Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 10)

aldoushuxley41

Capítulo 10

1954
Las puertas de la percepción

ALDOUS HUXLEY

La publicación de este delgado volumen —The Doors of Perception— en medio del erial psíquico e intelectual de la administración Eisenhower y las audiencias de McCarthy, produjo un profundo impacto cultural. El cuadragésimo libro de Huxley, cuyo título ha sido tomado de The Marriage of Heaven and Hell, del poeta visionario William Blake, es una de las obras clave de la literatura psicodélica. Al comenzar la última década de su vida, cuando le faltaban pocos meses para cumplir sesenta años, Huxley descubrió la «clave del acceso químico». Por tratarse de la descripción literaria de un experimento científico, las citas son típicamente numerosas. El tono es de máxima racionalidad, respaldada por el testimonio personal y la evidencia histórica. Otra fuente literaria importante, además de Blake, es El libro tibetano de los muertos, que habría de tener una figuración tan destacada en su vida y sus escritos posteriores. Huxley llegó a la conclusión de que, si bien la mescalina era superior a la mayoría de las drogas consumidas por la humanidad, «aún no es la droga ideal». Pero el concepto de Moksha estaba mucho más próximo después de su primer experimento con mescalina. En la iniciación psicodélica de Huxley estuvo presente, además del doctor Osmond, que actuó como supervisor médico, la esposa de Aldous, Maria, a la cual dedicó The Doors of Perception. Fue en 1886 cuando el farmacólogo alemán Louis Lewin[11] publicó el primer estudio sistemático del cacto, que posteriormente fue bautizado con su propio nombre. El Anhalonium Lewinii era nuevo para la ciencia. Para la religión primitiva y para los indios de México y del sudoeste de los Estados Unidos era un amigo de tiempo inmemorial. En verdad, era mucho más que un amigo. Para decirlo con las palabras de uno de los primeros visitantes españoles del Nuevo Mundo, «comen una raíz que llaman peyote, y que veneran como si fuese una deidad».

La razón por la cual la veneraban como a una deidad salió a luz cuando eminentes psicólogos como Jaensch[12], Havelock Ellis[13], y Weir Mitchell[14] iniciaron sus experimentos con mescalina, el principio activo del peyote. Es cierto que estos se detuvieron bastante antes de caer en la idolatría, pero todos coincidieron en asignar a la mescalina un puesto entre las drogas de singular importancia. Administrada en dosis adecuadas, cambia la cualidad de la conciencia más profundamente que cualquier otra substancia del repertorio farmacológico, y sin embargo es menos tóxica.

La investigación sobre la mescalina ha continuado esporádicamente desde los tiempos de Lewin y Havelock Ellis. Los químicos no sólo han aislado el alcaloide sino que han aprendido a sintetizarlo, de modo que las existencias ya no dependen de las escasas e intermitentes recolecciones de un cacto del desierto. Los alienistas se han administrado a sí mismos dosis de mescalina con la esperanza de comprender mejor, de primera mano, los procesos mentales de sus pacientes. Los psicólogos han observado y catalogado algunos de los efectos más llamativos de la droga, trabajando, infortunadamente, con muy pocos sujetos y dentro de un marco muy estrecho de circunstancias. Los neurólogos y los fisiólogos han averiguado algo acerca de los mecanismos de su acción sobre el sistema nervioso central. Y por lo menos un filósofo profesional ha ingerido mescalina para verificar qué luz arroja sobre ciertos antiguos enigmas aún no resueltos, como el que concierne al lugar que ocupa la mente en la naturaleza y a la relación entre el cerebro y la
conciencia.

Las cosas quedaron así hasta que, hace dos o tres años, se observó un hecho nuevo y quizá muy significativo. En realidad, este hecho había estado a la vista de todos durante varias décadas, pero sucedió que nadie le prestó atención hasta que un joven psiquiatra inglés, que trabaja actualmente en Canadá, se sintió impresionado por la estrecha semejanza que existe entre la composición química de la mescalina y la de la adrenalina. Ulteriores investigaciones revelaron que el ácido lisérgico, un alucinógeno extraordinariamente poderoso que se extrae del cornezuelo del centeno, tiene una relación estructural bioquímica con las otras dos substancias. Luego se descubrió que el adrenocromo, que es un producto de la descomposición de la adrenalina, puede generar muchos de los síntomas observados en la intoxicación con mescalina. Pero es probable que el adrenocromo aparezca espontáneamente en el organismo humano. En otras palabras, quizá cada uno de nosotros es capaz de producir una substancia química que, en dosis minúsculas, causa cambios profundos en la conciencia. Algunos de estos cambios son similares a los que se manifiestan en esa plaga arquetípica del siglo veinte que es la esquizofrenia. ¿El trastorno mental se debe a un trastorno químico? ¿Y el trastorno químico se debe, a su vez, a malestares psicológicos que actúan sobre las suprarrenales? Sería apresurado y prematuro afirmarlo. Lo más que podemos decir es que se ha probado una especie de caso prima facie. Mientras tanto se investiga sistemáticamente el indicio, y los sabuesos —bioquímicos, psiquiatras, psicólogos — siguen la pista.

Merced a una serie de circunstancias que para mí fueron extraordinariamente afortunadas, en la primavera de 1953 yo me encontré cabalmente atravesado sobre dicha pista. Uno de los sabuesos había viajado a California por razones profesionales. Aunque ya hacía setenta años que se estudiaba la mescalina, los materiales psicológicos que tenía a su alcance continuaban siendo absurdamente escasos, y estaba ansioso por complementarlos con otros. Yo estaba a mano y dispuesto a convertirme en su conejillo de Indias.

En verdad, estaba ávido por desempeñar ese papel. Así fue como en una radiante mañana de
mayo[15] ingerí cuatro décimas de gramo de mescalina, disueltas en medio vaso de agua y me senté a esperar los resultados.

… Enfrentado con una silla que parecía el Juicio Final —o, para ser más exacto, enfrentado con un Juicio Final que, después de mucho tiempo y con considerables dificultades, identifiqué como una silla— me encontré de pronto sobre el filo del pánico. Tuve la repentina sensación de que eso iba demasiado lejos. Demasiado lejos, a pesar de que iba hacia una belleza más intensa, hacia un significado más profundo. Un análisis retrospectivo me indica que lo que temía era quedar abrumado, desintegrarme bajo la presión de una realidad más descomunal que la que podía soportar una mente acostumbrada a pasar la mayor parte del tiempo en un confortable mundo de símbolos. La literatura de la experiencia religiosa es rica en referencias a los tormentos y terrores que aplastan a quienes se han encontrado, de manera demasiado repentina, cara a cara con alguna manifestación del Mysterium tremendum. En lenguaje teológico, este medio se debe a la incompatibilidad entre el egoísmo del hombre y la pureza divina, entre la independencia exasperada del hombre y la infinitud de Dios. Podríamos afirmar, con Boehme y William Law, que las almas impenitentes sólo pueden captar la Luz divina en todo su esplendor como un fuego quemante del purgatorio. Se puede hallar una doctrina casi idéntica en El libro tibetano de los muertos, que describe cómo el alma difunta huye dolorida de la Pura Luz del Vacío, e incluso de las Luces menores y mitigadas, para arrojarse de cabeza en las tinieblas reconfortantes del yo en forma de ser humano renacido, o incluso de bestia, de espectro desdichado, de criatura del infierno. Cualquier cosa antes que la refulgencia abrasadora de la Realidad sin afeites… ¡cualquier cosa!

El esquizofrénico es un alma no sólo impenitente sino para colmo desesperadamente enferma. Su dolencia consiste en la incapacidad para evadirse de la realidad interior y exterior — como lo hace habitualmente el individuo cuerdo— y refugiarse en el universo doméstico del sentido común, en el mundo estrictamente humano de las ideas útiles, los símbolos compartidos y las convenciones socialmente aceptables. El esquizofrénico se parece a un hombre sometido permanentemente a la influencia de la mescalina, y por tanto incapaz de aislarse de la experiencia de una realidad con la que no puede convivir porque no es suficientemente santo, que no puede desechar mediante explicaciones porque se trata del más terco de los hechos primarios, y que, al no permitirle mirar nunca el mundo con ojos sencillamente humanos, lo asusta hasta el punto de hacerle interpretar su naturaleza inexorablemente extraña, la abrasadora intensidad de su significación, como manifestaciones de malevolencia humana o incluso cósmica, malevolencia ésta que reclama los contraataques más desesperados, que van desde la violencia asesina en un extremo de la escala, hasta la catatonia, o el suicidio psicológico, en el otro. Y una vez lanzados por el camino descendente, infernal, jamás podríamos detenernos. Ahora esto es harto evidente.

—Si se emprendiera la marcha en sentido equivocado —dije, contestando las preguntas del investigador—, cuanto sucediese sería una prueba de la conspiración urdida contra uno. Todo se confirmaría a sí mismo. No se podría exhalar un suspiro sin saber que este forma parte de la confabulación.
—¿Así que cree saber dónde reside la locura?
Mi respuesta fue un «sí» rotundo y sincero.
—¿Y podría controlarla?
—No, no podría. Si alguien partiera del miedo y el odio como premisa mayor, debería llegar hasta la conclusión.
—¿Podrías fijar tu atención en lo que El libro tibetano de los muertos llama la Luz Clara? —me preguntó mi esposa.
Dudé.
—¿Si pudieras fijarla, esto mantendría alejado el mal? ¿O no podrías fijarla?
Estudié un rato la pregunta.
—Quizá —respondí al fin—, quizá podría… pero sólo en compañía de alguien que me hablase de la Luz Clara. No es posible hacerlo a solas. Supongo que este es el sentido del ritual tibetano: alguien que está ahí sentado todo el tiempo y te dice qué es cada cosa. Después de escuchar la grabación de esta parte del experimento, cogí mi ejemplar de la versión Evans-Wentz de El libro tibetano de los muertos y lo abrí al azar. «Oh, tú, que has nacido noblemente, no permitas que tu mente se distraiga». En esto residía el problema: no debía dejarme distraer. No debía dejarme distraer por el recuerdo de viejos pecados, por placeres imaginados, por el regusto amargo de antiguos agravios y humillaciones, por todos los temores y el odio y los apetitos que generalmente eclipsan la luz. ¿Acaso los psiquiatras modernos no podrían hacer por los dementes lo que aquellos monjes budistas hacían por los moribundos y los muertos? Hacer brotar una voz para asegurarles, durante el día e incluso mientras duermen, a pesar de todo el terror, de toda la perplejidad y la confusión, que la Realidad última sigue siendo inconmoviblemente la misma y que incluso la luz interior de la mente más cruelmente atormentada está hecha de esa misma substancia. Mediante dispositivos tales como magnetófonos, interruptores equipados con mecanismos de relojería, sistemas de altavoces y parlantes incorporados a las almohadas, sería muy fácil recordar este hecho primordial incluso a los internados en una institución con muy poco personal. Quizás así se podría ayudar a unas pocas almas perdidas para dotarlas de un cierto control sobre el universo —simultáneamente bello y aterrador, pero siempre distinto del humano, siempre totalmente incomprensible— en el cual se ven condenadas a vivir. No transcurrió demasiado tiempo antes de que me apartaran de los inquietantes esplendores de mi silla de jardín. La hiedra frondosa que caía del seto formando verdes parábolas refulgía con una especie de radiación cristalina, parecida a la del jade. Un momento después un macizo de pimpollos rojos, en plena floración, estalló en mi campo visual. Las flores, tan apasionadamente vivas que parecían a punto de hablar, se empinaban hacia el azul del cielo. Como la silla bajo los listones, protegían demasiado. Bajé la mirada hacia las hojas y descubrí una filigrana cavernosa de luces y sombras verdes muy delicadas, que palpitaban preñadas de un misterio indescifrable.

Rosas: las flores son fáciles de pintar, difíciles las hojas.

El haiku de Shiki —que cito en la versión inglesa de R. H. Blyth— expresa, por vía indirecta, exactamente lo que yo sentía entonces: la gloria excesiva y demasiado evidente de las flores, que contrastaba con el milagro más sutil del follaje.

Salimos a la calle. Un gran automóvil de color azul claro se hallaba estacionado junto a la acera. Al verlo, me embargó súbitamente un inmenso regocijo. ¡Qué complacencia, qué absurdo engreimiento irradiaban esas superficies combadas de lustrosísimo esmalte! El hombre había creado eso a su imagen y semejanza, o mejor dicho, a imagen y semejanza de su personaje favorito de ficción. Me reí hasta que me corrieron lágrimas por las mejillas. Volvimos a entrar en la casa. Habían preparado la comida. Alguien, que aún no era idéntico a mí, se precipitó sobre ella con apetito voraz. Lo miré desde una distancia considerable y sin mucho interés. Después de la comida, subimos al auto y fuimos a dar un paseo. Los efectos de la mescalina ya estaban menguando, pero las flores de los jardines seguían vibrando sobre el filo de lo sobrenatural, y los pimenteros y algarrobos que bordeaban las calles laterales seguían perteneciendo patentemente a algún monte sagrado.

El Edén se alternaba con Dodona, el Yggdrasil con la Rosa mística. Y entonces, bruscamente, nos encontramos en una intersección, esperando el momento de cruzar Sunset Boulevard. Delante de nosotros circulaba una corriente ininterrumpida de autos… miles de autos, todos brillantes y refulgentes como el sueño de un ejecutivo de publicidad y cada uno más ridículo que el otro. Nuevamente me desternillé de risa. Por fin se abrió el Mar Rojo del tráfico y lo atravesamos rumbo a otro oasis de árboles y prados y rosas. Al cabo de pocos minutos llegamos a un punto panorámico de las colinas y vimos la ciudad desplegada a nuestros pies. Se parecía mucho a la ciudad que había visto en otras ocasiones, lo cual me desencantó bastante. Por lo que a mí concernía, la transfiguración era proporcional a la distancia. Cuanto más próxima, tanto más divinamente distinta. Este panorama vasto y borroso apenas se diferenciaba de sí mismo.

Seguimos adelante, y mientras permanecimos en las colinas, donde un panorama lejano sucedía a otro panorama lejano, la significación se mantuvo en el nivel cotidiano, muy por debajo del punto de transfiguración. La magia sólo empezó a actuar de nuevo cuando viramos por otro suburbio y nos deslizamos entre dos hileras de casas. Allí, no obstante la fealdad peculiar de la arquitectura, hubo nuevas vislumbres de la alteridad trascendental, atisbos del paraíso matutino. Las chimeneas de ladrillos y los tejados verdes refulgían al sol como fragmentos de la Nueva Jerusalén. Y de pronto vi lo que Guardi había visto y había vertido tan a menudo en sus cuadros, con incomparable maestría: una pared de estuco con una sombra sesgada, desprovista de adornos pero inolvidablemente hermosa, vacía pero preñada con todo el sentido y el misterio de la existencia. La revelación despuntó y volvió a desaparecer en una fracción de segundo. El auto había seguido su marcha, el tiempo descubría otra manifestación de la eterna Semejanza. «Dentro de la igualdad está encerrada la diferencia. Pero que la diferencia sea diferente de la igualdad no es en modo alguno la intención de todos los Budas. Su intención es tanto la totalidad como la diferenciación». Este macizo de geranios rojos y blancos, por ejemplo… era totalmente distinto de aquella pared de estuco que había quedado cien metros más atrás. Pero la «esencia» del uno y la otra era la misma, la cualidad eterna de su transitoriedad era la misma.

Una hora más tarde, cuando habían quedado atrás, ya sin riesgo alguno, otras diez millas y la visita al Drugstore Mayor del Mundo, estuvimos de nuevo en casa, y yo había retornado a ese estado tranquilizador pero profundamente insatisfactorio que denominamos «estar en sus cabales».

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Publicado el 22 noviembre, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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