados o con los ojos abiertos, tiene un significado profundo. Un símbolo representa otra cosa, y este representar otra cosa es su significado. Pero los elementos significativos que se ven en la experiencia con mescalina no son símbolos. No representan otra cosa, no significan nada ajeno a ellos mismos. La significación de cada elemento es idéntica a su ser. Lo importante es que es. En una forma paradójica pero muy nítida (para quienes han experimentado esta intensificación de la significación intrínseca),
lo relativo se torna absoluto, lo transitorio se torna particularmente universal y eterno.

La luz intensificada, el color intensificado y la significación intensificada no existen aisladamente. Se hacen inherentes a objetos. Y nuevamente en este caso las experiencias de quienes ingirieron un alucinógeno, mientras se encontraban en buen estado de salud mental y física, y con un grado suficiente de preparación filosófica, parecen ceñirse a pautas bastante regulares. Cuando los ojos están cerrados, la experiencia visionaria comienza con la aparición, en el campo visual, de geometrías vivas, movedizas. Dichas formas abstractas, tridimensionales, están intensamente iluminadas y brillantemente coloreadas. Después de un tiempo tienden a asumir el aspecto de objetos concretos, como alfombras, mosaicos o tallas ricos en configuraciones. Estos, a su vez, se modulan en edificios suntuosos y refinados, erigidos en parajes de extraordinaria belleza. Ni los parajes ni los edificios se mantienen estáticos, sino que cambian continuamente. En ninguna de estas metamorfosis se parecen a algún edificio o paraje específico visto por el sujeto en su estado corriente y recordado desde un pasado próximo o lejano. Todos estos elementos son nuevos. El sujeto no los recuerda ni los inventa: los descubre, «allí fuera», en el equivalente psicológico de una región geográfica hasta entonces inexplorada.

Por estos parajes y entre estas arquitecturas vivas merodean extrañas figuras: a veces de seres humanos (o incluso de los que parecen seres sobrehumanos), a veces de animales o de monstruos fabulosos. Al suministrar una descripción directa en prosa de lo que acostumbraba a divisar en sus visiones espontáneas, William Blake explica que veía a menudo seres a los que denominaba Querubines. Dichos seres tenían una estatura de cuarenta metros y no hacían nada que pudiera interpretarse como simbólico o dramático (esta es una característica de los personajes observados en una visión). En este sentido los habitantes de las antípodas de la mente difieren de las figuras que habitan el mundo arquetípico de Jung, pues no tienen nada en común con la historia personal del visionario ni con los problemas seculares de la raza humana. Son, literalmente, habitantes del «Otro Mundo».

Esto me trae a un detalle muy interesante y creo que significativo. La experiencia visionaria, ya sea espontánea o inducida por las drogas, la hipnosis u otros medios, tiene una asombrosa semejanza con el Otro Mundo, tal como lo encontramos descrito en las diversas tradiciones de la religión y el folklore. En todas las culturas, la morada de los dioses y de las almas en éxtasis es una comarca de insuperable belleza, radiante de color, bañada por una luz intensa. En esta comarca se ven edificios de indescriptible magnificencia, y sus habitantes son criaturas fabulosas, como los serafines hexápteros de la tradición hebrea, o los toros alados, los hombres con cabeza de halcón, los leones con cabeza humana, los personajes dotados de múltiples brazos o coronados por una cabeza de elefante de las mitologías egipcia, babilónica e india. Entre estas criaturas fabulosas se mueven ángeles y espíritus sobrehumanos que nunca hacen nada, sino que se limitan a disfrutar de la visión beatífica.

La indumentaria de los habitantes, así como los edificios e incluso muchos elementos del paisaje del Otro Mundo tienen incrustaciones de piedras preciosas. Es interesante saber que lo mismo sucede en el mundo interior abordado mediante la mescalina o la visión espontánea. Weir Mitchell y muchos otros experimentadores que han dejado un testimonio de su experiencia con mescalina, documentan una multitud de gemas vivientes. Estas gemas que, para decirlo con las palabras de Mitchell, parecen racimos de frutos transparentes, radiantes de brillo interior, están incrustadas en los edificios, en las montañas, en la margen de los ríos, en los árboles. Al leer estas descripciones de la experiencia con mescalina, no podemos menos que evocar lo que las diversas literaturas religiosas del mundo dicen acerca del más allá. Ezequiel habla de «las piedras de fuego» que hay en el Edén. En el Libro de la Revelación, la Nueva Jerusalén es una ciudad de piedras preciosas y de una substancia que a nuestros antepasados debía de resultarle tan maravillosa como las gemas: el cristal. El muro de la Nueva Jerusalén es de «oro semejante al cristal», o sea, que se trata de una substancia transparente, dotada de luz propia, que tiene el color del oro. El cristal reaparece en las mitologías célticas y teutonas de Europa occidental. Entre los teutones, la morada de los muertos es una montaña de cristal, y entre los celtas es una isla de cristal, con glorietas del mismo material.

Los paraísos hindú y budista son ricos en gemas, como la Nueva Jerusalén, y lo mismo vale para la isla mágica que, en la mitología japonesa, equivale a Avalon y las Islas de Buenaventura.

Entre los pueblos primitivos, que ignoran el cristal y no tienen acceso a las piedras preciosas, el paraíso está adornado con flores que irradian luz propia. Estas flores mágicas desempeñan un papel importante en el Otro Mundo de los pueblos más avanzados. Pensamos, por ejemplo, en el loto de la mitología budista e hindú, y en la rosa y el lirio de la tradición cristiana.

Se puede objetar que el paraíso no es más que una quimera, y que todos los paraísos están adornados con piedras preciosas precisamente porque estas son preciosas aquí en la tierra. ¿Pero por qué se pensó alguna vez que las gemas eran preciosas? ¿Qué fue lo que indujo a los hombres a invertir cantidades tan colosales de tiempo, zozobras y dinero para descubrir y tallar guijarros de colores? Este hecho es totalmente inexplicable en términos de cualquier tipo de filosofía utilitaria. Mi opinión personal consiste en que la explicación de la preciosidad de las piedras preciosas se ha de buscar, ante todo, en los hechos de la experiencia visionaria. En las antípodas de la mente existen objetos semejantes a gemas, refulgentes, dotados de luminosidad propia, radiantes de color y significación preternaturales. Los ven los visionarios, y todos quienes los contemplan intuyen que tienen una enorme importancia. En el mundo objetivo, las gemas son lo más parecido a estos objetos visionarios dotados de luminosidad propia. Las piedras preciosas pasan por ser preciosas porque les recuerdan a los seres humanos el Otro Mundo situado en las antípodas de la mente, el Otro Mundo del cual los visionarios tienen conciencia cabal, en tanto que las personas comunes tienen de él una conciencia vaga, por así decir subterránea. Existe un tipo de belleza mágica, de la cual decimos que nos «transporta». El término ha sido bien escogido, porque es literalmente cierto que determinados espectáculos transportan la mente del espectador… la transportan fuera del mundo cotidiano de la experiencia común, conceptual, y lo llevan al Otro Mundo mágico de la conciencia no verbal, visionaria.

Las flores transportan casi tanto como las piedras preciosas, y yo me inclinaría a atribuir la pasión casi universal por las flores, el uso casi universal de las flores en los ritos religiosos, al hecho de que estas les recuerdan a hombres y mujeres lo que está siempre allí, en el fondo de sus mentes, con un brillo, un colorido y una significación preternaturales.

No dispongo de tiempo para hablar de la relación entre la experiencia visionaria y determinadas formas de arte. Bastará decir que la relación existe, y que el poder casi mágico que ejercen ciertas obras de arte proviene de que nos recuerdan, conscientemente, o más a menudo inconscientemente, ese Otro Mundo en el cual los visionarios naturales pueden entrar a su antojo, y al cual el resto de nosotros sólo tenemos acceso bajo los efectos de la hipnosis o de una droga como la mescalina o la LSD.

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Publicado el 3 febrero, 2017 en Sin categoría, Texto y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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