Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 7-9)

Huxley1

Capítulo 7

1953
Cartas

El doctor Humphry Osmond era un investigador psiquiátrico que estudiaba la relación entre las experiencias con mescalina y la esquizofrenia en la Universidad de Saskatchewan cuando conoció a Huxley. Las siguientes cartas documentan la invitación de Huxley al doctor Osmond y su expectativa por ingerir mescalina.

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 623]

740 N. Kings Rd.,
Los Ángeles 46, California.
10 de abril de 1953

Estimado doctor Osmond:
Le agradezco su interesante carta y el artículo que la acompaña, así como las palabras muy amables y comprensivas que dedica a mi libro Devils. Parece que la hipótesis de trabajo más satisfactoria acerca de la mente humana debe ceñirse, hasta cierto punto, al modelo bergsoniano, en el cual el cerebro con su personalidad normal asociada se comporta como un dispositivo utilitario encargado de limitar, y de seleccionar dentro del inmenso mundo posible de la conciencia, y de encauzar la experiencia por canales biológicamente útiles. La enfermedad, la mescalina, el choque emocional, la experiencia estética y la iluminación mística tienen el poder de inhibir, cada uno a su manera y en distinta medida, las funciones de la personalidad normal y de su actividad cerebral corriente, permitiendo así que «el otro mundo» aflore en la conciencia. El problema básico de la educación es este: ¿Cómo aprovechar al máximo el mundo de la utilidad biológica y el sentido común y, al mismo tiempo, el mundo de la experiencia ilimitada que está subyacente? Sospecho que la solución cabal del problema sólo podrá emanar de quienes han aprendido a asentarse en el tercer y último mundo del «espíritu», el mundo que subtiende e impregna los otros dos. Pero sin llegar a esta solución definitiva, es posible que haya otras parciales, mediante las cuales se le puede enseñar al niño en vías de crecimiento a conservar en la edad adulta sus «atisbos de inmortalidad». Tal como se dispensa actualmente la educación, la inmensa mayoría de los adultos pierden, en el curso de esta, toda la apertura a la inspiración, toda la capacidad de tomar conciencia de elementos distintos de los enumerados en el catálogo Sears-Roebuck que constituye el mundo convencionalmente «real». La existencia de los pocos hombres y mujeres que conservan su contacto con el otro mundo, incluso mientras desarrollan sus actividades en este, demuestra que aquel no es el precio necesario e inevitable que se paga por la supervivencia biológica y la eficiencia civilizada. ¿Es exagerado pretender que algún día se pueda idear un sistema de educación cuyos resultados estén a la altura —en términos de desarrollo humano— del tiempo, el dinero, la energía y la dedicación invertidos? Es posible que la mescalina o alguna otra substancia química desempeñe un papel en dicho sistema de educación, al permitir que los jóvenes «saboreen y vean» lo que han aprendido de segunda mano, o directamente pero en un nivel más bajo de intensidad, en los escritos de los religiosos, o en las obras de poetas, pintores y músicos. Alimento grandes esperanzas de poder verlo por estas tierras durante el Congreso Psiquiátrico de mayo. Uno de los bichos más raros que encontrará en el congreso será un amigo nuestro, el doctor […], que quizás es el mayor virtuoso viviente de la hipnosis. (Por cierto, al menos para algunas personas, el trance hipnótico profundo es un camino que conduce al otro mundo… un camino menos radical que el de la mescalina, en la medida en que las experiencias son totalmente interiores y no se asocian con percepciones sensoriales y con el carácter de las cosas y las personas «de allí fuera», aunque no por ello deja de ser un camino muy concreto). Si resuelve concurrir al encuentro, podremos suministrarle cama y cuarto de baño… pero lamentablemente no disponemos de sitio más que para una sola persona. Dispondrá de libertad para ir y venir a su antojo, y siempre habrá algo para comer, aunque es posible que la comida sea un poco precaria en los días en que no tenemos cocinera. Sea como fuere, espero poder verlo y tener la oportunidad de discutir con más detenimiento algunos de los problemas planteados en su carta y en sus artículos y los del doctor Smythies.

Atentamente, Aldous Huxley

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 624]

740 N. Kings Rd.,
L. A. 46, Cal.
19 de abril de 1953

Estimado doctor Osmond:
¡Estupendo! Lo esperaremos el día tres. Permítame sugerirle que vaya en el autobús de la línea aérea hasta el Hollywood Roosevelt Hotel, adonde podremos ir a buscarlo, o desde el cual le resultará fácil coger un taxi. Con la congestión del tránsito, el ir a recibir viajeros al aeropuerto se ha convertido en una pesadilla, hasta el punto de que mi esposa, que conduce el coche, les ruega a todos que vengan hasta el Roosevelt, lo cual es más rápido para el pasajero y también más sencillo para la persona que ha de recibirlo. Hoffmann La Roche le ha comunicado a mi joven amigo el doctor que deben pedir que les envíen una partida de mescalina desde Suiza… así que quizá tardará semanas en llegar aquí. En el ínterin, ¿tiene esa substancia a mano? Si la tiene, espero que pueda traer un poco, porque estoy ansioso por realizar el experimento y me haría muy feliz realizarlo bajo la supervisión de un investigador tan veterano como usted.

Muy atentamente, Aldous Huxley

Capítulo 8

1953
Una mañana de mayo en Hollywood

DOCTOR HUMPHRY OSMOND

Aquí el doctor Osmond narra «aquella improbable expedición» que lo llevó a Los Ángeles con una dosis (0,4 gramos) de mescalina para Huxley, a quien guió en el viaje inmortalizado en Doors of Perception. Osmond expresa con humor las ansiedades clásicas del guía: aunque Aldous «parecía un sujeto ideal», Osmond temió momentáneamente que se lo conociera en el futuro como «el hombre que había hecho enloquecer a Aldous Huxley». Osmond continuó siendo uno de los amigos más íntimos de Huxley durante su última década, y fue el destinatario de muchas de las cartas más importantes de este acerca de la experiencia psicodélica.

Han transcurrido once años desde que realicé aquella improbable expedición a Hollywood. Yo trabajaba en un hospital psiquiátrico en las praderas de Canadá, a dos mil millas de distancia. Aunque había conservado conmigo un ejemplar de la magnífica antología de Aldous Huxley Texts and Pretexts durante la blitz de Londres y en los convoyes del Atlántico en un destructor de escolta, y aunque el libro aún me acompaña en mis andanzas, nunca había imaginado que conocería a su formidable autor. En verdad, si lo hubiera pensado, habría dudado que tuviésemos mucho en común, porque tanto entonces como ahora lo que más me interesa y preocupa es el cuidado, el tratamiento y la recuperación de los pacientes que padecen esquizofrenia.

El doctor John Smythies[2] y yo habíamos colaborado en un artículo para el Hibbert Journal[3] sobre el estado actual de la medicina psicológica. Aldous lo leyó, le gustó, y nos envió una carta típicamente cordial y alentadora en su letra cursiva que formaba un ligero declive sobre el papel. Añadía que esperaba que lo visitáramos cuando volviésemos a California. Ni John ni yo estábamos suficientemente aclimatados a Norteamérica como para pensar que dos o tres mil millas no implicaban una barrera específica contra los encuentros. Eso ocurría antes de que el reactor hubiera corroído totalmente nuestro sentido del espacio.

Sin embargo, más o menos un mes después de haber recibido aquella primera carta, yo viajaba rumbo a California para convertirme en huésped de Aldous y Maria Huxley. Inesperadamente, me habían enviado al congreso de la Asociación Psiquiátrica Americana que se celebraba entonces en Los Ángeles. Recuerdo que me sentí un poco turbado y también un poco orgulloso cuando anuncié que no necesitaría hotel porque me alojaría en casa de ellos.

Maria me contó los entretelones. Una mañana, mientras desayunaban, Aldous levantó la vista de su correspondencia y dijo: «Invitemos a casa a este fulano». Maria se sorprendió porque Aldous raramente sugería que invitaran a alguien a alojarse en su casa y porque nunca había oído hablar de «este fulano». Aldous le explicó: «Es un psiquiatra canadiense que trabaja con mescalina». Maria respondió: «Pero es posible que use barba y que no nos caiga simpático». Aldous recapacitó un poco y contestó: «Si no nos cae simpático estaremos siempre fuera». A María no le pareció que esta fuera una buena solución. Sin embargo, la invitación de Aldous indicaba que, si bien yo sería muy bienvenido, la naturaleza de su trabajo los obligaba a ambos a pasar mucho tiempo fuera. Esto me intrigó, sobre todo porque él manifestaba que le interesaba nuestro trabajo y que tal vez incluso se prestaría a servir de sujeto, si ello era posible. Yo también sentí aprensión, pero mi esposa comentó: «Sólo serán unos pocos días, y siempre podrás decir que una sesión de la A.P.A. te ha retenido hasta tarde».

La invitación fue un honor y una oportunidad. Sentía mucha curiosidad por conocer a ese hombre notable cuyas ideas había criticado desde una distancia segura, pero no soy un literato y la perspectiva me acobardaba. Llegué a casa de los Huxley, en Kings Road, no lejos de Sunset Boulevard, cansado y preocupado. No había podido averiguar cuáles eran las normas que regían la introducción de mescalina en los Estados Unidos. Cuando las descubrí algunos años más tarde me di cuenta de que mis temores habían estado justificados. También me sentía tímido y desmañado. Dudaba de poder mantener el tipo de conversación a la que suponía que estaban habituados los Huxley.

Maria me tranquilizó en seguida. No era en absoluto intimidante. Y a ella también la alivió comprobar que no usaba barba. «Sabía que usted y Aldous se entenderían, por el hecho de ser ambos ingleses», comentó. A juicio de Maria, los ingleses eran seres en general incomprensibles, excepto para sus compatriotas. Aldous se deslizó hacia mí desde la fresca penumbra de la casa hasta asomarse al porche soleado. Parecía suspendido una fracción de pulgada por encima del suelo como una de las figuras alegóricas de Blake. Era muy alto. Su cabeza era colosal, estaba bellamente delineada y tenía una frente espléndida. La mirada de su ojo más sano era aguzada y penetrante, pero parecía enfocada un poco por encima y por debajo de mí. Su apretón de manos fue precario e incierto, como si no le sedujera la costumbre, y en verdad no lo seducía, porque las personas de piel fina, de contextura ligera, delgadas, que Sheldon llama cerebrotónicas, no disfrutan mucho del contacto físico. Su voz era clara y estaba hermosamente modulada, con un timbre agudo, casi de trino, del cual tomé plena conciencia pocos días más tarde en el congreso de la A.P.A. Nos hallábamos en el vestíbulo, junto al salón de sesiones, cuando la voz de Aldous cortó el bullicio como la hoja de un cuchillo: «Pero Humphry, es increíble que en un país marxista como este…». Corría el año 1953, en el apogeo de la era de McCarthy. «Marxista» era una palabra diabólica en la ciudad de Los Ángeles.

Lo que me impresionó desde el principio y siguió impresionándome durante los años de nuestra amistad fue la bondad y la tolerancia de este hombre, cuyos escritos me habían hecho suponer a veces que sería un individuo desencantado, cínico e incluso salvaje. Tardé un tiempo en entender que Bertie era Bertrand Russell, que Tom Eliot era T. S. Eliot, y que Lawrence era, por supuesto, D. H. María me contó que cuando ella estaba mecanografiando el manuscrito de Lady Chatterley, Lawrence se le acercó un día desolado y avergonzado. Espetó: «María, nunca debes volver a usar esa palabra». María le preguntó cuál podía ser la palabra prohibida, y Lawrence pronunció de mala gana la procacidad ahora tan corriente. «Pero Lawrence —protestó ella—, si la usas constantemente en Lady Chatterley. Además es una palabra muy buena». Lawrence explicó afablemente que ella no debería volver a usarla porque «le chocaría a Aldous. No es en absoluto una buena palabra, y de todas maneras nunca serviría para nada». María se quedó perpleja porque la palabra no parecía molestar ni remotamente a Aldous, pero puesto que era evidente que sí disgustaba a Lawrence, cesó de emplearla. Ambos siempre hablaban muy afectuosamente de Lawrence. Yo había previsto que Aldous sería una persona bien informada, pero desde el primer encuentro hasta el último que tuvimos en Estocolmo el año pasado, nunca dejé de asombrarme y deleitarme con la envergadura, la audacia, la flexibilidad y la cabal jovialidad de su espléndida inteligencia. Cuando estaba a gusto, descerrajaba ideas con la misma gracia, la misma elegancia y el mismo sentido del humor con que un delfín amaestrado juega con una pelota. Ya estuviéramos en un congreso científico, en una gira turística por Nueva York, visitando el inmenso cementerio de Forest Lawn, caminando por el parque de Surrey que a él le encantaba tanto, rodando por el desierto de Mohave, marchando rumbo al Athenaeum donde, como él decía, «apenas puedes oír tus propios pensamientos entre el chirrido de las hachas políticas, académicas y eclesiásticas que se afilan allí para cortar cabezas», o de compras en Ohrbach’s, Aldous no dejaba de discutir cuestiones tanto serias como triviales con su inmensa reserva de conocimientos expertos. Era un enamorado de los chismes interesantes sobre toda clase de temas: el último descubrimiento científico, los principios teológicos, libros, pinturas, nuevos adelantos en la purificación de aguas residuales, utopías, el sistema de suministro de agua de Los Ángeles (uno de sus temas favoritos), el efecto de la ropa producida en masa sobre los sistemas sociales y políticos, la parapsicología o el futuro de las megápolis… siempre que le dieran la oportunidad de reflexionar y formular comentarios sobre la naturaleza infinitamente extraña de la vida. Aunque estaba muy bien informado siempre aprendía más, y el mejor tributo que uno podía obtener de él era su regocijado: «¡Pero si es increíble!».

Quienes no lo conocían, o no estaban muy familiarizados con el tema específico que discutía, podían caer en el error de suponer que sus conocimientos eran superficiales, porque lucía su gran sabiduría con desparpajo y nunca era pomposo. Se veía a sí mismo como un hombre culto que hacía todo lo posible por estar al día con su tiempo, y le parecía natural proceder así. Creo que tenía plena conciencia de que era inmensamente inteligente y de que estaba muy bien dotado, pero no consideraba que este fuera un motivo de vanidad o engreimiento. De lo que sí estaba orgulloso era de poder ganarse la vida con la pluma: disfrutaba de su profesión y sentía por ella un cariño y un interés de artesano. Se veía a sí mismo como un escritor que debía estar en condiciones de comunicarse con toda clase de personas, y no sólo con los sofisticados o los eruditos. Nunca pensaba que pudiera menoscabarlo el hecho de escribir para el cine o para revistas populares. En una oportunidad planeó convertir Brave New World en una comedia musical porque le pareció que así divulgaría mejor sus ideas. Escribía para Playboy y para Daedalus, para Life y para Encounter, y opinaba que todas estas revistas eran canales igualmente aceptables para comunicarse con la gente. Les escribía a hombres y mujeres interesantes de todo el mundo y le gustaba reunirse con ellos, y parecía estar igualmente cómodo con sabios, científicos, millonarios, gurúes, dramaturgos y administradores, así como con las personas más chifladas y extravagantes. Y todos parecían disfrutar inmensamente de su inteligencia crítica, objetiva, sagaz, y al mismo tiempo bondadosa y entusiasta.

Aldous me acompañó a una de las principales sesiones del congreso. Asistió a ella con la mayor atención, y se persignaba devotamente cada vez que alguien mencionaba el nombre de Freud. En Brave New World el Salvador se llamaba «Nuestro Ford» o, como algunas personas preferían designarlo, por una razón ignorada, «Nuestro Freud». Esa era una congregación que incluía a muchos freudianos creyentes, así que Aldous tenía en qué entretenerse. Afortunadamente mis colegas psiquiatras estaban tan absortos en los ensalmos que nadie se fijó en él. Cuando concluyó el congreso, afloró la mescalina, porque yo había confesado que tenía una dosis en mi poder. Maria me aseguró que Aldous estaba ansioso por ingerirla, pues había adivinado correctamente que «los dos ingleses» habíamos eludido el tema. El médico de la familia no había puesto objeciones. Aldous no tenía dolencias hepáticas. No obstante los comentarios que oí alguna vez sobre las «infortunadas propensiones místicas de sus últimos años», me pareció, tanto entonces como posteriormente, lúcido, realista y atinado. Pero por supuesto, aunque existan ideas generalizadas en sentido contrario, la historia del misticismo concierne a muchos individuos prácticos, perspicaces y socialmente útiles.

Aldous se había agenciado un dictáfono para esa ocasión. No encontré una forma decorosa de zafarme y acordamos realizar el experimento. Pasé una noche intranquila. A la mañana siguiente, mientras agitaba el agua y observaba cómo los cristales de mescalina de color blanco plateado giraban y se disolvían con un ligero rastro aceitoso, me pregunté si la dosis sería suficiente o excesiva. Esa era una deliciosa mañana de mayo, en Hollywood, sin un atisbo de smog que hiciera arder los ojos, y no demasiado calurosa. Sin embargo estaba intranquilo. Aldous y Maria se afligirían si no surtía efecto, ¿pero y si lo surtía en exceso? ¿Debería reducir la dosis a la mitad? El entorno difícilmente podría haber sido mejor, Aldous parecía un sujeto ideal, Maria era eminentemente sensata y todos habíamos congeniado, pero no me complacía la posibilidad, por muy remota que esta fuera, de convertirme en el hombre que había hecho enloquecer a Aldous Huxley. Mis temores resultaron ser infundados. La substancia química amarga no actuó tan rápidamente como Aldous había esperado con bastante impaciencia. Disolvió gradualmente la pátina del pensamiento conceptual; las puertas de la percepción se limpiaron, y Aldous percibió las cosas con menos interferencias de su inmenso cerebro racionalizador. Al cabo de dos horas y media noté que surtía efecto, y al cabo de tres comprendí que todo marcharía bien. Aldous y María quedaron muy complacidos. Yo también, y a mi complacencia se sumó una gran sensación de alivio.

Tres días más tarde volví en avión a Canadá, donde encontré las praderas azotadas por una ventisca tardía. Había disfrutado mucho y esperaba ansiosamente el informe de Aldous, que este desarrolló en un libro famoso: The Doors of Perception. A partir de entonces continuamos viéndonos por lo menos una vez por año, y siempre nos escribíamos. Ahora tengo a mi lado su última carta, fechada el 15 de octubre de 1963. Discutía el esquema de un estudio sobre el potencial humano en el cual trabajábamos conjuntamente. Es típica de él… «Pero como me parezco al viejo de las Termopilas que nunca hace nada correctamente, no encuentro el duplicado». La carta concluye así: «Siento que nunca volveré a servir para nada, pero espero y pienso que esta situación pasará a su debido tiempo (claro que pasará: este es el único refrán que vale para todas las situaciones humanas, tanto buenas como malas)».

Aldous estaba muy interesado en la relación entre el aspecto físico y el temperamento y era íntimo amigo del doctor William Sheldon, uno de los notables pioneros de esta especialidad. Por su intermedio conocí a Sheldon, quien me dijo que Aldous era una de las poquísimas personas que entendían realmente cuál era su meta. En una de nuestras expediciones a Ohrbach’s, en Los Ángeles, adonde habíamos ido de compras, Aldous me inició en el arte de la tipificación somática en la escalera mecánica. Las personas montadas en las escaleras mecánicas se comportan con naturalidad, no imaginan que las observan y están distendidas. Mientras nos cruzábamos con ellas, Aldous exclamaba, por ejemplo: «Humphry, ¿has visto a esa mujer maravillosamente somatotónica, con rasgos aztecas?». Él mismo ilustró las limitaciones que la contextura impone incluso a la imaginación más viva cuando comentó: «Sabes, no puedo imaginar cómo sería ser Joe Louis». Yo había supuesto que con su profunda comprensión del temperamento no le habría resultado muy difícil entrar en el mundo del gran boxeador. Este es un mundo en el cual todo gira alrededor de esos pocos momentos muy rituales e intemporales que transcurren en el ring, momentos de autenticidad para los que vive un gran pugilista y durante los cuales está realmente vivo. Pero a Aldous, de esqueleto ligero, músculos magros, lineal, delgado y cerebrotónico, le parecía incomprensible que alguien pudiera complacerse en presenciar ese combate donde se quebrantaban los huesos y se machacaban los sesos, con impactos lacerantes de cuerpos, o que pudiera complacerse participando en él.

Maria falleció no mucho después de mi segunda visita a Los Ángeles. Como sabía que le quedaba poco tiempo de vida, me explicó que estaba muy preocupada por Aldous. Pero este demostró estar mejor pertrechado y ser más adaptable de lo que ella y la mayoría de sus amigos habían previsto.

Me presentó a muchas personas a las que creía que les interesaría nuestro trabajo, y dichas presentaciones dieron muchos frutos. Por ejemplo, la de la señora Eileen Garrett[4] ha desembocado en diversos estudios que asocian la parapsicología con la psicofarmacología. Y de esto surgieron a su vez excitantes novedades en el campo de la hipnosis, tema favorito de Aldous. Y con su hermano Julian[5], mi colega el profesor Abram Hoffer y yo hemos estado explorando algunas de las ventajas genéticas de la condición esquizofrénica. En nuestro trabajo con substancias psicodélicas (las que manifiestan la mente o revelan la mente), Aldous postulaba una cautelosa audacia, y aconsejaba a los exploradores que hicieran el bien sigilosamente y que evitaran la publicidad. Infortunadamente estos no siempre siguieron sus consejos.

Cuando nos encontrábamos en Nueva York, Aldous casi siempre se precipitaba dentro de una galería y revoloteaba de cuadro en cuadro. Los escudriñaba a través de su lupa y siempre descubría cosas que yo, con mucho mejor vista, nunca había observado.

Fue mientras escribía Island cuando me enteré de que padecía el cáncer que habría de matarlo. Fue el día de las elecciones presidenciales, en noviembre de 1960, y yo había volado para visitarlo en Cambridge, Massachusetts, donde estaba disertando. Lo encontré demacrado, cansado y pálido. Me dijo que tenía un cáncer en la lengua, pero que su médico alimentaba muchas esperanzas de que respondiera a un tratamiento con agujas de radio. Había pensado operarse, pero cuando se enteró de que esto le dificultaría casi con seguridad el habla, desistió. Me pidió que no lo comentara con otros miembros de su familia porque se preocuparían y esto no lo ayudaría. Después desechó el tema y me leyó el capítulo de Island dedicado a la medicina Moksha, al empleo de las substancias psicodélicas con el fin de ayudar a la gente a prepararse para el cambio en un mundo en vías de transformación, y de enseñarles la forma de aprender a cambiar para bien y la forma de prepararse para morir. Está abarrotado de sus mejores ideas, que recompensarán un estudio y una consideración esmerados y que aún no han sido cabalmente valoradas.

A comienzos de 1961, él y Laura perdieron su nuevo hogar en un feroz incendio forestal, y se quemaron todos sus bienes, incluidos libros y papeles. Esa fue una especie de muerte, un despojo total. Como él habría de decir más tarde: «Lo tomé como un signo de que la parca torva me estaba inspeccionando con detenimiento». Sin embargo también capeó este temporal, y durante sus visitas de 1961 y 1962 a Inglaterra, aunque estaba flaco como una estaca, hasta el punto de que parecía que se lo llevaría el viento, se mostró maravillosamente animado.

Apenas un año antes de morir se detuvo frente a la casa donde había nacido en Charterhouse School, en Surrey, y lo conmovió y sorprendió que el nuevo propietario lo reconociera y lo invitara a entrar. Le resultaba difícil ser una figura pública y tomarse en serio como un gran hombre. Me dijo que los panegíricos lo ponían incómodo, porque le inspiraban ganas de reírse o de mirar en torno para vislumbrar al admirable destinatario de tan elogiosos discursos. Sin embargo, disfrutó de la recepción que le tributaron en Río de Janeiro, donde durante todos los días de su estancia un periódico publicó una columna titulada O sabio. «Este es el único país del mundo donde alguien desea leer diariamente la opinión de un literato sobre las cosas en general». En tanto que Brasilia le pareció cansadora y un poco inhumana, el punto culminante de su visita fue el vuelo Amazonas arriba, para ver a una tribu de indios de la Edad de Piedra. Le dio la bienvenida uno de los estupendos antropólogos del Servicio Indígena, quien al oír el nombre Huxley preguntó: «¿Sir Julian?», y cuando le contestaron: «No, Aldous», prorrumpió en lágrimas de júbilo. Creo que nunca le rindieron un tributo que valorara más que este.

La última vez que visitó la Academia Mundial de Estocolmo, en agosto, estaba pálido y traslúcido, e incluso había dudado si podría concurrir. El cáncer había reaparecido pero había sido derrotado nuevamente por el momento. Sin embargo Aldous se esforzaba fervientemente por persuadir a los miembros de la Academia de que había que estudiar el potencial humano. Cuando lo logró, se abocó a la preparación de un plan. Yo lo acompañé mientras lo completaba en su habitación del hotel. Estaba absorto en su trabajo. Al contemplarlo, intuí que quizá nunca volvería a verlo, y por ello tomé algunas fotos del maestro artesano en plena faena. Porque nunca lograba ese estilo coloquial engañosamente desenvuelto sin muchas revisiones escrupulosas. Me explicó que no le resultaba más fácil escribir ahora que veinticinco años atrás. No conocía atajos para escribir bien, como no fuera reescribiendo reiteradamente. Cuando nos separamos yo estaba inquieto, pero procuré ocultar mis malos presentimientos. Aldous debía visitarme en Princeton, en octubre, y sólo faltaban dos meses. Y durante los últimos minutos que pasamos juntos, discutimos quiénes deberían ser invitados a colaborar en la nueva obra. Pero cuando llegó octubre, estaba demasiado enfermo para viajar. Se había agotado el tiempo ganado mediante el tratamiento con rayos X, y pronto mi querido amigo, el sabio y afable trifibio —pues esta era su propia definición del hombre— dejó de existir.

Capítulo 9

1953
Cartas

El siguiente grupo de cartas escritas después del primer experimento de Huxley con mescalina demuestran su considerable entusiasmo («sin duda la experiencia más extraordinaria y significativa antes de llegar a la Visión Beatífica») y su creciente interés por las áreas de la parapsicología, la enfermedad mental, la experiencia visionaria y la política de la investigación de drogas. El largo ensayo al que se refiere es, desde luego, The Doors of Perception, que escribió durante los meses de verano, después de haber realizado un largo viaje en automóvil por el oeste de los Estados Unidos.

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 623]

740 N. Kings Rd.,
Los Ángeles 46, California.
21 de junio de 1953

Estimado Humphry:
Nuestro viaje terminó apenas ayer. Esto explica la larga demora en contestar tu carta. Claro que hablaré con Hutchins acerca de tu proyecto cuando se presente la oportunidad apropiada. Mientras tanto creo que sería bueno que describas en un par de páginas mecanografiadas la naturaleza de este. Menciona la importancia potencial de los estudios sobre mescalina desde un punto de vista puramente médico[7], y después pasa a su importancia en los campos más generalizados de la psicología, la filosofía, la teoría del conocimiento. Subraya que los materiales disponibles aún son ridículamente exiguos, y que se necesitan muchos más casos para determinar cómo reaccionan ante la droga personas de diferentes contexturas y temperamentos. P. ej., si la reacción de los visualizadores de Galton es distinta de la de los no visualizadores. (Estoy seguro de que debe ser distinta. Yo soy un no visualizador y capté muy pocas imágenes. Sin embargo muchos de los que han ingerido la substancia hablan de visiones). Además, ¿existe una diferencia marcada entre las reacciones medias de los cerebrotónicos, viscerotónicos y somatotónicos extremos? ¿Las personas con marcadas dotes musicales tienen una contrapartida auditiva de las visiones y transfiguraciones del mundo exterior que experimentan los demás? ¿Cómo afecta la substancia a los matemáticos puros y los filósofos profesionales? (Sería interesante probarla en un positivista lógico. ¿Acaso este, como Tomás de Aquino en las postrimerías de su vida, cuando le fue concedida una experiencia de «contemplación inspirada», dirá que toda su filosofía era paja y polvo, y se negará a continuar su lucubración intelectual?). Armado con este resumen del proyecto, y también con mi propio ensayo sobre el tema [The Doors of Perception] (que promete convertirse en un trabajo de largo aliento, dada la cantidad de interrogantes que plantea, y los distintos tipos de luz que proyecta, en tantas disciplinas), entrevistaré a Hutchins y procuraré despertar su interés. Creo que es muy probable que él mismo quiera probar la substancia, y puesto que hay varias personas de diversas idiosincrasias que han expresado, o ciertamente expresarán, el deseo de intentar el experimento, ¿no será posible que tomes recaudos para venir tú, o para que venga John Smythies, más adelante, por unos pocos días, con el fin de realizar la investigación? Las partes interesadas podrían sufragar los gastos de viaje, y podríais alojaros en nuestra casa, o en casa de Hutchins o de algún otro si fuera necesario ir a Pasadena para entrar en contacto con la Fundación Ford o con los físicos del Caltech. Dime si la idea te parece viable y empezaré a preparar el terreno. Mientras tanto envíame tu resumen. Cuando mi ensayo esté terminado te lo mandaré.

Maria también os envía sus mejores deseos a ti y a tu familia.

Tuyo,
Aldous H.

A HAROLD RAYMOND [SMITH 632]

740 North Kings Rd.
Los Ángeles 46, Cal.
21 de junio de 1953

Mi estimado Harold:
Regresamos ayer de una gira de tres semanas por el Noroeste y encontramos tu carta sobre Penguin. Tiendo a coincidir contigo en que esta es una buena jugada, así que resolveremos llevarla adelante.

El volumen de ensayos en el que he estado trabajando esporádicamente desde hace un tiempo marcha bastante bien, y espero tener lista la colección completa en otoño. Ahora me ocupo de lo que promete convertirse en un ensayo muy extenso sobre una experiencia con mescalina, que realicé en el pasado mes de mayo, cuando vino a alojarse con nosotros un joven psiquiatra inglés excepcionalmente capaz, que ahora investiga el problema de la esquizofrenia junto con un equipo de jóvenes médicos y bioquímicos igualmente emprendedores, en Canadá. Probablemente has leído descripciones de experiencias con mescalina: la de Havelock Ellis, por ejemplo, o la de Weir Mitchell[9], y también ha habido muchas otras. Se trata sin duda alguna de la experiencia más extraordinaria y significativa que está al alcance de los seres humanos antes de llegar a la Visión Beatífica: postula una multitud de problemas filosóficos, y arroja intensa luz y plantea todo tipo de interrogantes en los campos de la estética, la religión, la teoría del conocimiento. Lo más extraordinario de la mescalina —el principio activo del cacto peyotl que utilizan los indios de América del Norte en sus ceremonias religiosas, y que ahora ha sido sintetizado— es que se trata de una substancia casi totalmente desprovista de efectos tóxicos. No produce resultados físicos desagradables, si se exceptúa una ligera sensación de mareo al principio; no reduce la capacidad intelectual; y no produce la menor resaca… sólo una transformación de la conciencia para que uno sepa exactamente a qué se refería Blake cuando dijo: «Si se limpiaran las puertas de la percepción todo aparecería tal como es: infinito y santo». El esquizofrénico alcanza ocasionalmente este tipo de conciencia, pero como empieza con miedo y como el hecho de ignorar cuándo y de qué manera emergerá de esta condición de conciencia modificada tiende a intensificar dicho miedo, sus experiencias más comunes son de Otro Mundo, que no está situado en el cielo sino en el infierno y el purgatorio. Estos jóvenes de Canadá están sobre la pista de algo inmensamente importante: un elemento bioquímico que contribuye a causar la esquizofrenia. La mescalina y la droga recientemente aislada, el ácido lisérgico, que surte el mismo efecto, están muy próximas, desde el punto de vista químico, a la adrenalina. Y uno de los productos derivados de la adrenalina, el adrenocromo, que puede aparecer en el organismo, está en condiciones de generar, cuando se lo aísla, experiencias muy afines a las que genera la mescalina. Así que quizá nos estamos acercando a un medio para curar o prevenir esta plaga moderna de gran envergadura. ¿Quién sabe? Nuestros cariños para ambos.

Tuyo,
Aldous

AL DOCTOR HUMPHRY OSMOND [SMITH 623]

740 N. Kings Rd.,
Los Ángeles 46, California.
31 de octubre de 1953

Estimado Humphry:
… Gracias por el ejemplar de Macleans. El artículo era muy interesante[10]. ¿El ácido lisérgico produce esos resultados aterradores? ¿O acaso le administrasteis a vuestro conejillo de Indias una dosis excesiva? ¿O, en cambio, el sujeto ya tenía una ligera neurosis que se magnificó hasta tornarse irreconocible? Cualquiera que sea la respuesta, lo que continúa siendo inexplicable es la naturaleza de estas visiones. ¿Quién inventa semejantes prodigios? ¿Y por qué el no-yo responsable de la invención pone el acento precisamente en estas cosas? Las joyas y las arquitecturas parecen ser casi específicas: un síntoma regular de la experiencia con mescalina. Me pregunto si esto tiene algo que ver con las fantasías de las Mil y Una Noches y de otros cuentos de hadas. Sin duda los palacios enjoyados son, en parte, una materialización de deseos: lo opuesto a la experiencia cotidiana. Pero también pueden ser auténticas choses vues, elementos del paisaje corriente de determinado tipo de personas. Sería interesante saber si los niños, que no saben nada de joyas, o los seres primitivos, para los cuales los diamantes, los rubíes, etcétera, carecen de sentido, verían algo semejante…

Tuyo,
Aldous

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Publicado el 9 noviembre, 2016 en Texto y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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