Aldous Huxley: Moksha (Capítulo 5-6)

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Capítulo 5

1944
Una ausencia ilimitada

ALDOUS HUXLEY

La novela de Huxley Time Must Have a Stop contiene una descripción llamativa y profética de un estado post mórtem que se asemeja extraordinariamente a la aniquilación del Yo bajo la acción de una droga psicodélica entre moderada y fuerte.

Ya no sentía ningún dolor, ni la necesidad de jadear, y el suelo embaldosado del lavabo había dejado de ser frío y duro.

Todos los sonidos se habían extinguido y reinaba la oscuridad. Pero en medio del vacío y el silencio perduraba una especie de conocimiento, una vaga conciencia.

Conciencia no de un nombre o una persona, no de las cosas presentes, ni de los recuerdos del pasado, y ni siquiera del acá o el allá, porque no había lugar alguno, sino sólo una existencia cuya única dimensión consistía en este saber que no tenía propietario ni propiedades y que estaba solo.

La conciencia se conocía sólo a sí misma, y a sí misma sólo como ausencia de algo más.

El conocimiento se internaba en la ausencia que era su objeto. Se internaba en la oscuridad,
más y más. Se internaba en el silencio. Ilimitadamente. No había fronteras.

El conocimiento se conocía a sí mismo como una ausencia ilimitada dentro de otra ausencia ilimitada, que ni siquiera era consciente.

Era el conocimiento de una ausencia cada vez más total, de una privación cada vez más atroz. Y tenía conciencia con una especie de apetito creciente, pero un apetito de algo que no existía. Porque el conocimiento era sólo de ausencia, de ausencia pura y absoluta.

Era el conocimiento de una ausencia cada vez más total, de una privación cada vez más atroz. Y tenía conciencia con una especie de apetito creciente, pero un apetito de algo que no existía. Porque el conocimiento era sólo de ausencia, de ausencia pura y absoluta.

Una ausencia soportada durante lapsos cada vez más prolongados. Lapsos de desasosiego. Lapsos de hambre. Lapsos que se expandían progresivamente a medida que se agudizaba también progresivamente el frenesí de la insaciabilidad, lapsos que se prolongaban hasta convertirse en eternidades de desesperación.

Eternidades del conocimiento insaciable, desesperante, de la ausencia dentro de la ausencia, ubicua, sempiterna, en una existencia unidimensional…

Y entonces, repentinamente, afloraba otra dimensión, y lo eterno cesaba de ser eterno.

Aquella dimensión en que la conciencia de la ausencia se conocía a sí misma, aquella mediante la cual era incluida e impregnada, y dejaba de ser una ausencia para convertirse en la presencia de otra conciencia. La conciencia de la ausencia se sabía sabida.

En el oscuro silencio, en el vacío de toda sensación, algo empezaba a conocerla. Al principio muy débilmente, desde una distancia inconmensurable. Pero la presencia se aproximaba gradualmente. La tenuidad de ese otro conocimiento cobraba más brillo. Y de pronto la conciencia se había convertido en una conciencia de la luz. La luz del conocimiento mediante el cual era conocida.

La ansiedad encontraba alivio, el apetito encontraba satisfacción, en la conciencia de que había algo más que ausencia.

En lugar de privación existía esta luz. Existía este conocimiento de ser conocido. Y este conocimiento de ser conocido era un conocimiento satisfecho, incluso jubiloso.

En lugar de privación existía esta luz. Existía este conocimiento de ser conocido. Y este conocimiento de ser conocido era un conocimiento satisfecho, incluso jubiloso.

Sí, producía júbilo el hecho de ser conocido, de ser así abarcado dentro de una presencia rutilante, de estar así impregnado por una presencia rutilante.

Y como la conciencia estaba así abarcada por ella, impregnada por ella, se identificaba con ella. La conciencia no sólo era conocida por ella sino que también conocía con su conocimiento.

Conocía, no la ausencia, sino la luminosa negación de la ausencia, no la privación, la dicha.

El apetito perduraba. Apetito de conocer aun más una negación aun más total de la ausencia.

Apetito, pero también la satisfacción del apetito, también la dicha. Y luego, a medida que aumentaba la luminosidad, nuevamente apetito de satisfacciones más profundas, de una dicha más intensa.

Dicha y apetito, apetito y dicha. Y a lo largo de lapsos cada vez más prolongados la luz seguía refulgiendo de belleza en belleza. Y el júbilo de saber, el júbilo de ser sabido, aumentaba a medida que aumentaba esa belleza comprehensiva y compenetrante.

Más y más refulgente, a lo largo de lapsos sucesivos, que por fin se expandían en una eternidad de júbilo.

Una eternidad de conocimiento radiante, de dicha inmutable en su intensidad última. Por siempre jamás.

Pero lo inmutable empezaba a cambiar, gradualmente.

La luz brillaba más intensamente. La presencia se tornaba más apremiante. El conocimiento se hacía más exhaustivo y completo.

Bajo el impacto de esta intensificación, la jubilosa conciencia de ser sabido, la regocijada participación en este saber, quedaba prensada contra los límites de su dicha. Prensada con una presión creciente hasta que por fin los límites empezaban a ceder y la conciencia se encontraba más allá de estos, en otra existencia. Una existencia donde el conocimiento de estar abarcado dentro de una presencia rutilante se había convertido en el conocimiento de estar oprimido por un exceso de luz. Donde esta impregnación transfiguradora era captada como una fuerza desquiciante nacida de dentro. Donde el conocimiento era tan penetrantemente luminoso que la participación en él estaba fuera del alcance del participante.

La presencia se aproximaba, la luz se intensificaba.

Donde había habido dicha eterna había ahora un desasosiego inmensamente prolongado, un lapso de dolor inmensamente prolongado y, a medida que este aumentaba, lapsos cada vez más prolongados de angustia intolerable. La angustia de sentirse obligado, por participación, a saber más de lo que podía saber el participante. La angustia de ser triturado por la presión de un exceso de luz… triturado y reducido a condiciones de densidad y opacidad cada vez mayores. La angustia, simultáneamente, de ser quebrantado y pulverizado por el impulso de ese conocimiento impregnante nacido de dentro. Desintegrado en fragmentos cada vez más pequeños, en mero polvo, en átomos de mera inexistencia.

Y el conocimiento en el que había participación captaba como abominables este polvo y la siempre creciente naturaleza densa de esta opacidad. Los juzgaba y los encontraba repulsivos: la privación de toda belleza y realidad.

La presencia se aproximaba inexorablemente, la luz se intensificaba.

Y con cada aumento del apremio, con cada intensificación de este conocimiento invasor de fuera, de este brillo desquiciante que empujaba desde dentro, se multiplicaba el dolor, el polvo y la oscuridad compactada se tornaban más bochornosos, eran conocidos, por participación, como la más inmunda de las ausencias.

Vergonzosamente perenne en una eternidad de bochorno y dolor.

Pero la luz se intensificaba, se intensificaba torturantemente.

Toda la existencia era fulgor, toda excepto este pequeño coágulo de ausencia opaca, excepto estos átomos dispersos de una nada que, por conciencia directa, se conocía a sí misma como opaca e independiente, y que al mismo tiempo, merced a una desgarradora participación en la luz se conocía a sí misma como la más horrible y bochornosa de las privaciones.

Un brillo que trasciende los límites de lo posible, y luego aun más intenso, próximo a la incandescencia, presionando desde fuera, desintegrando desde dentro. Y al mismo tiempo este otro conocimiento, cada vez más penetrante y completo, a medida que la luz se intensificaba, de una coagulación y una desintegración que parecían gradualmente más bochornosas a medida que los lapsos se prolongaban interminablemente.

No había evasión, una eternidad en la que no había evasión. Y a lo largo de lapsos cada vez más prolongados, aunque cada vez más desacelerados, la refulgencia aumentaba de imposible en imposible, se aproximaba de manera más apremiante y torturante.

Repentinamente afloró un nuevo conocimiento contingente, una conciencia condicional de que, si no participaba en la refulgencia, la mitad del dolor desaparecería. Ya no percibiría la fealdad de esta privación coagulada o desintegrada. Sólo quedaría una autonomía opaca, que se sabría a sí misma distinta de la luz invasora.

Un polvo desdichado de nada, un pobre y diminuto coágulo inofensivo de simple privación, triturado desde fuera, disgregado desde dentro, pero que seguía resistiéndose, que seguía negándose, no obstante la angustia, a despojarse de su derecho a una existencia independiente.

Bruscamente, se produjo un nuevo y abrumador chispazo de participación en la luz, en la torturante conciencia de que no había tal derecho a la existencia independiente, de que esta ausencia coagulada y desintegrada era vergonzosa y debía ser negada, aniquilada… sometida implacablemente al fulgor de ese conocimiento invasor y totalmente destruida, disuelta en la belleza de esa incandescencia imposible.

Durante un lapso descomunal ambas conciencias parecieron quedar equilibradas: el conocimiento que se sabía independiente, que conocía su propio derecho a la independencia, y el conocimiento que conocía la naturaleza vergonzosa de la ausencia y la necesidad de que esta fuera dolorosamente aniquilada por la luz.

Parecieron quedar equilibradas, como si oscilaran sobre el filo de un cuchillo entre una magnitud imposible de belleza y una magnitud imposible de dolor y vergüenza, entre un apetito de opacidad e independencia y ausencia y un apetito de participación aun mayor en el brillo.

Y entonces, después de una eternidad, se produjo la renovación de ese conocimiento contingente y condicional: «Si no participaba en la refulgencia, si no participaba…».

Y de pronto ya no hubo participación alguna. Hubo un autoconocimiento del coágulo y del polvo desintegrado, y la luz que conocía estos elementos era otro conocimiento. Continuaba la invasión torturante desde dentro y desde fuera, pero ya no existía el bochorno, sino sólo una resistencia al ataque, una defensa de derechos.

El brillo empezó a perder gradualmente parte de su intensidad, a replegarse, por así decir, a hacerse menos apremiante. Y súbitamente se produjo una especie de eclipse. Algo se interpuso bruscamente entre la luz insufrible y la conciencia sufriente de la luz como una presencia ajena a esta privación coagulada y desintegrada. Algo que tenía la naturaleza de una imagen, algo que compartía un recuerdo.

Una imagen de cosas, un recuerdo de cosas. Cosas relacionadas con cosas de una manera bienaventuradamente familiar que aún no era posible captar con claridad.

Casi completamente eclipsada, la luz perduró, tenue e insignificante, sobre las fronteras de la conciencia. En el centro sólo había cosas.

Cosas aún no reconocidas, ni imaginadas o recordadas cabalmente, desprovistas de nombre e incluso de forma, pero categóricamente presentes, categóricamente opacas.

Y ahora que la luz se había eclipsado y no había participación, la opacidad ya no era vergonzosa. La densidad era dichosamente consciente de la densidad, la nada de la nada opaca. El conocimiento no era dichoso, pero sí era profundamente tranquilizador.

el conocimiento se aclaró gradualmente, y las cosas conocidas se tornaron más definidas y familiares. Más y más familiares, hasta que la conciencia flotó sobre el filo del  reconocimiento.

Aquí algo coagulado, aquí algo desintegrado. ¿Pero qué eran esas cosas? ¿Y qué eran esas opacidades correspondientes mediante las cuales se las conocía?

Hubo un prolongado lapso de incertidumbre, un largo, largo tanteo en un caos de posibilidades no manifestadas.

Entonces, bruscamente, fue Eustace Barnack quien tuvo conciencia. Sí, esa opacidad era Eustace Barnack, esa danza de polvo agitado era Eustace Barnack. Y el coágulo situado fuera de él, esa otra opacidad de la que tenía la imagen, era su cigarro. Recordaba su Romeo y Julieta tal como se había desintegrado en una nada azul entre sus dedos. Y con el recuerdo del cigarro vino el recuerdo de una frase: «Hacia atrás y hacia abajo». Y luego el recuerdo de la risa.

¿Palabras en qué contexto? ¿Risa a expensas de quién? No obtuvo respuesta. Sólo «hacia atrás y hacia abajo» y ese muñón de opacidad en vías de desintegrarse. «Hacia atrás y hacia abajo», y después la carcajada y la gloria súbita.

Muy lejos, más allá de la imagen de ese cilindro de tabaco marrón y baboseado, más allá de la repetición de esas cinco palabras y de la risa que las había acompañado, estaba latente el fulgor, como una amenaza. Pero en medio de su júbilo por haber recuperado esta memoria de las cosas, este conocimiento de un recuerdo de identidad, Eustace Barnack prácticamente había cesado de tener conciencia de su existencia.

Capítulo 6

1952
Trascendencia descendente

ALDOUS HUXLEY

En un epílogo a The Devils of Loudun [Los demonios de Loudun], su descripción histórica de un caso de histeria colectiva y exorcismo que tuvo por escenario un convento francés del siglo XVII, Huxley se basó en las ideas que Philippe de Felice había enunciado en Foules en Délire, Ecstases Collectives, a saber, que había tres tipos de trascendencia personal: descendente, ascendente y horizontal. El consumo de drogas, la sexualidad elemental y el envenenamiento del rebaño conducían a la primera categoría. Los métodos químicos de trascendencia personal sólo suministraban en el mejor de los casos una revelación momentánea y a un precio considerable. Sin embargo, después de consumir mescalina, escribió (a Osmond) sobre su convicción de que esta droga «se puede emplear para elevar la trascendencia personal horizontal que se desarrolla dentro de los grupos dirigidos a un fin… para que se convierta en trascendencia ascendente…».

Si no entendemos la necesidad de trascendencia personal profundamente arraigada en el hombre, su renuencia muy natural a encauzarse por el camino difícil, ascendente, y su búsqueda de alguna liberación ficticia ya sea por debajo o paralelamente a su personalidad, no podremos alimentar la esperanza de comprender nuestro propio período particular de la historia ni, en verdad, la historia en general, la vida tal como fue vivida antaño y es vivida actualmente. Por esta razón me propongo analizar algunos de los sucedáneos más comunes de la Gracia, dentro de los cuales y por cuyo intermedio los hombres y las mujeres han intentado evadirse de la torturante conciencia de ser sólo ellos mismos.

En Francia hay ahora más o menos un vendedor de alcohol por cada cien habitantes. En los Estados Unidos hay probablemente por lo menos un millón de alcohólicos desesperados, además de un número mucho mayor de grandes bebedores cuya enfermedad aún no se ha hecho mortal. Carecemos de datos precisos o estadísticos acerca del consumo de embriagantes en el pasado. En Europa occidental, entre los celtas y teutones, y durante la Edad Media y comienzos de la Moderna, la ingestión de alcohol probablemente era aun mayor que hoy. En las múltiples circunstancias en que nosotros bebemos té, café o gaseosas, nuestros antepasados se refrescaban con vino, cerveza, aguamiel y, en siglos posteriores, con ginebra, brandy y whisky. El consumo regular de agua era un castigo que se imponía a los malhechores, o que los religiosos aceptaban, junto con la ocasional dieta vegetariana, como una mortificación muy cruel. El hecho de no ingerir bebidas embriagantes era una excentricidad suficientemente llamativa como para inspirar comentarios y el empleo de un apodo más o menos despectivo. De ahí patronímicos tales como el italiano Bevilacqua, el francés Boileau y el inglés Drinkwater.

El alcohol no es más que una de las muchas drogas que utilizan los seres humanos para evadirse del yo aislado. Creo que no hay un solo narcótico, estimulante o alucinógeno natural cuyas propiedades no se conozcan desde tiempos inmemoriales. La investigación moderna nos ha aportado una multitud de flamantes productos sintéticos, pero por lo que atañe a los venenos naturales no ha hecho más que desarrollar mejores métodos para extraer, concentrar y recombinar los ya conocidos. Desde la amapola hasta el curare, desde la coca de los Andes hasta el cáñamo de la India y el agárico siberiano, todas las plantas y todos los arbustos u hongos capaces de adormecer o de excitar o de provocar visiones cuando se los ingiere, han sido descubiertos y empleados sistemáticamente desde hace mucho tiempo. Este hecho es curiosamente significativo, porque parece probar que, en todo tiempo y lugar, los seres humanos han experimentado la insuficiencia radical de su existencia personal, la desdicha de ser su yo aislado y no algo distinto, algo más vasto, algo, para decirlo con la frase de Wordsworth, «más profundamente fusionado». Evidentemente, al explorar el mundo circundante el hombre primitivo «lo probaba todo y se aferraba a lo bueno». Para los fines de la autoconservación lo bueno es todo fruto y hoja comestible, toda semilla, raíz y nuez sana. Pero en otro contexto —el contexto de la insatisfacción con uno mismo y del anhelo de trascendencia-de-sí —, lo bueno es todo elemento de la naturaleza mediante el cual se puede modificar la conciencia individual. Estos cambios inducidos por las drogas pueden ser patentemente perjudiciales, pueden producirse a costa del malestar presente y la adicción futura, la degeneración y la muerte prematura. Todo esto es secundario. Lo que importa es la conciencia, aunque sólo sea durante una o dos horas, aunque sólo sea durante pocos minutos, de ser alguien o, más a menudo, algo más que el yo aislado. «Vivo, pero no yo, sino que el vino o el opio o el peyotl o el hachís vive en mí». Trasponer los límites del yo aislado implica una liberación de tanta magnitud que, aunque la trascendencia-de-sí se logre mediante náuseas que transportan al frenesí, mediante calambres que generan alucinaciones y coma, los primitivos e incluso los muy civilizados han interpretado la experiencia inducida por las drogas como algo intrínsecamente divino. El éxtasis mediante la intoxicación continúa siendo un componente esencial de la religión de muchos pueblos africanos, sudamericanos y polinesios. Fue otrora, como lo demuestran claramente los documentos subsistentes, un componente no menos esencial de la religión de los celtas, los teutones, los griegos, los pueblos del Oriente Medio y los conquistadores arios de la India. No se trata sólo de que «la cerveza hace más que lo que puede hacer Milton para justificar ante el hombre los actos de Dios». La cerveza es el dios. Entre los celtas, Sabacis era el nombre divino adjudicado a la enajenación que se experimentaba al emborracharse mortalmente con cerveza. Más al sur, Dionisos era, entre otras cosas, la objetivación sobrenatural de los efectos psicofísicos del consumo excesivo de vino. En la mitología veda, Indra era el dios de esa droga ahora inidentificable que se llamaba soma. Un héroe, exterminador de dragones, era la proyección magnificada en el cielo de esa alteridad extraña y gloriosa que experimentan los embriagados. Identificado con la droga, se convierte, como Soma-Indra, en la fuente de inmortalidad, en el mediador entre lo humano y lo divino.

En los tiempos modernos ya no se venera oficialmente como dioses a la cerveza y otros atajos tóxicos para llegar a la trascendencia-de-sí. La teoría ha experimentado un cambio, pero no la práctica. Porque en la práctica, millones y millones de hombres y mujeres civilizados continúan rindiendo culto, no al Espíritu liberador y transfigurador, sino al alcohol, al hachís, al opio y a sus derivados, a los barbitúricos, y a los otros agregados sintéticos al secular catálogo de venenos capaces de provocar la trascendencia-desí. En todos los casos, desde luego, lo que parece un dios es en verdad un demonio, lo que parece una liberación es en realidad una esclavización. La trascendencia se produce invariablemente hacia abajo, en dirección a lo menos que humano, a lo más bajo que lo personal…

¿En qué medida, y en qué circunstancias, es posible que el hombre utilice el camino descendente para encauzarse hacia la trascendencia espiritual? A primera vista parecería obvio que el camino descendente no es ni puede ser nunca el camino ascendente. Pero en el ámbito de la existencia las cosas no son tan sencillas como en nuestro mundo de palabras, maravillosamente pulcro. En la vida real, a veces es posible convertir un movimiento descendente en el comienzo de un ascenso. Cuando se ha resquebrajado el caparazón del ego y empieza a aflorar una conciencia de la alteridad subliminal y fisiológica que subyace en la personalidad, a veces captamos una vislumbre, fugaz pero apocalíptica, de esa otra Alteridad, que es el Fundamento de todo ser. Mientras estamos encerrados en nuestra personalidad aislada, permanecemos ajenos a los diversos no-yo con los que estamos asociados: el no-yo orgánico, el noyo inconsciente, el no-yo colectivo del medio psíquico en el que todo nuestro pensamiento y nuestro sentimiento desarrollan su existencia, y el no-yo inmanente y trascendente del Espíritu. Cualquier evasión fuera de nuestra personalidad aislada, incluso mediante un camino descendente, permite tomar por lo menos una conciencia momentánea del no-yo en todos los niveles, incluso el más elevado. En su libro Varieties of Religious Experience, William James suministra ejemplos de «revelaciones anestésicas»[1] experimentadas después de la inhalación de gas hilarante. Los alcohólicos experimentan a veces teofanías análogas, y es probable que en el curso de la intoxicación con casi todas las drogas haya momentos en los cuales resulta fugazmente posible tomar conciencia de un no-yo superior al ego en vías de desintegración. Pero por estos chispazos ocasionales de revelación se pagan precios exorbitantes. El momento de conciencia espiritual del consumidor de droga (si en verdad se produce) deja paso inmediatamente al embotamiento subhumano, al frenesí o la alucinación, seguido por una resaca descorazonadora y, a la larga, por un deterioro permanente y fatal de la salud orgánica y de las facultades mentales. Muy de cuando en cuando una «revelación anestésica» solitaria puede actuar sobre su receptor, como cualquier otra teofanía, de manera tal que lo incita a realizar un esfuerzo de autotransformación y de trascendencia-de-sí en sentido ascendente. Pero el hecho de que esto ocurra esporádicamente nunca puede justificar el uso de métodos químicos de trascendencia personal. Este es un camino descendente y la mayoría de quienes lo sigandesembocarán en un estado de degradación, en el cual los períodos de éxtasis subhumano se alternarán con otros de personalidad consciente tan calamitosos que cualquier evasión —incluida la que lleva al suicidio lento de la drogadicción— parecerá preferible al hecho de ser persona.

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Publicado el 4 noviembre, 2016 en Texto y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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